| Miradas
que matan (Final)
Por breves segundos no hay palabras, argumentos,
solo miradas, sostenidas, fulminantes. Tan solo un instante
tras el cual el joven da la espalda sin recoger el obsequio.
Mariano lo ve alejarse a tumbos y comprende. El espectador
comprende. El derrumbe físico del Martí joven
no hace más que alertarnos de su crecimiento interior.
El dolor del cuerpo ya no importa cuando siente llagas más
profundas en el alma: aquellas que laceran al mundo. De la
lucha por erradicarlas ya nadie ni nada puede distraer al
protagonista.
Ese entendimiento de su cometido
vital es la verdadera cima que alcanza el personaje, solo
que el punto de partida en esa aventura tenía que ser,
más que el de la certeza, el de la incertidumbre y
la búsqueda.
Por ello la insistencia de la cinta en la
“mirada” como especie de discurso paralelo. La
fotografía se deleita explotando planos que remiten
a esa observación “angular”, “clandestina”
del infante, escudriñando, indagando, descubriendo,
por supuesto al mundo, pero primero a sí mismo. Un
Martí que llora, tiembla ante los ladridos de un perro,
se estremece ante el seno desnudo de una esclava, para luego
masturbarse en la soledad de la hamaca. Pero también
un Martí que va cultivando a partir de su odisea personal
los ideales más altos: la libertad, la justicia, el
patriotismo.

Las actuaciones son otro rubro
de excelencia en Martí, el ojo del canario, aunque
debe reconocerse que de antemano los personajes están
bien escritos, a años luz de cualquier estereotipo.
Broselianda Hernández proyectando con apenas su
rostro los más diversos matices de la ternura y
el sufrimiento de su Leonor Pérez. Rolando Brito
hilvanando con su vasto arsenal expresivo un Mariano Martí
que se debate entre la fidelidad a su ideal de justicia
y deber, y la intolerancia ante cualquier atisbo de disidencia.
(Fotos: ICAIC) |
Sutilezas con las cuales el director va
levantando un filme que sobresale, asimismo, por evadir los
tópicos del cine “historicista-conmemorativo-museable”,
al ofrecernos una narración pletórica de subtextos,
lejana del subrayado del dato y del documento frío,
donde el pasado se convierte en arcilla dramática esencial.
Al centro de Martí, el ojo del canario,
revolotean las obsesiones perennes de Fernando Pérez:
el dilema “realización individual vs. responsabilidad
social”, la dificultad de los seres humanos para transformar
la realidad frente a los trabas impuestas por las instancias
de poder, pero más importante aún, los ciclos
de “enfrentamiento-reconciliación” Inter-generacionales,
vertiente temática que ya estaba en Madagascar, y que
retorna en su nueva cinta.
Valdría agregar la excelencia de
una fotografía que dota de identidad propia a cada
una de las plazas por las cuales transita nuestro héroe,
levantando una sugestiva imagen de la vida colonial, desprovista
de cualquier glamour “telenovelero”. La muestra
en su más descarnada crudeza, su esplendor y decadencia:
el expresionismo del espacio doméstico, la calidez
de los lugares donde se enseñorea la cultura (la ópera,
el teatro), y la desoladora frialdad que el color y la luz
otorgan a las canteras, ese calvario final al cual es condenado
el personaje.
No queda entonces otra alternativa que agradecer a Fernando
por esta oportunidad de observar desde “el ojo del canario”,
pues sospechamos que es esta su noble estrategia para invitarnos
a emular la estatura del Apóstol, a empinarnos (ahora
sabemos), hacia adentro.
Colocarnos en esa dimensión constituye
quizá el mayor mérito del filme: ayudarnos a
contemplar desde ese espacio callado, palpitando, sintiendo,
al igual que Martí, el dolor del mundo en nuestro cuerpo.
Como jóvenes, como martianos, gracias,
Fernando, desde la soledad, desde la oscuridad de la mirada.
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