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Aracelio Iglesias Díaz
El crimen no detuvo la lucha
Por Marilú Uralde Cancio

Gracias a su combatividad, Aracelio
arrancó a los patronos importantes conquistas.
(Foto: Archivo) |
En la tarde del 17 de octubre
de 1948, un grupo de trabajadores se reunió con Aracelio
Iglesias Díaz en el local del Sindicato de los obreros
portuarios de la Empresa Naviera de Cuba, en Oficios No. 259,
en La Habana, para acordar los puntos que entregarían
al Ministro del Trabajo con vistas a que anulara una resolución
que designaba a Armando Galate como máximo dirigente
sindical en el puerto, así como el cese inmediato de
los jefes de los interventores en la oficina de control y
el restablecimiento de la situación de derecho que
había sido alterada por el gobierno de Carlos Prío
Socarrás.
Terminada la reunión, en el momento en que Aracelio,
próximo a retirarse, conversaba con sus compañeros,
un grupo de pistoleros arribó de forma violenta y abrió
fuego contra él, en cuya espalda se alojaron cuatro
proyectiles. Trasladado de inmediato al hospital, falleció
al día siguiente, mientras era intervenido quirúrgicamente.
Para la criminal acción se pusieron de acuerdo el pistolero
anarquista Joaquín Aubí, miembro del Buró
de Investigaciones Policiales y agente del G-Men en Cuba,
y Eliécer Baudín Vázquez (El Cojo), jefe
de los interventores del gobierno en el control de Estibadores
y confidente de la embajada norteamericana.
Para planificar el asesinato, ambos sostuvieron varias reuniones
secretas con Alberto Gómez Quesada (rompehuelgas y
traidor) y un grupo de pandilleros encabezados por Rafael
Soler Puig (El Muerto), en el local de la Unión de
Dependientes y Trabajadores, en Regla.
Numerosos rejuegos hicieron que los autores materiales del
crimen no fueran condenados.
Uno de ellos, Soler Puig, quien tras el triunfo revolucionario
abandonó el país, regresó en abril de
1961 como miembro de un grupo de operaciones especiales de
la brigada mercenaria 2506.
Entre su detención en las arenas de Playa
Girón, el proceso judicial que se le siguió y el
fusilamiento, no tuvo mucho tiempo para arrepentirse del error
cometido con su retorno al lugar del crimen, donde la justicia
revolucionaria lo condenó ejemplarmente por este y
otros delitos.
Guía de los obreros portuarios
Fue en los inicios de una de las etapas más oscuras,
difíciles y dolorosas de la historia de Cuba, la de
la ocupación militar norteamericana, cuando, el 22
de junio de 1901, nació Aracelio Iglesias Díaz
en el seno de una humilde familia pinareña, en momentos
en que los sentimientos independentistas, antianexionistas
y revolucionarios eran firmemente defendidos por amplios sectores
de la sociedad cubana.
A los 15 años se inició como bracero en los
muelles San José, en la bahía habanera, y desde
entonces comenzó a relacionarse con los obreros portuarios,
con quienes compartió inquietudes, conoció las
condiciones de explotación a que eran sometidos y se
sensibilizó con la aguda situación económica
de muchos de ellos. Su llegada coincidió con una enconada
lucha por el cumplimiento de algunas demandas laborales.
Su combatividad y total entrega a la causa del proletariado
determinaron que en 1938 fuera electo secretario de finanzas
del Sindicato de Estibadores y Jornaleros, y más tarde,
su secretario general. En enero del siguiente año,
durante el congreso constitutivo de la Confederación
de Trabajadores de Cuba (CTC), integró el Comité
Ejecutivo de esta organización.
En 1946 ocupó la secretaría de la Federación
Obrera Marítima Local del Puerto de La Habana.
Con su infatigable lucha al frente del sindicato y el apoyo
de sus compañeros, arrancó a los patronos importantes
conquistas para los trabajadores, entre ellas el establecimiento
de las listas rotativas, aumento de salarios y el descanso
retribuido.
Cacería de brujas
Es indiscutible que la labor de Aracelio, negro, comunista
y dirigente obrero, preocupó siempre a los explotadores,
el imperialismo yanqui y los gobernantes de turno. Por tal
razón no fue casual que, durante el periodo presidencial
de Ramón Grau San Martín, la represión
al movimiento obrero y a los dirigentes unitarios constituyera
una constante, en particular contra los líderes del
movimiento azucarero, Jesús
Menéndez, y del portuario, Aracelio Iglesias.
Numerosos y extensos documentos prueban que, desde principios
de 1947, los jefes militares y policiales de todo el país
recibieron órdenes, indicaciones y circulares dirigidas
a detener las denominadas “actividades subversivas”,
a los “perturbadores comunistas” o a los “propagadores
de teorías extranjerizantes”.
Resulta comprensible que para los furibundos anticomunistas
y explotadores, la represión de los trabajadores y
sus líderes fuera una necesidad.
Pero el hecho de que las denuncias, cartas e informaciones
sobre el quehacer de los dirigentes obreros estuvieran dirigidas
a las autoridades militares demuestra el reconocimiento del
papel asignado por el gobierno a los uniformados.
Aracelio fue una gran preocupación, no sólo
por las numerosas conquistas que obtuvo para los trabajadores,
sino también por el prestigio, responsabilidad y autoridad
de que gozaba entre sus compañeros. Por ese motivo,
y sobre todo desde que comenzó a afectar los intereses
yanquis, su vida corría peligro. Él lo supo;
pero no rehusó.
Carlos Prío Socarrás, presidente de la nación
a partir de octubre de 1948, en franca continuidad de la política
anticomunista y antiunitaria del Partido Auténtico
desató la persecución y desarticulación
del movimiento obrero y comunista cubano mediante amenazas,
sobornos, chantajes, engaños, encarcelamientos y asesinatos.
Para las empresas navieras y el gobierno era preciso desorganizar,
corromper y destruir la unidad y el sindicato que con tanto
tesón y amor había logrado constituir Aracelio;
así como arrebatar a los trabajadores todas las conquistas
obtenidas en la lucha.
Impotente porque no había podido imponer a los gánster
y dirigentes sindicales oficialistas y cetekarios, el gobierno,
al igual que lo hizo con Jesús Menéndez, ordenó
la eliminación física de Aracelio, el valeroso
líder de los portuarios cubanos, pero su asesinato
no detuvo la lucha, sino que fue un motivo más para
continuarla.
(Tomado de
www.trabajadores.co.cu) |
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