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Amar también es su derecho
Las discapacidades motoras no solo dificultan la participación
expedita en ciertas actividades sociales, sino también
suscitan prejuicios propios y ajenos que limitan el disfrute
de otras capacidades, como el erotismo o la paternidad.
Por Mileyda Menéndez Dávila

Las discapacidades físicas
o motoras no son un impedimento para poder amar.
(Tomada de www.juventudrebelde.cu) |
“¡Mi vida amorosa
sí que es desastrosa!, escribe un lector. ¿Alguna
vez se preguntarán las personas qué me pasó,
por qué esta dificultad motora, por qué nunca
he tenido a una chica que quiera mucho más que una
amistad?
“Pues aquí está toda la razón:
parálisis cerebral. No estoy inválido ni paralítico
gracias a muchas operaciones, pero es frustrante y desesperante
sentir que a mi edad no haya podido encontrar una pareja ni
establecer un vínculo de pareja, ¡ni siquiera
un beso!
“Sé también que es casi imposible encontrarla.
Soy normal para mí y para los que me quieren, pero
para el mundo estoy en una ligera desventaja y eso deja una
gran depresión. La vida se hará más plena
andando entre personas que sepan valorarme no por ser como
soy físicamente, sino como soy espiritualmente, pero
reconozco que la persona que se enamore de mí tendrá
que enfrentar al mundo cuando sus padres pongan ?caritas?
por andar con un limitado físico-motor. Creo que esa
persona solo existe en las películas o es casi imposible
de encontrar”.
Prejuicios limitantes
Más de 300 000 personas viven en Cuba con una discapacidad
motora, sensorial o intelectual. Las cifras mundiales superan
los 600 millones y seguirán aumentando, paradójica
consecuencia del desarrollo de las ciencias biomédicas,
que elevan la esperanza de vida al nacer y la cantidad de
casos que sobreviven a accidentes y a enfermedades graves,
congénitas o adquiridas.
Pero no siempre existir garantiza calidad de vida, no solo
porque se dificulta la participación expedita en ciertas
actividades sociales, sino también por los prejuicios
propios y ajenos, que limitan el disfrute de otras capacidades,
como el erotismo o la paternidad.
El doctor José Julián Castillo, experto del
tema en Cuba, estima que los estereotipos empiezan desde la
forma de nombrar el fenómeno: “Discapacitados,
impedidos, limitados, lisiados… Todo eso está
mal. Son personas con discapacidad, y aunque suene raro, es
necesario eliminar otros términos discriminatorios.
¿Por qué nombrar un aspecto que tal vez ni sea
su principal cualidad?”.
La expresión erótica de estos individuos depende
de muchas circunstancias especiales de su entorno, que pueden
incluso ser nocivas, como demuestra la historia del inicio,
y va más allá de su respuesta fisiológica
a estímulos sexuales (entiéndase erección,
lubricación, orgasmo).
Lo cierto es que tienen, como todo el mundo, derecho a expresarse
como seres sexuados, a decidir con quién y de qué
modo canalizar sus sentimientos, y a recibir información
sobre amor, sexo, métodos anticonceptivos y viabilidad
de posibles embarazos.
En algunos casos necesitan además entrenamiento para
controlar esfínteres y prevenir complicaciones, actividades
para el mantenimiento físico, dominio de técnicas
sexuales ajustadas a su realidad y tratamientos especializados,
para sortear obstáculos en caso de disfunciones sexuales
severas.
Pero también es justo ayudarles, desde la familia y
las instituciones estatales, a responder adecuadamente a esas
actitudes sociales que, a veces sin intención, refuerzan
estereotipos negativos.
A cualquiera le toca
Es duro percibir rechazo, indiferencia aversión o lástima
en vez del merecido respeto al derecho de cada quien a dar
y recibir amor, reconocen Radamés y Daysi.
Para ellos es imprescindible que no les pidan más de
lo que están en condiciones de rendir, pero tampoco
les priven de lo que están dispuestos a experimentar,
ni siquiera con la noble intención de evitarles sufrimientos.
Ese “pensar por ellos” genera sentimientos contradictorios
que dañan su autoestima y su capacidad de relacionarse
sanamente con otros. “¿Quién dice a mi
padre que no puede tener sexo porque le sube la presión
y sufre una cardiopatía?”, pregunta Julia. “Sin
embargo a cada rato discutimos porque él y mi madre
no aceptan que yo tenga novio. ¡Bastante me quitó
la vida para que quieran quitarme el resto!”, dice resentida.
La clave está en desarrollar empatía, y eso
implica también aceptar que una discapacidad puede
tocarle a cualquiera como lógico resultado de un estilo
de vida inadecuado. En circunstancias así, ¿consentiríamos
que otros decidan sobre nuestro desempeño sexual?
Cuando la discapacidad es congénita o adquirida en
la infancia, es más difícil contar con información
adecuada sobre temas sexuales. Casi siempre la familia asume
que esa esfera estará también “mutilada”
y es mejor ni hablar de ello.
Sin embargo —afirma Castillo desde su vasta experiencia
como investigador— el 97 por ciento de los casos tiene
dudas sobre su imagen corporal o le preocupa cómo cortejar,
cómo dar y recibir placer, cómo planificar familia…
“Las mismas que cualquier otro ser humano”, dice
Héctor, quien se confiesa seguidor de esta página
y de espacios similares en otros medios de prensa, porque
“saber de todo es importante, aunque no se practique”.
Por eso el doctor Castillo promueve talleres terapéuticos
para que esas personas entren en confianza y aprendan a amarse
a sí mismos, espacios muy pedidos durante el IV Congreso
de la Asociación Cubana de Limitados Físicos
Motores (ACLIFIM), porque la sexualidad es una importantísima
dimensión de su calidad de vida.
“Se trata de equiparar oportunidades y abordar sus necesidades
francamente”, insiste. “Y ese es un aprendizaje
que se debe iniciar desde la infancia. No se pueden esperar
los retos de la adolescencia sin que la familia y el equipo
médico estén preparados para entender y ayudar
en lo que haga falta”.
(Tomado
de www.juventudrebelde.cu)
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