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¿Qué es la sexualidad?

Por Abrahan Balbier Raymon

Pareja.
(Tomada de www.biblioteca.itson.mx)

La idea de la sexualidad suele despertar en las personas una serie de pensamientos, fantasías, imágenes, miedos, ilusiones o deseos relacionados con nuestras propias experiencias y modos de ver la vida.

Podemos pensar, por ejemplo, en cuerpos desnudos, caricias, besos, pláticas íntimas, dudas, abrazos, revistas, bibliotecas, consultorios, grupos de amigos, de novios, suegros, miradas cercanas, risas y lágrimas. Las ideas pueden ser diversas, pero, de una u otra manera, la sexualidad nos resulta, como hombres y mujeres, algo significativo.

Alrededor de ella se han construido cuentos, mitos, poemas, pin¬turas, leyendas, manuales, y hasta enciclopedias, y es difícil encontrar a una persona que no muestre interés por hablar acerca de sus tabúes, sus mentiras y sus verdades.

Un poco de historia
Hasta hace algunos años se pensaba la sexualidad como un asunto simple vinculado básicamente con la reproducción. De tal suerte, la estudiaban solo desde el punto de vista biológico-médico.

Hoy sabemos que la sexualidad es un asunto complejo, y se investiga, por ejemplo, desde la perspectiva ética, la sociológica, psicológica, la educa¬tiva y de los derechos humanos.

La sexualidad se centra en un ser humano libre que enfrenta la necesidad de elegir, arriesgar, tomar decisiones, desear o amar, por su propia voluntad y bajo su responsabilidad. Constituye un asunto humano, complejo y atractivo, que las personas crean y recrean a lo largo de sus vidas, de manera, prácticamente interminable.

Por lo tanto, el concepto de sexualidad tiene un sentido más amplio y abarcador que el simple sexo y parte de un enfoque integral.

Entendemos por sexualidad el conjunto de características biológicas, psicológicas y sociales que contribuyen a la identidad sexual del individuo y a su comportamiento como ser sexuado. Puede decirse que se refiere a todo lo que significa ser hombre o ser mujer en una sociedad particular.

El deseo, la atracción, la sensación de sentirse hombre o mujer, los celos, el rechazo, la intimidad, la soledad o el amor, entre otros, son elementos que están incluidos en lo que denominamos sexualidad humana. De este modo, todos y todas somos seres sexuados, incluso aquellas personas que eligen, o las circunstancias les imponen, el celibato (abstinencia sexual). La sexualidad comienza desde la propia gestación y termina con la muerte. No existen líneas divisorias, edades de comienzo ni final en su desarrollo.

La sexualidad humana no se manifiesta solamente a través de lo que las personas hacen, sino también a través de lo que son. Es una dimensión de la vida de las personas que se va desarrollando a partir del hecho de pertenecer a un sexo o al otro, posibilitando ver al mundo y a sí mismas, como mujeres y como hombres, con todos sus sentimientos, emociones, valores, expectativas, actitudes y relaciones.

Pretender que los hombres o las mujeres son de una u otra manera porque “así es la naturaleza masculina o femenina” es una forma de fomentar el con-formismo, el fatalismo y negar la posibilidad de cambios de conductas.

Si la sexualidad la vemos de manera fragmentada, es decir incompleta es, tal vez, porque se ha aprendido a vivirla de manera incompleta. De hecho, no solo se es hombre o mujer, cuando se realiza el coito, cuando se gusta de alguien, o cuando se concibe un hijo o hija. La masculinidad o la feminidad nos acompañan en todos nuestros actos, lo conforman, transforman o deforman.

El papel de la cultura
Si se niega el papel que desempeña la cultura y la sociedad en la formación de la sexualidad, se está eludiendo el compromiso de contribuir a la formación de individuos felices, satisfechos de ser hombres o mujeres, constructivos, creativos, responsables e independientes.

La sexualidad impregna todos y cada uno de los actos de la vida cotidiana, crea reglas de comportamiento, evoluciona con la historia, y es una continua fuente de placer o frustración.

La conducta sexual de hombres y las mujeres y sus resultados están condicionados por las características familiares, el concepto de los roles sexuales, experiencias anteriores y oportunidades, más que por el hecho de ofrecer información o instrucción sexual.

Sexualidad y poder
Nuestro mundo es dominado por los hombres. En él, las mujeres, en distintos grados, son expropiadas y sometidas a opresión de manera predeterminada. En este orden se apuntala a los hombres como dueños y dirigentes del mundo en todas las formaciones sociales. Se preservan para ellos poderes de dominio señorial sobre las mujeres y los hijos e hijas de las mujeres, quienes deben corresponderles con servidumbre. En ese mundo, el sujeto no solo es el hombre, sino el patriarca; los sujetos son los hombres patriarcales.

La organización genérica es una construcción sociocultural basada en formas corporales. Lo específico de la organización genérica es que su cimiento es el sexo y se concreta en la construcción de la sexualidad; es decir, del conjunto de hechos históricos que los sujetos producen y experimentan marcados sexualmente.

Se reconocen dos tipos de cuerpos diferenciados: masculino y femenino, y sobre ellos se construyen dos modos de vida, dos tipos de sujetos de género (la mujer y el hombre) y dos modos de ser y existir (uno para las mujeres, y otro para los hombres).

En estos cuerpos sexuados se desarrollan capacidades que van desde las habilidades físicas y subjetivas (maneras de hacer las cosas, destrezas, etc.), hasta deseos, formas de realizar los deberes y de acatar las prohibicio¬nes, maneras de pensar, de sentir; es decir, maneras de ser asociadas siempre a posiciones políticas.

Como el sentido de la vida está concretado en el cuerpo, este se convierte el más pre¬ciado objeto de poder en el orden de los géneros. Las instituciones disciplinan, controlan y recrean los cuerpos a través de variados procesos pedagógicos, que permiten a las mujeres y a los hombres enseñar, aprender, actuar o rehusar, las maneras del cuerpo.

La sexualidad es una de las experiencias a través de las cuales los hombres se han apropiado de manera personal y directa de las mujeres; es un espacio de relación íntima que instauró la dependencia y dominación sobre ellas.

La sexualidad masculina ha permitido, además, que cada hombre se valorice a través de sus experiencias sexuales, sin importar cuánto de dañino pudiera ser para las féminas. La autoestima masculina aumenta, mediante los éxitos sexuales.

Es preciso e importante insistir en que las características genéricas de mujeres y hombres no son causadas por el sexo o derivados biológicos de este. Por el contrario, son las sociedades las que se estructuran a partir de lo signado culturalmente a mujeres y hombres.

Poder hablar de la sexualidad en su más amplio concepto nos permite visualizar y vivenciar que somos construidos a partir de las necesidades de otros, pero también nos permite darnos cuenta de que es posible romper esos vínculos y construir nuestra sexualidad, a partir de valores que no afecten a otros y, sobre todo, que no nos dañen a nosotros.

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