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Quintín Bandera: el más viejo general de las
tres guerras
Por Ramón
Torres

El cadáver del General Quintín
Bandera fue llevado al Cementerio de Colón dentro
de una tosca caja de madera, en un carromato de cargar
y vender carbón.
(Tomada de www.cubaperiodistas.cu) |
Entraba la segunda quincena de agosto de
1906, cuando el general José Quintino Bandera (Quintín),
el patriota de las tres guerras, se disponía a dar
su última carga, su cuarta guerrita, porque ya no tenía
opción ante un gobierno vendido a los americanos.
Su experiencia militar le aconsejó actuar rápido,
así que asaltó el tren Habana-Guanajay, requisó
armas y víveres en los poblados habaneros de El Cano,
Wajay y Arroyo Arenas, y combatió a la Guardia Rural
en El Garro, cerca de la laguna de Ariguanabo.
Vencido por fuerzas muy superiores, permaneció escondido
en la finca de su amigo Silveira, y desde allí le escribió
al presidente de la República pidiéndole un
salvoconducto para salir al extranjero. Sin embargo, en vez
de eso, Don Tomás Estrada Palma
quiso dar un “escarmiento”: envió una tropa
mercenaria para que baleara y macheteara a Quintín.
Así murió el general, aquel 23 de agosto.
Había nacido el 30 de octubre de 1834 y, aunque su
infancia transcurrió en la villa de El Cobre, solía
visitar —todavía casi niño— la ciudad
de Santiago
de Cuba, donde se ocultó en las bodegas de un buque
con el objetivo de recorrer el mundo.
Después, fue de los primeros en lanzarse a la manigua,
cuando el Grito de Yara en 1868.
Luego del Pacto
del Zanjón volvió a la carga por segunda ocasión,
durante la Guerra Chiquita.
Traicionado tras un pacto forzoso, lo llevaron hacia las prisiones
de España en Cádiz y Mahón, junto a otros
patriotas como Guillermón
Moncada, Emiliano Crombet y Pío Acosta.
Sin embargo, de vuelta a Cuba no dudó en incorporarse
nuevamente a la Guerra Necesaria organizada por Martí
en 1895; pero la intervención estadounidense en el
conflicto solo trajo a la Isla una paz sin libertad.
Su condición de pobre, humilde y negro le impidió
a Quintín ocupar cargos públicos en la República.
Mas, desprovisto de cualquier vanidad que empañara
sus bien ganadas estrellas de general, aceptó trabajar
como recogedor de basura y repartidor de jabones; en cambio,
la ganancia no alcanzaba para mantener a su numerosa prole.
Agobiado por las extremas necesidades económicas, había
ido Bandera a encontrarse con el presidente Estrada Palma,
a quien conocía desde los años duros de la contienda.
Quería conseguir un trabajo digno, no de muy alto vuelo,
pero sí algo que le permitiera el sustento de esos
seis niños que debía mantener. Pero el presidente
—quizá ignorando el dolor del combatiente, tal
vez evitando los rasgos que delataban al negro despreciado—,
tuvo un gesto humillante: le ofreció cinco pesos como
dádiva.
Y el general los rechazó. Desde entonces se agudizaron
los recelos.
Vencieron la envidia, la traición y el servilismo.
Bandera quiso retomar las ideas preconizadas por Martí
en el Partido Revolucionario
Cubano, el mismo que recibió Estrada Palma de manos
del Apóstol cuando este decidió viajar a Cuba
para sacudirse del yugo español. Pero la “amnesia”
del presidente de la República era tal que solo se
le ocurrió ordenar una matanza impía contra
el más viejo general que había combatido en
las tres guerras.
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