| La
defensa del obrero fue el objetivo de su vida
Por Matilde
Salas Servando

Guía por antonomasia de la
clase obrera cubana durante su fecunda vida.
(Foto: Archivo) |
Aunque han transcurrido varias décadas
desde que la voz de Lázaro Peña González
se apagó para siempre, entre las galeras de los tabaqueros
y el característico sonar de sus chavetas, él
sigue vigente entre los trabajadores cubanos, que tienen presente
su ejemplo y dignidad, desde el momento en que, muy joven,
se puso al lado de los más humildes.
A muy temprana edad sufrió
la desaparición física del padre, lo que le
obligó a iniciar su peregrinar por diversos sectores.
Más tarde se desempeñó como aprendiz
de herrero, carpintero y albañil, hasta que su madre,
despalilladora en una fábrica habanera de tabacos,
lo inició en ese mundo de larga tradición de
lucha, primero como operario y luego como lector de tabaquería.
Esta labor le dio posibilidades de ampliar
su cultura, conocer más y mejor las ideas de José
Martí y sobre todo, estudiar con fervor la historia de
Cuba, de la que hizo un arma de combate a lo largo de toda
su trayectoria como dirigente político y sindical,
desde que ingresó en 1929 en las filas del Partido
Comunista, por entonces en el clandestinaje.
Un lustro más tarde, fue electo miembro
de su Comité Central del Partido y los compañeros
de luchas le llevaron como secretario general del Sindicato
de los Tabaqueros y también del Comité Ejecutivo
de la Confederación Nacional Obrera de Cuba.
Cuando en 1939 se celebró en la capital
cubana el Congreso Nacional donde se constituyó la
Confederación de Trabajadores de Cuba, los asistentes
eligieron a Lázaro Peña como su secretario general,
pues su larga trayectoria de luchas y conocimiento del movimiento
obrero le permitieron mantenerse firme, aun en los peores
momentos de la dictadura de Gerardo Machado y otros representantes
de los gobiernos de turno, que sólo defendían
los intereses de las clases adineradas.
En su vida laboral se destaca como
la obra cumbre de ese líder de los trabajadores, la
organización del Décimo Tercer Congreso Obrero,
a pesar de que ya estaba muy enfermo, por lo que su nombre
brilla, con caracteres indelebles, junto a los de otros no
menos importantes líderes del proletariado cubano como
el azucarero Jesús
Menéndez y el portuario Aracelio
Iglesias.
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