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Homenaje a los estudiantes fusilados en 1871
Por Matilde
Salas Servando
La sociedad cubana se llenó de luto y tristeza en noviembre
de 1871 con el fusilamiento de ocho estudiantes, acusados
injustamente de un delito que nunca cometieron por los representantes
del gobierno colonial español, que poseían el
poder político en la “siempre fiel Ysla de Cuba”.
El 22 de ese mes, los alumnos de primer
año de Medicina de la Universidad
de La Habana esperaban en el Anfiteatro de San Dionisio,
junto al antiguo cementerio de Espada, por el profesor, quien
finalmente ese día no asistió a sus clases habituales.
Mientras aguardaban, uno de los jóvenes
tomó una flor, y todos fueron acusados de rayar el
nicho que guardaba los restos mortales del periodista español
Gonzalo Castañón, un defensor de los intereses
de la Corona española desde su tribuna en el periódico
habanero La Voz de Cuba, del cual era director.
Con solo esos datos, el gobernador político
de La Habana, Mauricio López Roberts, sometió
a un interrogatorio al capellán y a otras personas
allegadas al cementerio; después arrestó a todos
los integrantes de la clase de primer año de Medicina,
mientras los miembros del Cuerpo de Voluntarios exigían
la cabeza de los jóvenes cubanos, a pesar de que no
tenían las pruebas de su culpabilidad.
Pocas horas más tarde, los alumnos
fueron acusados de infidencia y sin pérdida de tiempo
se constituyó un Consejo de Guerra, que emitió
un veredicto que no resultó aprobado por el Capitán
General de la Isla, pues lo devolvió sin su firma.
De inmediato, las autoridades hispanas crearon
otro Consejo de Guerra con el objetivo de tener asegurado
el fallo; esto se evidenció claramente por la rapidez
del proceso y su nefasto resultado, dado a conocer poco después.
Dada la demostrada ausencia de culpabilidad, existe la certeza
de que con aquellos jóvenes, se cometió un verdadero
asesinato, con visos de legalidad.
Ante el horrendo crimen, el capitán
Federico Capdevila, defensor de los ocho estudiantes ,declaró:
”Mi obligación como español, mi
sagrado deber como defensor, mi honra de caballero y mi pundonor
como oficial es proteger y amparar a los inocentes: lo son
mis cuarenta y cinco defendidos”.
Años después, el doctor Fermín
Valdés Domínguez, uno de los alumnos de aquel curso y
finalmente condenado a seis meses de prisión, logró
que al exhumarse los restos de Gonzalo Castañón,
el hijo de éste hiciera una declaración por
escrito en la que explicara el estado del nicho.
En el documento se dio a conocer que todo estaba en orden,
con lo que se probó, una vez más, que los ocho
estudiantes de Medicina, fusilados el 27 de noviembre de 1871,
eran inocentes.
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