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A continuación podrás leer el texto de la carta que resultó premiada en el concurso “Mi carta al Diablo Ilustrado”, en la categoría de 21 a 30 años. Su autor, Moisés Mayán Fernández, tiene 26 años, estudia en la SUM de Holguín y trabaja en Ediciones Holguín.

Carta de un diablo novato

 

Ilustración.
(Autor: Fariñas)

Hace mucho que la vida dejó de ser esa fruta de mitades simétricas que colmaba mis manos de niño. Tiempo de los descubrimientos, cuando el amor esperaba detrás de las puertas agazapado como un tigre, y la casa era enorme, casi un palacio, y los primos lanzábamos un gato al aire, un gato literal, suave. Aún persiste la sensación de la felpa entre los dedos. Ah, pero toda felicidad es inocencia. Yo zafaba los oxidados cerrojos de los baúles buscando algo distinto al familiar estremecimiento de la pelusa. Fue una de esas tardes de hallazgos que encontré el primer mensaje de quien insistía en llamarse el Diablo Ilustrado. Un párrafo en cursiva sobre un dibujo abstracto y la promesa de dialogar sin cortinajes ni brumas, sobre los temas, que mi inteligencia no lograba conquistar en el fondeo de los baúles. Sin cortinajes ni brumas, sin embargo el narrador permanecía oculto tras los pabellones que la palabra alzaba en los difíciles dominios del lenguaje.

Así comencé a buscar las revistas, saltando las páginas hasta descubrir la débil pared de tinta donde el Diablo Ilustrado, edificaba, piedra a piedra, la catedral de su sabiduría. Yo crecí soñando que entraba a sus habitaciones, y lo espiaba tecleando compulsivamente en una vieja Underwood. Lo imaginé como esos ángeles famélicos, de cabellos hirsutos y ojos tristes que descansan sobre un monstruo con rostro de anciano, o sobre un huevo quebrado. Lo imaginé cargando un pequeño con capucha sobre sus hombros, como quien nunca pierde su corazón de niño. Años más tarde, cuando tuve entre mis manos la edición del volumen que reunía las prosas publicadas en la revista, tuve la total certeza de que Fariñas conocía realmente al Diablo. Por ese entonces ya había leído a Jorge Luis Borges, a Robert Louis Stevenson y a Hermann Hesse. Lecturas que me sirvieron para dejar de interrogarme sobre la identidad del Diablo. Ahora sabía muy bien, que en esa endeble armazón que suele ser un hombre podían (ficción mediante) habitar variadas y peligrosas criaturas. Comprendí también, que el felino que esperaba agazapado tras las puertas y quizás aquel que lanzábamos al aire, no era otro que el tigre de Borges, es decir, de Blake, de Hugo, de Shere Khan, o el lobo estepario de Hesse, o la criatura apasionada y terrible que respondía al nombre de Míster Hyde.

Lo trascendente fue la forma como el Diablo Ilustrado (poco importaba ya si se trataba de un espíritu de la corte de Carlos III o de un simple redactor de algún diario) fue despertando en mí el hábito de la lectura. El deseo de ir formando minuciosamente la membrana de las palabras, especie de cápsula traslúcida, donde se gestan los diablos novatos. Y la lectura me condujo a través del laberinto del idioma, y el idioma como un río proceloso desembocó en la página en blanco. Horror vacui. ¿Qué hacer frente a la página en blanco? ¿Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra? Un trazo contra la superficie vacía de la hoja, una estrofa con filo, el poema inicial. Otro diablo (este Cojuelo) susurraba en mis oídos: Verso, o nos condenan juntos, o nos salvamos los dos. Caminaba los largos pasillos de la casa con la página vulnerada entre los dedos. La sensación de la felpa del animal volvía a emocionarme. Busqué las revistas que guardaba, hojeé el libro nuevamente. Necesitaba unas palabras de mi amigo el Diablo. Algo como Hay locuras que son poesía.

Entonces, como esas doncellas que emergen de las charcas de la tundra asiática (Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor), surgió ante mí el cuerpo frágil de una idea: enviaría mi poema a la misma revista donde el Diablo Ilustrado publicaba aquellas prosas centelleantes. Eso hice. Recuerdo que llovía la tarde cuando la cáscara de lo inédito se quebró contra mis ojos. Un aguacero de magnitudes bíblicas. El agua como el río proceloso del idioma avanzaba veloz hacia las alcantarillas. Yo trataba de guarecerme en un portal, cuando un amigo que pedaleaba en su bicicleta atravesando la cortina líquida, exclamó: “Leí tu poema en el Somos Jóvenes”. La lluvia se deshizo violenta sobre mi espalda. Era solo un rumor entre la música de saberme casi «Inicios» de la revista fue algo ciertamente un poeta. Días después, leer mi texto en la sección fabuloso. En ese mismo número, mi amigo, la voz que estaba detrás de ese poema, el Diablo Ilustrado, comenzaba su prosa habitual citando unos versos de Pessoa (Otro que gustaba de los heterónimos): Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad/ cuando quise quitarme el antifaz/ lo tenía pegado a la cara./ Cuando me lo quité y me miré en el espejo,/ ya había envejecido.

Fue de este modo, como un volcán que se levanta en las cumbres de Los Andes, que decidí agradecer su conducción a través de las escarpadas laderas de la Literatura. El Diablo Ilustrado había impulsado mi vuelo torpe desde las alturas donde él, diablo viejo, planeaba como un cóndor. Los frutos ácidos de la vida, sus mitades desiguales, han estado ya en mis manos… El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo, repite el Diablo con su voz de bajo. Por eso rompo la membrana de las palabras, sabiendo que quien escribe de esa forma no puede abandonarse a una existencia tranquila, solo quien ha vivido intensamente puede despertar en los otros esa sensación como de asir un cuerpo de luz. Detrás de mis libros, los que siguieron a aquel poema inolvidable, detrás de las dos princesitas Liz y Lauren, que me empinan desde su cristalina mirada de mañana, hay alguien que también busca ocultarse, como su maestro, alguien que bien pudiera nombrarse:

EL DIABLO NOVATO

Holguín, invierno del año X, siglo I, milenio III

 

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