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Arte


Vida y milagros del Alhambra



Por Josefina Ortega

Teatro Alhambra.
La historia del teatro cubano está indisolublemente unida al Alhambra.
(Foto: Archivo)

Hay cosas tan irremediablemente extinguidas que no pertenecen ya a época, estilos, sitios o a alguien en particular.

Quedan entonces en brazos de la memoria, asistida por viejas imágenes desdibujadas —logradas por quién sabe— por una anécdota remota, o impresos imprecisos.

Así sucede con lo que fuera durante 35 años uno de los sitios más frecuentados de La Habana: el teatro Alhambra.

El teatro se fundó en la esquina de Consulado y Virtudes, y era, según el inefable Eduardo Robreño, un «caserón de una sola planta», propiedad del catalán José Ross, y en donde estaba un taller de herrería al que le sobraba espacio.

El catalán había decidido poner en ese espacio sobrante primero un gimnasio —que fracasó—, luego un salón de patinaje —que corrió peor suerte— y finalmente un teatro, a sugerencia de un coterráneo con chispa para las buenas empresas.

La idea del teatro fue en un principio algo peregrina, pues considerado como teatro de «verano», a la usanza madrileña, estrenó obras del género chico español.

Pero al parecer arrancó con no mucha fortuna el Alhambra, el 13 de septiembre de 1890, porque con tales características intentó competir con el ya famoso Albisu, un teatro situado a pocas cuadras, aunque la prensa hablara de que el nuevo teatro fuera un lugar «bonito, esté bien situado, y tiene sobre todo la ventaja de ser muy fresco…».

Necesitó casi diez años de infortunio, en los que perdió hasta el nombre, para que en 1900, en manos de un pequeño grupo de locos al teatro, el Alhambra por fin diera el salto de sus cenizas para volver —con todo y nombre— a la palestra por 35 años.

Federico Villoch, un libretista ya famoso, un escenógrafo llamado Miguel Arias, y José López Falco, quien con el seudónimo de Pirolo se destacaba como actor cómico, fueron los encargados de sacar adelante el proyecto.

La mulata, el negrito, el gallego, y otros roles más o menos pródigos, sostuvieron el andamiaje de lo que se llamaría el mejor bufo cubano.

Lo absolutamente cierto es que los nombres que integraron la «nómina actoral» del Alhambra, son parte de un patrimonio que trasciende la memoria:

Regino López, su hermano Pirolo y Robreño; con el tiempo Acebal y Anckerman, y más acá en el tiempo el inolvidable Arredondo, fueron algunos de aquella estirpe inimitable.

El 18 de febrero de 1935, el propio Arredondo asistiría a uno de los primeros síntomas de decadencia del Alhambra, y salvará la vida por un «pelín», al desplomarse parte de vestíbulo en el sitio donde estuviera parado segundos antes.

Larga es la historia cruzada de detractores y promotores del Alhambra desde entonces, y a veces todavía hoy; pero casi 103 años después, pudiera recordarse el parlamento que recitara un actor en las tablas de su escenario, como la mejor autodefensa:

«El artista es siempre bueno
si obras en francés nos trajo,
Aunque llegue al desenfreno…
¡Qué en francés nada es obsceno
y en Tacón* nunca hay relajo!»


*Tacón era el nombre de otro teatro de la época, también en La Habana, famoso y bien mirado, a donde iba la clase dominante, «destacado por su lujo y majestuosidad, superando a algunos de los principales teatros europeos de su época», cuyos dueños se preciaban de llevar a escena lo mejor y más serio del repertorio universal.

(Tomado de www.lajiribilla.cu)

 

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