| ¡Nunca
más!
Por Teresa
Torres

La Humanidad debe seguir luchando
para que esta terrible imagen no se repita jamás.
(Foto: Archivo) |
Hiroshima, 8:15 AM, 6 de agosto de 1945.
El bombardero B-29, “Enola Gay”, al mando del
piloto Paul W. Tibblets, cubrió a la ciudad japonesa
con una bomba atómica cuyo núcleo de uranio
enriquecido encerraba una fuerza explosiva de unas 12 500
toneladas de TNT.
En un instante la urbe quedó
bajo una enorme bola de fuego que fundió la arcilla,
derritió los vehículos y desintegró zonas
enteras. Todo un desolador panorama: cientos de personas volatizadas;
los hombres exhibían las gorras fundidas al cabello;
las mujeres, kimonos adheridos a su piel; y los niños,
calcetines pegados a sus piernas quemadas.
Washington justificó el horrendo
crimen como una acción meramente militar. Sin embargo,
más allá del pretexto de derrotar a Japón
y poner fin a la guerra —inminente sin necesidad de
este genocidio—, su propósito era atemorizar
al resto de la humanidad.
La explosión sobre Hiroshima no condujo
a la rendición inmediata de Japón, como esperaban
los norteamericanos. El alto mando japonés consideró
que Estados Unidos solo tenía una bomba atómica
y se mantuvo en armas. Los estadounidenses para demostrar
su poderío arrojaron una segunda bomba. Así,
el horrendo espectáculo de la aniquilación nuclear
se repitió en Nagasaki, tres días después,
a las 11:02 AM.
Una bomba de plutonio, con capacidad para
liberar el doble de energía que la de uranio, cayó
sobre la ciudad, situada en Kyushu, una de las islas menores
de Japón. Cinco días después los japoneses
se rindieron ante las fuerzas aliadas, y con ello concluyó
la II Guerra Mundial, que comenzó en 1939.
A consecuencia de estos atroces experimentos en tecnología
nuclear a finales de 1945 había 145 000 muertos en
Hiroshima y otros 75 000 en Nagasaki. Decenas de miles más
sufrieron graves lesiones; hoy día, la generación
de supervivientes —autodenominada hibakusha—
está cada vez más cerca de desaparecer.
Nadie puede devolverles a ellos lo
que perdieron, ni tampoco esas ciudades resucitarán,
pero sí podemos aprender de su experiencia y acercarnos
a su deseo colectivo de que ¡Nunca más! el ser
humano recurra a las armas nucleares. Hoy nos enfrentamos
a la posibilidad de nuestra extinción como especie.
Según el existencialista francés Albert Camus,
tarde o temprano, tendremos que elegir entre el suicidio colectivo
y el uso inteligente de nuestras conquistas científicas.
La paz es la única batalla digna de lidiar.
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