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Notas guerreras que unieron a dos generaciones
El Himno Invasor fue creado el 15 de noviembre
de 1895 en la finca La Matilde, Sierra de Cubitas, Camagüey,
por el entonces comandante Enrique Loynaz del Castillo. Este
himno tuvo la misión histórica de unir las generaciones
del 68 y del 95. Representaba la bravura, el desafío
y la intrepidez de los que cayeron luchando en la contienda
del 68
Historia
Marchaba la columna invasora por los campos camagüeyanos
el 15 de noviembre de 1895 cuando el general
Antonio Maceo dio órdenes de detener la marcha
en una finca que las avanzadas habían descubierto.
Para muchos veteranos de la Guerra
de los Diez Años el lugar era todo un símbolo.
Estaban en presencia de la finca La Matilde propiedad de José
Ramón Simoni, el padre de Amalia
Simoni el gran amor de Ignacio
Agramonte.
Con premura de gente agotada se organizaba el improvisado
campamento cuando un mambí descubre que en una de las
ventanas de la casa un militar hispano había escrito
ofensivos versos para la independencia de la patria. Hasta
hacía poco era el lugar cuartel colonial abandonado
apresuradamente ante la presencia de la columna invasora.
Se solicitó del joven comandante camagüeyano Enrique
Loynaz del Castillo valiente, sensible y exaltado, una respuesta
inmediata. Allí brotó el verbo cortante como
filo de machete.
Enterado el general Maceo luego de escuchar los versos dio
orden de musicalizarlo, llevarlos al pentagrama, de hacer
de aquellos versos un himno de combate que acompañara
a la columna invasora.
Entonado en momentos de combate bajo sus vibrantes notas se
luchó, murió y triunfó desde aquellos
momentos en que el poeta camagüeyano y los músicos
holguineros en fusión absoluta de arte y patriotismo
nos dieron ese canto a la revolución y al triunfo que
es el Himno Invasor.
Testimonio de Enrique Loynaz del Castillo
Con sus propias palabras Enrique Loynaz del Castillo en una
conferencia dedicada a la Sociedad de Artes y Letras Cubanas,
en los salones de la Benemérita Casa de Maternidad
y Beneficencia, el día 12 de febrero de 1943, describe
cómo surgió el Himno Invasor:
"A nadie habíasele ocurrido crear un himno para
la tremenda campaña que iba a decidir la suerte de
la Patria. Por mera casualidad, fue ocurrencia mía.
El Ejército Invasor, al mando del general Maceo, acampó,
en compañía de las fuerzas camagüeyanas,
comandadas por el general José María Rodríguez
(Mayía), en el gran potrero La Matilde, propiedad que
fue del doctor Simoni, padre de dos admirables cubanos, Matilde,
esposa del general Eduardo Agramonte Piña, y Amalia,
la romántica y adorada compañera del general
Ignacio Agramonte. Era el 15 de noviembre de 1895.
Respetuoso, en grado sumo, el general Maceo del Gobierno Civil
la República, asignó para alojamiento al Presidente
Salvador
Cisneros Betancourt, ilustre Marqués de Santa Lucía,
y al Consejo de Gobierno por él presidido, la magnífica
casa de vivienda de La Matilde, y él acampó
en la arboleda inmediata, junto a los establos, en los que
instaló su numeroso y brillante Estado Mayor, a las
órdenes del ilustre general José Miró
Argenter, y en cuyo alto Cuerpo, donde sabias enseñanzas
recibíanse con la presencia del vencedor de Peralejo,
y ejemplos temerarios, tuve uno de los más preciados
privilegios de mi vida, la compañía de los otros
ayudantes, Hugo Robert, Manuel Piedra, herido en la Batalla
de Mal Tiempo y en otros campos de batalla, Miguel Varona,
Emilio Bacardí, Peregrín Carulla, Mariano Sánchez
Vaillant, Perucho Aguilera, Pérez Carbó, Pedro
Echavarría, los Sauvanell, los hermanos Pilot, los
hermanos Llorens, los hermanos Ivonet, los hermanos Mariano
y Ramón Corona, Juan Maspons Franco, Alberto Boix,
Rafael Ferrer, Adolfo Peña, Carlos Pastor, Arturo Bolívar,
A. Sagebién, Salvador Pastor, Alfredo Jústiz,
Ascensio y Armando Gómez, Rafael Peña y J. Muñoz
y el insigne Carlos González Clavet , todos ellos,
o muertos o heridos por la Patria.
Aunque de las fuerzas, estaban siempre con
nosotros alegrando el campamento, con sus dichos, los que
fueron luego brillantes generales, entonces temerarios oficiales,
Calixto García Enamorado, José Lara Miret, que
tiene doce balazos por la libertad, Ángel Guardia,
Enrique Céspedes, los Duchase y otros del heroico ejército
oriental. Con nosotros, siempre deleitándonos con su
ameno trato, el entonces teniente coronel Mario Menocal y
los miembros del Consejo de Gobierno, Santiago García
Cañizares, Rafael Portuondo, Severo Piña y José
Clemente Vivanco.
Algunos amigos, apenas acampados, recorríamos
la casa de La Matilde, y de paso alguna raspadura obteníamos
de los miembros del Gobierno allí alojados.
Vimos en las paredes del edificio no pocos insultos que nos
dejó el enemigo, allí acampado hasta nuestra
aproximación, en vez de esperarnos para combatir. En
una ventana, blanca y azul, algo distinto leímos: unos
bellos versos, bajo el dibujo de una pirámide, coronada
por española bandera. Quiso borrarla un compañero:
me opuse y lo convencí de que las letras y las artes,
bajo cualquier bandera, son patrimonio universal, ajeno a
los conflictos de los hombres.
