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Un héroe acreedor de confianza
Por Matilde
Salas Servando

Henry Reeve, el Inglesito.
(Ilustración: Archivo) |
Al iniciarse la segunda mitad del siglo
XIX, nació en el territorio neoyorquino de Brooklyn,
Henry Earl Reeve. Encabezaba la familia su padre, un ministro
presbiteriano reconocido entre sus coterráneos por
ser un hombre ilustrado caritativo y respetable.
Con clara inteligencia, el
joven Henry se desempeñaba como un próspero
comerciante y tenedor de libros, cuando supo que un puñado
de cubanos independentistas exigía la libertad del
yugo hispano. Entonces surgió en su mente una corriente
de simpatía por los patriotas antillanos.
Cuando se determinó la partida no
compartió la noticia con los amigos cercanos ni con
la familia, sino que cerró las responsabilidades comerciales
a su cargo, y se marchó decidido a servir junto a quienes
luchaban por la libertad de Cuba.
La ola solidaria de los jóvenes revolucionarios
norteamericanos tuvo en Henry uno de sus más altos
exponentes, pues el intrépido combatiente, conocido
como el Inglesito, se unió a quienes luchaban sin pedir
paga, exponiendo su vida a cada momento. En mayo de 1869,
con sólo 18 años y sin saber hablar una sola
palabra de español, desembarcó por Holguín,
al norte de la zona oriental de Cuba, como parte de la expedición
del vapor Perrit.
Durante el combate efectuado en el lugar
conocido como Cuevas, tuvo su bautismo de fuego, que se convirtió
en una triste derrota. Fue dejado por muerto en el campo de
batalla y considerado por su jefe, el general Jordán,
como un soldado “inepto e inservible”.
A pesar de esos hechos, el general mambí
Fernando Figueredo lo animó a unirse a las filas del
Mayor General Ignacio Agramonte,
quien le dio un lugar en la caballería camagüeyana
y por su extraordinario valor le propuso con estas palabras
para el grado de teniente coronel: “Y no extrañe
el gobierno que se sucedan casi sin interrupción las
propuestas de este digno jefe para coronel y brigadier. Necesito
un segundo, y desgraciadamente, entre los muchos jefes en
el departamento a mi mando no encuentro otro que reúna
las aptitudes indispensables que concurren en este jefe para
secundarme. El comandante Reeve se hace acreedor de toda mi
confianza”.
A pesar de que las múltiples heridas
recibidas en la guerra le inutilizaron una pierna, no dejaba
de combatir, por lo que asistió al combate de Las Guásimas,
donde se convirtió en el héroe indiscutible,
por el derroche de coraje, bravura y entusiasmo que mantuvo
desde la primera fila.
El homenaje a este coloso de la independencia
cubana se inscribió en la lápida que recuerda
su caída en combate, y dice: “Herido diez veces
en la Guerra Grande, murió
combatiendo en Yaguaramas, el 4 de agosto de 1876. Nunca hubo
un extranjero que luchase con mayo heroísmo y abnegación
por la libertad del pueblo de Cuba”.
Como merecido tributo a su memoria y a su
espíritu internacionalista, el abnegado contingente
de médicos cubanos que brinda sus servicios en lugares
tan distantes de la geografía caribeña como
Paquistán e Indonesia lleva el nombre de Henry Reeve.
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