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En el centenario
de su natalicio
El Jesús Menéndez que no pudieron matar
Por Alina Martínez Triay

Por el peligro creciente que representaba,
aquel “negro inteligente” el gobierno ordenó
su asesinato.
(Foto: Archivo) |
Sucedió en la oficina central
en Cuba de la poderosa compañía norteamericana
Atlántica del Golfo. Su principal directivo, de apellido
Miller, se encontraba allí con otras personas, entre
ellas un ejecutivo llegado de Nueva York, cuando se presentó
Jesús Menéndez para dialogar con el jefe de
la compañía.
Tan pronto Jesús se retiró, el visitante, intrigado,
le preguntó a Miller quién era aquel negro,
y cuando este le respondió que era el jefe de los trabajadores
azucareros, comentó: “Es un negro muy inteligente”.
Tal vez se habría sorprendido más si hubiese
conocido que la inteligencia de aquel hombre nacido el 14
de diciembre de 1911 en la central provincia de Las Villas,
se había forjado en la lucha, porque la pobreza familiar
lo lanzó antes de tiempo a la vida laboral y le impidió
rebasar el cuarto grado.
Biznieto por línea paterna de una esclava traída
de Costa de Marfil, y de abuelo y padre mambises, Jesús
creció escuchando historias de rebeldías, y
con la misma decisión se enfrentó a las injusticias
de su tiempo, en su doble condición de dirigente proletario
y comunista. Lo hizo inicialmente desde la modesta posición
de dirigente del sindicato del central Constancia y con los
tabacaleros con los que compartía faenas durante el
tiempo muerto de la zafra; después como organizador
y líder de la Federación de Trabajadores de
Santa Clara, y más tarde como forjador de la Federación
Nacional Obrera Azucarera (FNOA), que por su iniciativa se
convirtió en Federación Nacional de Trabajadores
Azucareros (FNTA) al incluir a los empleados y técnicos
de todas las ramas de la industria.
Eran tiempos en que los cuadros no contaban con oficina ni
instalación alguna, ni disponían siquiera de
ingresos propios para mantenerse. Durante la reorganización
del movimiento sindical de su provincia, a menudo Jesús
y sus compañeros pernoctaban en un hotelucho llamado
El Jerezano, en Santa Clara, donde por 20 centavos se podía
dormir en un salón de entre 10 y 20 camas, pero como
a veces no contaban ni siquiera con esa suma, el dueño
les fiaba varias noches en aquellos camastros; en cuanto a
la alimentación, a cada dirigente se le asignaba la
casa de un compañero cuya economía modesta pudiera
resistir otro comensal.
Con la creación de la Central de Trabajadores de Cuba
encabezada por Lázaro
Peña, Jesús se erigió en la segunda figura
del movimiento sindical cubano. Le correspondió también
desenvolverse como representante comunista a la Cámara,
tarea que asumió, junto con un pequeño grupo
de miembros del Partido, como una forma más de defensa
de los trabajadores y el pueblo.
La cumplió, al igual que sus compañeros de lucha,
en condiciones especiales, como él mismo tuvo que aclararle
a un viejo conocido que fue a pedirle ayuda, a quien le tuvo
que explicar que los representantes comunistas no cobraban
los altos salarios destinados a estos puestos, sino que los
transferían a las finanzas de la organización,
la cual les asignaba una modesta suma para los gastos más
elementales; y que a diferencia de los representantes burgueses,
no disponían de cargos para repartir entre sus amigos.
No podría hablarse de la historia del sector azucarero
entre los años 1930 y 1948 sin mencionar las batallas
libradas por Menéndez que dieron como resultado la
conquista de importantes incrementos salariales y otros beneficios
materiales para los trabajadores.
Por primera vez estos tuvieron una representación en
las negociaciones de las zafras con Estados Unidos a través
de la persona de Jesús, quien les arrancó a
los magnates norteamericanos la Cláusula de Garantía
y el Diferencial Azucarero.
Por el peligro creciente que representaba aquel “negro
inteligente” el gobierno ordenó su asesinato.
Al ser abatido por las balas, Jesús dejó caer
un humilde portamonedas con menos de tres pesos, sin embargo
el General de las Cañas legó a los trabajadores
un capital de valor incalculable: el de sus ideas que nadie
pudo matar.
(Tomado
de www.trabajadores.cubaweb.cu) |
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