En ese momento, sobre la otra
hoja de la misma ventana, pinté la adorada bandera
de Cuba, y bajo su glorioso palio escribí estos versos,
que me esfuerzo en recordar con la exactitud posible a casi
medio siglo de distancia:
¡A
las Villas valientes cubanos:
A Occidente nos manda el deber
De la Patria a arrojar los tiranos
¡A la carga: a morir o vencer!
De Martí la memoria adorada
nuestras vidas ofrenda al honor
y nos guía la fúlgida espada
de Maceo, el Caudillo Invasor.
Alzó Gómez su acero de gloria,
y trazada la ruta triunfal,
cada marcha será una victoria:
la victoria del Bien sobre el Mal.
¡Orientales heroicos, al frente:
Camagüey legendaria avanzad:
¡Villareños de honor, a Occidente,
por la Patria, por la Libertad!
De la guerra la antorcha sublime
en pavesas convierta el hogar;
porque Cuba se acaba, o redime,
incendiada de un mar a otro mar.
A la carga escuadrones volemos,
Que a degüello el clarín ordenó,
los machetes furiosos alcemos,
¡Muera el vil que a la Patria ultrajó!
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Alguna que otra estrofa, innecesaria, escrita en aquella ventana,
fue por mí suprimida, o modificada durante la campaña,
por no avivar innecesarios odios.
En aquel ambiente patrio, caldeado al rojo, los versos de
la Invasión, como en seguida los llamaron, fueron como
reguero de pólvora…
La gran casa se colmó de oficiales
y soldados que sacaban copias y agotaban el papel y la amabilidad
del Gobierno. El Presidente Cisneros decidió mudarse.
“No podemos con este gentío, trabajar. Tu himno
nos desaloja”. ¡El himno estaba consagrado!
Aquel exitazo inesperado me animó
a buscarle melodía apropiada al verso. Horas y horas
de solitarios ensayos, fijaron en mi memoria la melodía,
altiva y enardecedora.
Enseguida me dirigí al general Maceo,
mi compañero de cuarto y de peligros, en Costa Rica:
“General, aquí le traigo un himno de guerra,
que merecerá el gran nombre de usted: déjemelo
tararear”.
“Pues bien”, me respondió
el General. Y a medida que yo canturriaba los versos, la mirada
se le animaba. Al terminar, en la estrofa evocadora de las
trompetas de carga, puso sobre mi cabeza su mano mutilada
por la gloria…
“Magnífico –dijo–.
Yo no sé de música, para mí es un ruido,
pero ésta me gusta. Será el Himno Invasor; sí,
quítele mi nombre, y recorrerá en triunfo la
República…”. Luego agregó: “Véame
a Dositeo, para que mañana temprano lo ensaye la Banda”.
“General –objeté– tiene que ser ahora
mismo, porque mañana se me habrá olvidado esta
tonada, como me ha pasado con otras”. “Pues bien,
vaya ahora mismo y traiga a Dositeo”.
Era el capitán Dositeo Aguilera,
el jefe de la pequeña banda del Ejército Invasor:
agradable, inteligente y acogedor.
“Lo he llamado –le dijo el general–
para que la Banda toque un himno de guerra, que le va a cantar
el comandante Loynaz. Váyanse por ahí y siéntense
en alguna piedra, donde nadie los moleste; trabajen, hasta
que la Banda toque exactamente el Himno Invasor. Apúreme
eso”.
En dos taburetes Dositeo y yo nos pusimos
al trabajo. Apenas media hora habría, a mi juicio,
transcurrido, y ya estaba completa en el pentagrama la melodía,
que le fui tarareando en sus tres variaciones armónicas.
La volvió a tararear leyendo sus
notas. La celebró, pero agregó: “No se
me contraríe si le hago una pequeña corrección…”.
Interrumpí: “El General dijo
que exactamente…”. “Sí, pero ni el
General, ni usted saben nada de música. Con las notas
de este primer compás, no hay voz que llegue a los
últimos. Y un himno se hace para el canto. Así
en voz baja, únicamente, puede usted tararearlo. La
corrección es poca cosa, bajar el primer compás.
Déjeme esto a mí, que necesito ahora mismo empezar
el verdadero trabajo, instrumentar esto: y con la prisa que
quiere el General”.
Al siguiente día el Ejército
Invasor tenía un himno. Con él iba a recorrer
la República.
El éxito de un canto depende en gran
parte de su identificación con el ambiente espiritual.
El Ejército sintió en aquellas altivas resonancias
la interpretación de sus propios impulsos, proyectados
en la fantasía de cargas arrolladoras…
En Mal Tiempo, al pasar frente a la banda
que, a los compases frenéticos dirigidos por Dositeo,
lanzaba sobre el campo de batalla las arrogantes vibraciones
del Himno, el propio autor y cuantos iban con él, sintiéronse
como impulsados, por invisibles alas, sobre las enemigas bayonetas.
Ya iban dispersos, y acuchillados, o caían
en el pavoroso incendio de los cañaverales, los infantes
de Canarias, y aún dilataba en la épica llanura
sus ecos triunfales el himno de Maceo…
Con la Invasión llegó a Mantua.
Y tres años después lo escuchó la capital
entre el estampido de los cañones que saludaban la
llegada del Ejército Libertador.
(Tomado de EcuRed.cu)
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