| San
Salvador de La Punta en todo su esplendor
Por Leonardo Depestre Catony

El 23 de abril del 2002 comenzó
para San Salvador de la Punta una nueva etapa.
(Tomado de alai.cigb.edu.cu) |
Esta historia comenzó cuando San
Cristóbal de La Habana era poco más que un villorrio
expuesto al acoso de los piratas y corsarios europeos que
asolaban las aguas del Caribe. Ya existía el antecedente
del saqueo perpetrado por el francés Jacques de Sores
en 1555 y las autoridades de la metrópoli española
no estaban en disposición de pasar otro mal rato.
Tres construcciones militares para la defensa se erigirían
entonces y tal resultaría la importancia de estas que
pasaron a integrar el escudo de la ciudad de La Habana. Nos
referimos a los castillos de La Fuerza, La Punta y el Morro.
Primero se levantó La Fuerza, cuya
construcción se inició en 1558 y finalizó
casi veinte años después. En lo alto de su torre
campanario una figurita en bronce devino posteriormente símbolo
de la ciudad: la Giraldilla.
El desastre de la Armada española
—la supuestamente Invencible que entre los ingleses
y las tempestades se fue completa al fondo— acrecentó
el interés por seguir adelante con las fortificaciones.
En julio de 1587 llegó a la Isla el nuevo gobernador
Juan de Texeda acompañado por un ingeniero militar
italiano proveniente de una familia famosa en estos trajines:
Juan Bautista Antonelli.
El experto revisó las locaciones
seleccionadas, inspeccionó el estado de las defensas,
se marchó y regresó un tiempo después
cargado de lo indispensable: herreros, carpinteros, albañiles,
constructores. Hacia 1590 principiaron las obras de La Punta
y El Morro, uno frente al
otro a la entrada de la bahía. Dirigió además
las de la Zanja Real para el abasto de agua a la ciudad.
La atención prestada por la Corona
a las propuestas constructivas del italiano generó
celos en Texeda y otros funcionarios de la metrópoli,
que prefirió dar un voto de confianza al especialista.
Las obras marcharon con lentitud y no fue hasta 1630 que se
dieron por concluidas las dos fortalezas, completándose
el triángulo defensivo de la capital.
En sus buenos tiempos —hacia mediados
del siglo XVII— una cadena tendida entre el Morro y
la Punta cerraba literalmente la entrada a la bahía
y salvaguardaba a los vecinos contra el acoso de intrusos
que disputaban a España la posesión de la llave
del Nuevo Mundo.
Muchos destinos sufrió la fortaleza
a lo largo de tan dilatado período, hasta que en 1997
la Oficina del
Historiador de la Ciudad asumió su restauración
con el objetivo de devolverle su antiguo esplendor. El 23
de abril del 2002 reabrió sus puertas y comenzó
para el fuerte de San Salvador de la Punta una nueva etapa.
Allí, la historia aflora aun antes
de cruzar el umbral de la fortaleza. El parque que la bordea,
pavimentado con llamativas lozas de cerámica roja,
es un recuerdo del San Antonio, buque español que en
1909 naufragó frente al castillo con un pesado cargamento,
parte del cual, rescatado del pecio, da ahora un toque de
especial distinción al área exterior de la edificación.
Tres salas permanentes y una de exposiciones transitorias
integran el núcleo del museo y desde estas páginas
lo invitamos para que nos acompañe en el recorrido.
La primera de estas salas, la Monográfica,
se localiza donde originalmente estuvo el aljibe de la fortaleza,
cuando las aguas de la Zanja Real todavía no abastecían
a los moradores del castillo. En ella se resumen los cuatro
siglos de existencia de las paredes que nos acogen, donde
se exponen los hallazgos de mayor interés resultantes
del serio trabajo practicado durante dos décadas por
los especialistas del Gabinete de Arqueología.
También en la planta baja abre puertas
la Sala del Tesoro, cuyo nombre lo prepara para cuanto ha
de ver en su interior. Y se nos ocurre pensar que también
pudiera llamarse a ésta la sala de los desvelos, porque
seguramente muchos causó a la Corona española
la pérdida de tan valiosas piezas que nunca llegaron
a engrosar las arcas reales, de por sí nutridas con
los tesoros extraídos del mundo americano.
Se exponen allí tres astrolabios
del siglo XVI recuperados del fondo y restaurados, una cifra
que resulta significativa cuando se conoce que son sólo
alrededor de 65 los que se registran en el mundo.
Cuanto vemos, cuanto brilla a los ojos del
visitante, todo auténtico —monedas y barras de
oro y plata, piedras preciosas, cadenas martilladas e infinidad
de objetos—, permaneció sumergido por decenas
de años, en ocasiones cientos, entre el lodo de los
fondos.
No son menores las expectativas que satisface
la Sala de las Maquetas, en la planta alta. No pretende ser
ésta, en modo alguno, un museo naval pero sí
deviene una excelente muestra de profesionalidad en el difícil
arte del modelismo.
Además, la ocasión se presenta
inmejorable para conocer sobre el importante papel desempeñado
por la ciudad en la construcción naval a partir de
mediados del siglo XVIII, cuando se inauguró el Real
Astillero y Arsenal de La Habana. El sabicú, el chicharrón,
la quiebrahacha, la caoba, el cedro y otras maderas cubanas
a partir de las cuales se construyeron, dieron a aquellos
grandes buques una larga vida, en ocasiones de más
de cuarenta años de servicios.
También se entra allí en contacto
con “los secretos” del llamado Muelle de La Machina,
una obra que se concluyó hacia 1761 y se mantuvo vigente
hasta que la destruyó el huracán de 1853. Su
réplica a pequeña escala, hecha a partir de
madera de la original machina, es una de las piezas más
atractivas de la sala.
Para los habaneros, decir La Punta es hacer referencia a la
amplia zona donde confluyen el Paseo
del Prado y el Malecón.
Como tiene frente a sí al emblemático Castillo
de los Tres Reyes del Morro y de por medio está la
entrada a la bahía, comprenderá el lector que
es éste uno de los más bellos enclaves de la
ciudad.
Palpar sus piedras incólumes
al paso del tiempo es prueba irrefutable, huella viva, del
talento de Juan Bautista Antonelli, su insigne constructor.
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