| Mi
ciudad linda y bonita (Cont.)
No comerás
de esta manzana
A menudo se esgrimen afirmaciones tan simplistas como que
solo existen dos grupos de personas: los que consideran que
la ley es para respetarla; y los que consideran que es para
quebrarla… En este segundo grupo suele ubicarse a los
graffiteros.
Pero empecemos de cero. Los niños
y los monos comparten hasta cierta edad (los tres años)
una potencialidad artística común. Ambos son
capaces de dibujar “monigotes” en un mismo estilo
naïf, predominando la elección de los colores más
vivos.
Mientras que los humanos no necesitamos motivación
ajena, los monos precisan de estímulos humanos para
dibujar, y solo lo harán si se les otorgan las herramientas
necesarias: papel e instrumental para pintar. Ellos nunca
se expresarían plásticamente de forma espontánea.
Al mono no se le ocurriría pintar fuera del papel,
es decir, en la mesa o en la pared de su jaula.
El humano aprende rápidamente, reconoce
los colores y las hojas y está al tanto del procedimiento:
sabe que esos instrumentos son para dibujar en esas hojas
y que está mal si los utiliza fuera de esa superficie
preestablecida y obligada (el papel); pero también
puede aprender en poco de tiempo el placer que le proporciona
desobedecer las normas. Es lo que se conoce como salir del
marco preestablecido y convertir los signos en violencia visual.
En ello se sustenta el graffiti.
| En Cuba, el graffiti no
ha tenido una tradición pictórica que le
sirviera de soporte por ser una expresión plástica
que solo ha tenido aislados destellos en nuestro panorama
artístico; esto, y el no haber sido utilizado por
el género musical para apoyar sus propuestas de
puesta en escena, unido a la carencia de los productos
para llevarlos a cabo, mayormente inalcanzables para el
cubano promedio, sean quizás los puntos que han
conducido a la falta de proyección del graffiti
actual cubano. |
Cuba en el siglo
XX
En el pasado siglo se desarrollaron dos vertientes del incipiente
graffiti. La primera como instrumento de las clases oprimidas
para criticar la situación político-social en
el país (pensemos en las consignas contra las dictaduras
que se escribían, so riesgo de perder la vida) y, segundo,
como medio de expresión a través de la inscripción
del nombre en algunas paredes de locales de relativa afluencia,
como por ejemplo la Bodeguita
del Medio (cuya práctica se mantiene aun hoy en
día).
Tras el triunfo revolucionario los graffitis
asumen por vez primera una aptitud de apoyo al transformador
proceso socioeconómico, y sirvieron de expresión
a las nuevas ideas generadas en el país. También
fueron empleados por algunos artistas que los imbricaban en
su actividad plástica (pintura, instalación,
performance...) y en proyectos ambientales y comunitarios,
como es el caso del Callejón de Hammel o la Avenida
Porvenir.
¿Arte o vandalismo?
En definitiva, el graffiti... ¿crea o destruye? Cuestión
de punto de vista. Lo cierto es que el fenómeno viene
siempre acompañado de su condición transgresora,
extralimitada, combativa..., carácter que constituye
su esencia: la ilegalidad del acto en sí.
Pudiera atribuírsele el grado cero
de violencia, el más pequeño vandalismo
posible. Pretender el graffiti sin su esencia de ilegalidad
sería desconocer una de sus causas básicas de
producción. Nos encontramos, pues, ante un fenómeno
simultáneo de creación y destrucción.
Como dijo el poeta, ensayista, dramaturgo y novelista estadounidense
Norman Mailer: “Siempre
hubo arte en un acto criminal”.
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