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Con una bala en la frente
Por Mongui

Siempre llevó en su frente
la huella del disparo.
(Tomada de www.commons.wikimedia.org) |
Quizá su anécdota más
conocida es la del general asediado por una tropa enemiga
muy superior que, no queriendo ser capturado vivo, coloca
su revólver bajo la barbilla y se aplica un disparo
que quiso salir por la frente.
Dicen que su madre, cuando recibió la noticia del hijo
prisionero, no lo admitía, y que solo al informarse
que intentó matarse y estaba moribundo por su arriesgada
acción, exclamó:
–¡Ese…, ese es mi hijo Calixto!
Pero el hado no quiso llevarse a Calixto García Íniguez
en esa ocasión, para que continuara dando lo mejor
de sí.
Puntualmente se incorpora a la Guerra
de los 10 Años y, desde entonces, la manigua le sirve
de Patria. Sus soldados lo recuerdan como el jefe cariñoso,
dulce, y hasta gastador de bromas, sin que ello le reste hombradía
ni mucho menos rigorosa disciplina.
Temerario al fin, se aventura demasiado. Preso y moribundo,
es deportado a España en 1874, pero queda libre tras
el Pacto
del Zanjón. Viaja a Estados Unidos, donde resulta Presidente
del Comité Revolucionario Cubano en Nueva York. Regresa
a la Isla con la intensión de ponerse al frente de
la Guerra Chiquita, en cambio,
llega con los últimos disparos y, detenido, lo envían
otra vez a España.
Reincidente como es, no duda en volver a la batalla, ahora
durante la contienda organizada por Martí.
Funge como jefe del Departamento Oriental, primero, y tras
la muerte de Antonio
Maceo, ocupa el puesto dejado por aquél como Lugarteniente
General del Ejército Libertador de Cuba.
Fue él quien, al inmiscuirse Estados Unidos en la campaña,
lo cual devino guerra hispano-cubano-norteamericana, cursó
aquella comunicación al general Mario García
Menocal de tener lista la artillería para “que
el cañón cubano suene primero que el de los
yankees”.
Fue Calixto quien al frente de una comisión cubana
viajó hacia Washington con el objeto de gestionar los
fondos necesarios para liquidar las deudas de la República
y pagarle al Ejército Libertador.
Pero quiso el hado que el 11 de diciembre de 1898 ese crudo
invierno de Norteamérica venciera al héroe,
víctima de una severa pulmonía; algo que no
había logrado ninguna de las tres guerras, ni sus dos
deportaciones a España, ni siquiera aquella mortífera
bala que un día asomó por la frente del general.
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