| Por
la salud de los manglares
Por Míriam
Zito

Manglares en Matanzas.
(Tomada de www.commons.wikimedia.org) |
Verdaderas barreras naturales de las costas,
los manglares sufren también hoy los efectos del cambio
climático ante la elevación del nivel del mar,
lo que se suma a la alta presión demográfica,
la cría de peces y camarones, la agricultura, la construcción
de infraestructuras y el turismo, además de la polución
y los desastres naturales, actividades que atentan contra
su superviviencia.
Según informes de la Organización
de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)
se han perdido alrededor de 3,6 millones de hectáreas
de mangle desde 1980, equivalente al 20 por ciento del área
total, lo que incide en afectaciones económicas y medioambientales
en muchos países del orbe.
Entre las naciones con mayores zonas devastadas
se cita al continente asiático, con más de 1,9
millones de hectáreas destruidas, debido a cambios
en el uso de la tierra, en tanto en América del Norte
y Central, y en el continente africano, las pérdidas
alcanzaron unas 690 mil y 510 mil hectáreas respectivamente
en los últimos 25 años.
No ajena a esta problemática, en
Cuba antes del triunfo revolucionario se talaba el mangle
para hacer carbón, en particular en la Ciénaga
de Zapata y en algunos cayos como Coco,
Romano y Sabinal, situación que cambió con las
transformaciones económico-sociales introducidas por
la Revolución y más tarde se consolidó
con las obras de la Revolución Energética.
Con varios cuerpos legales que respaldan
su manejo y control, los manglares cubanos en general gozan
de buena salud, en particular en la provincia de Pinar del
Río donde el 91 por ciento reporta un buen estado.
A pesar de que en la Isla se encuentran
establecidos decretos, resoluciones y documentos jurídicos
como la Ley Forestal, para la protección
estricta de estos ecosistemas marinos, su conservación
no solo depende de lo estipulado legalmente, sino de la concientización
que debe lograrse acerca de su vital importancia para el hábitat
de numerosas especies, incluyendo el hombre.
Dada la incidencia del cambio climático
en la posible elevación del mar y debido a su configuración
geográfica, en Cuba se intensifican las investigaciones
sobre los manglares, que actualmente ocupan un cinco por ciento
de la superficie del archipiélago, lo que equivale
al 20 por ciento de la cobertura boscosa total.
Aunque se ha divulgado hasta por televisión
que el aumento del nivel medio del mar sería letal
para los ecosistemas costeros, es poco probable que el manglar
muera en esas condiciones, afirma la doctora Leda Menéndez
Carrera, investigadora titular del Centro Nacional de Biodiversidad,
y añade que las especies de mangle surgieron y evolucionaron
en el agua y no precisamente en las del Caribe, sino en el
Indo Pacífico.
Verdaderos bosques
de mareas
Similares a los del Caribe insular, en el archipiélago
cubano se expanden por más del 70 por ciento de las
costas donde proliferan cuatro especies: el mangle rojo (Rhizofhora
mangle), el prieto (Avicennia germinas), el patabán
o mangle blanco (Laguncularia racemosa) y la llana (Conocarpus
erectus), con una diferencia de marea de 50 centímetros,
muy por debajo de los seis metros que reporta el área
del Pacífico.
Al vivir en esa zona de influencia de mareas,
al manglar también se le conoce como bosques de mareas,
especifica.
Comunes en las costas de origen biológico,
acumulativas y cenagosas, donde son frecuentes los esteros
con escurrimientos de agua dulce, también abundan en
lugares salinizados como cayos e islas.
El denominado monte de manglar
resulta un complejo que sustenta la vida de especies animales,
pues entre sus hojas, ramas y ramificaciones sumergidas habitan
numerosos tipos de invertebrados y peces.
Por su extensión, los manglares cubanos
ocupan el noveno lugar en el mundo y el primero entre los
países del Caribe, y se catalogan entre los de mayor
representación en el continente americano.
Sobre el tema, conversamos con Leda, quien
participa en estos momentos en un macroproyecto sobre la elevación
del nivel medio del mar debido al cambio climático
y la vulnerabilidad de las costas cubanas, que abarca innumerables
aspectos. “Justamente el primer nivel del país
está interesado en dejarle a las generaciones futuras
conocimientos y acciones que contrarresten los efectos nocivos
que pueda implicar el cambio climático. De los trece
proyectos, uno corresponde a manglares y abarca además
las playas arenosas, las crestas arrecifales, cuestiones de
corrientes y de batimetría, entre otros no menos importantes”.
Especialista de larga experiencia, asevera
que en nuestro caso los manglares constituyen la primera barrera,
y tienen un valor económico y ecológico-estratégico
al proteger al país de marejadas, tormentas, de virus
o enfermedades del exterior o del incremento del nivel medio
del mar.
El manglar, aclara, es como un atenuador
por poseer grandes raíces, en particular las zancudas
y tupidas del mangle rojo, con una densidad mayor cerca del
mar, y las del prieto que crecen hacia arriba, llamadas neumatóforos,
y actúan como una densa barrera.
“Estamos trabajando ahora con especialistas
del Instituto de Oceanología para lograr un modelo,
pero es ya uno de los trabajos futuros en la búsqueda
de criterios relacionados con el cambio climático.
“A la par del macroproyecto, se iniciará
otro relacionado con manglares en la costa sur de Cuba, auspiciado
por el Centro Nacional de Áreas Protegidas, con lo
que se pretende incrementar las áreas protegidas marino-costeras.
“A nosotros nos tocó el diseño
del trabajo de investigación para la caracterización
y el monitoreo, y también la vegetación de dunas.
Comprende Los Pretiles, Guanahacabibes,
los cayos de Los Canarreos como Rosario, Campo, Ovando, Cantiles,
Cayo Largo del Sur, Ciénaga de Zapata y llega hasta
la parte sur de Santiago
de Cuba y participan especialistas no solo del CITMA,
sino también de varias universidades y centros de investigación
de las distintas provincias.
Incansable investigadora, Leda trabaja ahora
para rescatar los manglares de la zona de Triscornia, como
parte de la Bahía de La Habana, donde habita
una rica avifauna. A pesar de que el manglar se ha mantenido,
explica, hay un umbral de contaminación, pero mantiene
valores naturales que merece la pena proteger y conservar
para que las futuras generaciones conozcan cómo fue
parte de la rada en otros tiempos. En la actualidad se encuentra
allí una población de planta Borrichia cubana,
endémica estricta de ese sitio.
Con el sueño de hacer realidad una
red cubana de manglares, existente ya en países de
Centro y Sudamérica, Leda llama la atención
sobre la importancia de este ecosistema, “sin ellos
no hubiera protección a las tierras interiores, se
salinizarían los suelos, se agotaría el agua
-necesario hábitat de los peces de valor económico
y ecológico que viven justamente en sus canales y lagunas-,
y no habría protección para las embarcaciones
frente a la arremetida de huracanes, precisamente por eso
continuamos investigando para responder hoy ante el reto de
los manglares”.
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