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Recordando a Don Emanuele
Por Matilde
Salas Servando

El Caballero de París parece
seguir andando por las calles de La Habana.
(Foto: Archivo) |
La Habana del siglo XX está llena
de personajes legendarios y uno de ellos era un hombre que
se autotitulaba una leyenda que camina.
Dijo llamarse Don Emanuele,
Francisco José, Antonesco María de Jesús,
San Germán, Carlos, Alfonso, Luis, Felipe, Santiago,
Pelayo, Enrique, durante los años que vivió
de un lado a otro, por las céntricas calles de la capital
cubana.
Su apellido, que no es menos largo que su nombre, incluía
los apelativos: López, Llervandik, Grau, Mauraz, Soto,
Méndez de Núñez, Luna de León
y Flandes de Vieja, aunque familiarmente se le conocía
como El Caballero de París, sin que la partida de nacimiento
que daba fe de su existencia hubiera sido expedida precisamente
en la Ciudad Luz.
En el Censo de Población realizado
en Cuba en el año 1970, dijo ser soltero y que su dirección
podía registrarse lo mismo Prado
arriba, que Malecón
abajo, formando parte del conglomerado de habitantes de la
bulliciosa urbe habanera. Vale decir que desde tiempo atrás
se había vuelto, como la añeja ciudad, una leyenda
viva, junto a otros personajes que la Historia también
convirtió en mito.
Así, la fábula lleva de la
mano al Caballero de París en amigable coloquio con
La Marquesa y sus perifollos; Bigote ‘e Gato, el que
según decía el cantante boricua Daniel Santos,
vivía “allá por el Luyanó”,
o Enriquito el Maquinista, que con gran maestría imitaba
los diversos ruidos del tren.
Los más jóvenes residentes
de La Habana actual sólo conocen del Caballero de París
las viejas historias que pasan, como un legado, de una generación
a otra. En fecha reciente apareció su figura retratada
en bronce, en una estatua de tamaño natural que lo
representa como un caminante más de La Habana Vieja.
Se le ve ocupando un sitio en la acera, junto a la entrada
de la Basílica Menor del Convento
de San Francisco de Asís, en la adoquinada calle de los
Oficios, a unos pasos de la Plaza de los Leones.
Para traerlo al presente sólo hay
que mencionarlo, sin entrar en comparaciones con otros caballeros
tan famosos como el de Olmedo o el de la “Triste Figura”,
como llaman al Quijote, creado por Don Miguel de Cervantes
Saavedra.
El Caballero de París siempre iba
cargado de viejas revistas y periódicos, porque en
ellas —decía— había citas históricas,
que eran el mejor manjar con que podía alimentarse.
Se le veía con frecuencia en la céntrica esquina
de las calles 12 y 23, en la barriada del Vedado capitalino,
a unos metros del Cementerio de
Colón.
También frecuentaba la iglesia del
Sagrado Corazón, en la confluencia de las calles Reina
y Belascoaín, donde hallaba reposo y paz para dormir
y entre los transeúntes y feligreses, siempre tenía
asegurado al público, dispuesto a escuchar una fabulada
historia de su vida, que repetía a cualquier hora.
Transcurrieron muchos años de su vida andante por las
calles habaneras, con un traje que se degradó en una
amplia gama de tonalidades oscuras y como apéndice
a su atuendo, una capa negra. Esta nunca dejó de acompañarle,
por igual, en las cálidas tardes tropicales, o en nuestros
benignos inviernos. Completaba su inolvidable estampa una
larga barba gris y su enredada melena, colmada de hilos de
plata, como para proteger los recuerdos de quien quizá
fue alguna vez… un gran señor, allá en
una lejana juventud.
De acuerdo con los años que
decía tener el Caballero de París, ahora se
cumplen ciento seis de la llegada al mundo de esa figura que
sigue presente entre los folletinescos personajes, cuyo recuerdo
dan colorido a la vida habanera.
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