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El derecho de ser uno mismo
Por IWC
Fotos: Archivo
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“El que imita fracasa”,
anuncia el refranero popular a aquellos que buscan realización
en las acciones de otros. Muy verídico, sobre todo
en estos tiempos, cuando el consabido adagio de “conócete
a ti mismo” parece estar en decadencia.
Calcar a los ídolos del deporte, la música o
el cine se ha convertido para demasiados en la búsqueda
de su propia personalidad, en el pensamiento de que en esa
imitación está encerrado el secreto de la felicidad.
Comer y beber lo que ellos comen; usar sus perfumes, sus estilos,
sus cremas… cual meta cimera a la que debemos aspirar
si queremos ser personas “completas”.
Y no hay nada más alejado de la verdad.
La personalidad y su falta
Según el Diccionario Ilustrado de la Real Academia
Española, personalidad es: “diferencia
individual que constituye a cada persona y la distingue de
otra”.
Muchos medios contribuyen: las revistas de moda, las de las
llamadas celebridades, los flashazos de artistas que llevan
una vida de ensueño, unidos a una pobre educación
del carácter, han construido una cultura de la imitación
donde se lucha por obtener valores ajenos como meta para arribar
a la realización personal.
Cuba no está exenta. A pesar de cuidarnos de propagandas
comerciales, el fenómeno se filtra, se palpa simplemente
en la calle, donde un excesivo mercantilismo de imagen, unido
a la decadencia de valores espirituales, han llevado al predominio
del calco entre numerosos jóvenes y población
en general.
Las modas han dejado de limitarse al ámbito de la apariencia
para calar más profundo, hacia la mismísima
personalidad. Imitación, falsedad, copia: sinónimos
de pobreza de alma, de ideas, en resumen, de vacío
e infelicidad.
Darse cuenta de las actitudes ajenas que asumimos como propias,
es solo el primer paso para acercarse a aquello que en realidad
somos, a la autenticidad de cada cual. Una cualidad que todos
dicen poseer, pero muy pocos ejercen.
| La persona que verdaderamente
tiene carácter no ve obstáculos, sino retos;
domina sus impulsos para ser dueño de su voluntad;
conserva amistades y relaciones por los valores que transmite;
encuentra alegría en lo que hace, sin conformarse
con ser feliz a través de los placeres pasajeros. |
El espíritu
del grupo
“Imagínate, tengo que hacerlo porque formo parte
del grupo”, me dice un joven que conozco del barrio
y sé que no le gusta la bebida, pero cuando se “junta”
con sus amigos, aparenta que bebe.
El grupo siempre se caracterizó por la unión
de personas que compartían una serie de gustos o puntos
en común, pero conservaba cada cual su individualidad.
Ahora, al parecer, la simbiosis ha ido más allá,
para convertirlos a todos en una mezcla de uno, en la apariencia
de lo que son o pretenden ser, y solo al que acate la norma
le está permitida su entrada.
Otra muchacha, que pidió conservar el anonimato, llevaba
una prenda de color rosado escandaloso. Cuando le pregunté
por qué usaba una tonalidad que afirmaba no soportar,
contestó: “Todas nos compramos una, si no me
la pongo qué van a pensar…”
Cierto que para ser parte de un conjunto se necesita tener
puntos de contacto, lo cual no significa que se sacrifiquen
las características individuales para parecerse a alguien.
Lamentablemente, es el triunfo de la mascarada, del baile
de las sombras, por encima del valor del ser, de su carácter
y autenticidad.
Milay Montero, médico especialista en Medicina General
Integral, dice estar asombrada por la falta de personalidad
que existe actualmente, pues “aunque no se puede negar
que hay gente con personalidad, una gran mayoría carece
de ella y se dedica a imitar a otras personas que en muchas
ocasiones no tienen ningún valor”.
Se reproduce a cantantes que no cantan, se calcan formas de
vestir de personas que carecen de elegancia, se remeda la
forma de hablar de seres faltos de verbo y pobres de vocabulario…
Hay demasiadas personas descontentas consigo mismas que, en
lugar de superarse, encontrarse, decantan por la vía
fácil, aquella de ser lo que no son, con la esperanza
de hallar en la felicidad de otros vestigios de la propia.

La imitación de ciertos cánones
de
belleza puede conducir a desórdenes de salud. |
Di que sí
cuando quieres decirlo
Hay más valor en aquel que se niega a hacer lo que
no desea, que entre quienes duplican el sentir de los demás
para “no desentonar”.
De la “inconsciencia” grupal proviene la mayoría
de las indisciplinas sociales. La falta de carácter
para asumir un comportamiento independientemente del colectivo,
basándose en consideraciones propias o percepción
de lo correcto, prolifera.
Muchos acatan y pocos deciden realmente. No es imponerse,
es ser consecuente con uno mismo. El criterio, la autenticidad
en nuestras acciones, son el principal motor de la personalidad
de cada quien.
Hacer realmente lo que se quiere o se piensa, en la medida
de no perjudicar a otros, es vital para una vida en comunión
social. Negarse a hacer lo mal hecho, o a asumirlo porque
“los demás lo hacen”, es una muestra amplia
de valor y criterio, mucho más vasta que todas aquellas
realizadas y aparentemente riesgosas que afectan a todos los
que habitamos en un mismo sitio.
Decir que sí cuando “realmente” se quiere
es el primer paso para ser auténtico, el único
y verdadero valor de cada cual para uno mismo y ante los otros.
