| Quiché
Tierra de muchos árboles
Por Marietta
Manso
La camioneta sube y sube, como queriendo
llegar hasta el cielo. En su interior, la gente va sentada
de a tres, mientras los pasillos están atestados. Con
cada vuelta, el corazón se quiere salir del pecho,
y asombra la tranquilidad de los rostros indígenas.
A mi lado, mi hermana trata de distraerme
al observar el espanto en mis ojos, mientras el fotógrafo
conversa con un enfermero. De todos modos, estamos aterrados
por los enormes precipicios, mareados con los olores, e imposibilitados
de tener otro deseo que no sea el de llegar de una vez.
Tiempo después, cuando me tocó
el papel de acompañante y ya no fui una novata, vi
la misma mirada de susto en otras personas y llegué
a tener la íntima convicción de que, tal vez
sin proponérselo, el viaje al departamento guatemalteco
de El Quiché es una especie de prueba que la dirección
de la brigada tiene reservada para los recién llegados;
algo así como si-puedes-con-esto-podrás-con-cualquier-cosa.
Y tienen razón, pues cuando crees
que ya nada será más difícil que mantener
el alimento en el estómago durante los 21 ganchos (curvas
cerradas casi en cero grados) que separan a El Quiché
de la capital, recuerdas aquello como un simple y seguro juego
de damas, ante la montaña rusa, sin feria ni suelo
cerca, que representa este trayecto.
Al fin, tras cuatro horas de camino, la
pericia del piloto (chofer) y una increíble suerte,
te han llevado a tu destino.
Reunión de
mujeres
Alguien dijo que pocas cosas hay más bulliciosas que
dos mujeres juntas, imagínese entonces 20. Si le agrega
que se trata de cubanas contentas por verse luego de un tiempo,
tendrá entonces la medida de la algarabía que
reinaba aquella mañana.
Poco a poco el entusiasmo fue cediendo y
la reunión trajo consigo un manojo de vivencias…
”Si Celia pudo, yo también
puedo”, me dije y seguí adelante, sin importar
la fatiga o el terreno difícil, la caída dentro
de un hoyo y el susto, hasta que los muchachos me rescataron.
Seguí el camino junto con ellos, y todos llegamos.
Así recuerda la doctora Caridad Pérez su primera
caminata allá en la Zona Reina y, sincera, confiesa
que debe superar su miedo cada vez que tiene que montar la
avioneta para sobrevolar la selva.
Subiendo y bajando lomas, en lugares que no se parecen a lo
descrito, porque hay que vivirlo para saber de veras cómo
son, acuden cada mañana a su puesto, y se sienten orgullosas,
como señala la médica Ana María Lledra,
al ver que la semilla va fructificando, y los pacientes acuden
a la reconsulta.
Hay que oír a Marta Montero, licenciada en Enfermería,
narrar con sencillez su labor en la capacitación de
las estudiantes guatemaltecas, o escuchar a las doctoras María
Nicolaes y Yordanka Ramírez, su relato de cómo
con tesón y profesionalidad demostraron, en esta tierra
de hombres, que las mujeres son también capaces de
dirigir, y hacerlo bien.
Es preciso ver a la microbióloga Yolanda Fundichely
expresar que el primer trabajo de investigación de
microbiología del hospital donde labora, fue hecho
por una cubana, sentir la emoción de la pediatra Roxilena
Manso al comentar la satisfacción por ganarle batallas
a la muerte, afirmar junto a la enfermera Miriam Martínez
que en cada acción emprendida están presentes
los seres queridos, para saber cuán reales son estas
heroínas de lo cotidiano.
(Tomado del libro en proceso de impresión
“De las nubes y otros recuerdos”, de Marietta
Manso)
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