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José María Pérez: indoblegable firmeza
Por Ramón
Torres

Entre los líderes sindicales
a quienes se dedicó el desfile del Primero de Mayo
de este año, figura José María Pérez.
(Tomada de www.tvcamaguey.icrt.cu) |
Era el 29 de septiembre de 1911 cuando se
oye el llanto de un niño. Su nombre: José María
Pérez Capote, natural de San Antonio de los Baños,
en la antigua
provincia de La Habana.
Pronto se traslada al barrio de Jacomino de la capital cubana,
y crece mucho: en tamaño y en carácter. Se le
ve haciendo cuentos, chistes y departiendo con muchos amigos.
Tiene, por demás, un alto sentido de la responsabilidad.
A poco, ingresa en la Liga Juvenil Comunista y trabaja como
cobrador en las rutas 16, 17 y 18, ómnibus pertenecientes
a la Terminal de Palatino. Participa en manifestaciones y
huelgas, por lo que es detenido.
Funda en 1935 el Sindicato de Empleados y Obreros del Transporte
de Pasajeros y, dos años más tarde, organiza
la Federación de Trabajadores de la provincia de La
Habana, en la cual se le designa como secretario general.
Junto a Lázaro
Peña, su entrañable amigo, crea también
la Central de Trabajadores de Cuba (CTC).
Más de 15 veces va a prisión, luego del golpe
de estado protagonizado por Fulgencio
Batista en 1952, pues los sicarios temen el prestigio,
arraigo popular y la intransigencia que tiene José
María Pérez.
Quieren que delate a un grupo de compañeros, pero su
obstinada negativa lleva a sus captores a ser más drásticos.
El 20 de noviembre de 1957 lo trasladan al Buró de
Investigaciones, donde es brutalmente torturado. Va con una
pierna enyesada, desprendida la quijada y fracturadas algunas
costillas; sin embargo, no le sacan palabra alguna.
Lo conminan a firmar un documento que compromete a varios
revolucionarios, pero también se calla. Entonces lo
llevan a alta mar, le pasan un alambre por el cuello donde
cuelga un lingote de cemento y terminan lanzándolo
al agua. Sin embargo, nada logra doblegar su firmeza.
Los trabajadores del Transporte lloran a su líder indiscutible;
los esbirros pretenden detener la avalancha; mas, lo inevitable
llega: una Revolución de, por y para los humildes.
José María Pérez
no ha muerto, porque vive en cada una de las conquistas de
su pueblo.
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