| La
juventud no está perdida
Por Zenia Regalado

Liosbel y Yusvanky Monterrey muestran
una elevada profesionalidad en el trato a sus pacientes.
(Tomada de www.guerrillero.cu) |
La frase La juventud está
perdida suele emplearse con frecuencia, quizás
con la intención de pedirles a los jóvenes que
piensen de forma idéntica a la de otras generaciones,
olvidando que cada una de ellas se parece a su tiempo.
Por suerte, abundan los ejemplos que contradicen esa afirmación,
y son esos los que deben erigirse en continuidad y guía.
Cuando la sonrisa
es la antesala en un servicio
Estaban en el horario de guardia optometrista en el policlínico
Pedro Borrás, en Pinar
del Río. Al tocar a su puerta, lo primero que recibieron
los pacientes fue la sonrisa de los dos jóvenes, sumamente
atentos y respetuosos:
“Siéntese, ¿viene a
medirse la vista?”, preguntó Liosbel Ferragut
Rodríguez, con la profesionalidad de un veterano de
40 años.
Su conducta, su comportamiento impresionaron
a las dos mujeres, que iniciaron con él una desenfadada
conversación.
¿Cuál es el libro por el que
te guías con las personas que atiendes aquí?,
le preguntamos. Y relató cómo en el policlínico
concreta en la práctica aquello que le enseñan
en su segundo año de la licenciatura en el politécnico
de la salud Simón Bolívar, del cual nombra con
especial énfasis a su profesora María y también
a Aurora, una técnica optometrista ya jubilada que
vive en su propio edificio en el reparto Hermanos Cruz, y
quien siempre le hablaba de atender con gentileza y ética
a las personas que iban a la consulta para que se sintieran
confiadas.
"También ella me aconsejó
que si no se le podía resolver un problema específico,
que al menos salieran complacidas con el trato recibido. Todo
el que va a una consulta es porque tiene un problema, y eso
siempre hay que tenerlo en cuenta", puntualiza Liosbel.
Recuerda que el bichito de la curiosidad
por esta profesión le llegó con su amigo Alexei
Porras Pita, quien se encuentra en Venezuela y le enseñó
poco a poco el ABC que después lo motivó a continuar
estos estudios, a los cuales accedió por la Orden 18
cuando se encontraba en el Servicio Militar.
Liosbel realizó tres exámenes,
Biología e Historia entre ellos, y reconoce que tuvo
que quemarse las pestañas, pues al estar dos años
en el Servicio se desvinculó de los libros; pero la
perseverancia le permitió el triunfo.
La huella de su familia, forjada en el trabajo
y la responsabilidad, también le abrió el camino.
Su mamá, María de los Ángeles Rodríguez
Padrón, es supervisora de Enfermería en los
consultorios, una función que reclama mucha exigencia
ante cada detalle.
Los profesores y los amigos califican a
Liosbel de tímido y respetuoso. Su novia, Maylín
Monduy, es economista en el Banco Provincial de Sangre. La
cataloga como inteligente y buena. "Me quiere",
dice mientras sonríe su rostro de niño grande.
Quienes le conocen dicen que es un muchacho
tranquilo, al que le gusta estudiar y jugar dominó.
No toma ni fuma, y la jefa de su área de trabajo lo
describe como serio y trabajador.
Lo que aprendió
en Barrio Adentro
El compañero de guardia de Liosbel es otro joven tan
profesional como él y con muchas más responsabilidades,
pues ya mantiene una familia. Yusvanky Monterrey, de 26 años,
considera que la Misión Barrio Adentro, en Venezuela,
fue toda una escuela para él. Desde mayo de 2004 y
hasta agosto de 2008 trabajó en la medición
de la vista a los venezolanos.
"Fue muy duro —recuerda—,
me fui con 20 años. Aprendí a valerme solo,
no tenía a mi familia para que me ayudara. Fue una
gran escuela de crecimiento humano y personal. La misión
recién comenzaba y no había mucha experiencia
en ella, poco a poco se organizó el sistema de trabajo.
Yo fui al área de corte y monta de espejuelos. Me gustaba
ver la alegría de la gente cuando se los colocaban".
En la casa en la que se alojaba junto a
otros compatriotas no tenía muchas condiciones. Los
vecinos les llevaban el almuerzo y la comida. Paulatinamente
aprendieron a desenvolverse en la cocina.
Al principio el huevo se le rompía,
después Yusvanky dejó atrás la sentencia
de que ni un huevo sabía freír y se adentró
en otros platos más complejos.
Pero su aprendizaje no se quedó solo
a nivel de recetas culinarias, sino que fue más profundo.
Todo lo comparaba con Cuba, la nación en la que su
familia y los amigos le esperaban. Sintió con toda
intensidad eso que los catedráticos definen como identidad,
y que él nombraría como un nudo en la garganta
cuando escuchaba el Himno y veía la bandera cubana
ondear airosa en las competencias deportivas.
—¿Qué es para
ti Venezuela?
"Nunca olvido la Misión Milagro.
Las caminatas por los barrios de los más pobres donde
me sentí útil al poder ayudar a otros",
precisa.
Ahora piensa en el futuro de su hijo Taylor
Darío, de cinco años, en tratar de encaminarlo
y hacerlo un hombre de bien.
Habla del Che
y también a él, como a Liosbel ,le gustaría
ir a La Higuera, donde las balas lo impactaron sin misericordia,
como lo ilustró Roque Dalton en su poema “El
credo del Che”: "Luego lo hicieron cargar su cruz
encima de su asma y lo crucificaron con ráfagas de
M-2".
(Tomado
de www.guerrillero.cu)
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