“Desde
el comienzo del mundo nunca ha existido otro con mi
mente, mi corazón, mis ojos, mis oídos,
mis manos… Nadie ha podido, ni puede ni podrá
caminar, moverse y pensar exactamente como yo…
Soy una criatura única… Proclamaré
mi singularidad ante el mundo. No haré más
intentos vanos de imitar a otros. Comenzaré ahora
a acentuar mis diferencias, a ocultar mis similitudes…
Soy un ser único en la naturaleza. Soy una cosa
rara, por lo tanto, soy de valor…”
Og
Mandino (psicólogo y sociólogo
estadounidense) |
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Personalidad y temperamento
Muchas personas entienden por “tener carácter”
el ser duro, insensible e intransigente. Es una mala interpretación
del concepto en sí.
La personalidad y el carácter definen cómo es
una persona. Engloban el conjunto de sus actitudes, sus reacciones,
su forma de ser, de pensar, de opinar. Todos poseemos una
personalidad que puede ser más débil, susceptible
o sensible; y también puede ser fuerte, indiferente
o resistente.
Cuando se habla de “tener personalidad” nos referimos
a tener una forma de ser diferente a la común. El tener
carácter implica una decisión firme y una férrea
voluntad para proponernos objetivos y alcanzarlos en la medida
de nuestras posibilidades; el cultivo de los buenos hábitos,
la actitud positiva hacia el trabajo y el esfuerzo por dominar
nuestros impulsos y egoísmo.
El transformar la imagen de una personalidad emprendedora,
llena de energía, de fuerza y vitalidad, en una forma
de ser propia y natural, siempre resulta algo atractivo. Con
cierta facilidad podríamos definir si una persona tiene
carácter o no, en dependencia de las actitudes que
consideramos como positivas, o en su defecto, su falta de
firmeza.
El individuo con “carácter” tiene retos
constantes, no respecto a los demás, sino para consigo
mismo. Cada desafío personal es una manera de forjar
un carácter recio, firme y decidido, incapaz de detenerse
ante los obstáculos, de lamentarse por el cansancio
o cuando las cosas salen mal.
Desechar la tentación de “cultivar una imagen
artificial”, mostrarse con naturalidad y sinceridad,
con virtudes y defectos, son solo algunas de las características
que hacen notar las verdaderas personas con determinación
propia. Son esos los que llegan a casa y no necesitan colgar
el traje de la apariencia en su armario.

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Personas y personajes:
dos caras de una moneda
La cautivante actitud de aparentar ser inmune, despreocupado,
elegido por la suerte y feliz, hace que muchos se queden atrapados
en ese juego de roles que deforma la percepción de
quiénes somos en realidad.
Hay multitud con apariencia “clásica”,
incluso exitosa. Entonces, ¿qué tienen de malo?
Primero, y principalmente, que eso que intentas ser no eres
tú, es una figura creada por ti para relacionarte con
la gente y que, en primera instancia, funciona de maravillas.
Así puedes tener “más amistades”,
pero ¿lo son verdaderamente cuando en realidad solo
conocen tu máscara?
Ser original te permite mostrarte tal cual eres. Solo siendo
así podrás ganar nuevos amigos; tal vez no muchos,
pero serán de verdad.
Lo mismo se aplica a las relaciones. Generar falsas expectativas
solo provoca vínculos insípidos, de ignorancia
y superficialidad, que desembocan en silencios incómodos,
discusiones constantes.
Cuando montas un personaje ilusorio, creas un puente de incomunicación
con tu pareja, estimulas situaciones incómodas que
harán de tus relaciones algo tan superficial como tu
propia invención exitosa, que tarde o temprano se desmoronará.
Un anhelo humano
Conocerse es una vieja aspiración humana. Pero no es
tan fácil, pues frecuentemente nos faltan autoexamen
y perspectiva y, además, solemos cambiar con el tiempo,
tras lo cual descubrimos nuevas facetas de nuestra forma de
ser.
Sin embargo, debemos procurar conocernos cada vez mejor para
ganar en virtudes, para mejorarnos nosotros mismos.
¿Qué significa conocerse?
Significa saber sobre los rasgos principales de nuestro temperamento,
nuestras aptitudes y limitaciones, nuestras virtudes y defectos,
nuestros puntos débiles y nuestros puntos fuertes,
sin falsas valoraciones y aprendiendo de los errores.
Significa ser conscientes de la experiencia que poseemos,
saber cuáles nos faltan por adquirir, reflexionar sobre
los medios de que debemos disponer para conseguirlas.
Significa comprender e interpretar bien
nuestros sentimientos y los de los demás en cada momento,
buscando siempre el necesario equilibrio entre nuestro ser
y el entorno.
Sin lugar a duda, conocerse ayuda a encontrar el necesario
equilibrio entre la razón y la afectividad, cultivando
la libertad y la responsabilidad de ser quienes en realidad
somos. Ese ser que habita en cada uno de nosotros y que, de
tantas máscaras disponibles y usadas durante tanto
tiempo, termina siendo el fantasma que se asoma cuando te
miras al espejo.
Cultivar
la sencillez interior y exterior
La sencillez interior no es simplismo, sino ausencia de
complicación, de esa complicación interior
que suele proceder de darles vueltas a los problemas.
Para cultivarla hay que esforzarse por quitar tensiones.
“No llevarse los problemas a casa”: dejar
cada problema en su sitio. Saber qué pensamientos
nos convienen y cuáles no.
La sencillez exterior nace de la coherencia entre nuestra
forma de pensar y de actuar. |
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