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De mi Cuba te cuento


Raúl Roa, el Canciller de la Dignidad

Por Matilde Salas Servando

 

Raúl Roa García.
Roa definió su participación en la trinchera internacional como un retorno a la alborada.
(Foto: Archivo)

La capital cubana fue la cuna de Raúl Roa García, nacido en el seno de una familia de amplia tradición revolucionaria. A los 16 años estaba a punto de finalizar el bachillerato. De esa época recordaba que “era larguirucho, flaco, intranquilo, ojigrande, orejudo, ojillos soñadores con relumbres de ardilla, a veces melancólico, jocundo casi siempre, lenguaraz a toda hora”.

Alumno de las carreras de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana durante la década de los años 20 del siglo pasado, disfrutaba a plenitud filmes como “El chicuelo” y “La quimera del oro”, de Charles Chaplin, tan de moda por entonces.

Participante activos contra los males sembrados en el país por la dictadura de Gerardo Machado, declaró años después, cuando era ministro de Relaciones Exteriores de Cuba: “Descubrí que era revolucionario el día que me sentí disconforme con el mundo restante y anhelé uno más justo y bello: (Julio Antonio) Mella contribuyó decisivamente y acaso también el sedimento inconsciente de mi progenie mambí, a la sombra iluminada de mi abuelo, Ramón Roa”.

A este veterano lo retrató en unas pocas líneas cuando dijo: “Fue un mambí de pluma y machete. Nació rico, peleó por la independencia de Cuba y murió pobre. Era un hombre del 68”. Con estas palabras bastaba para medir la talla de un héroe de las guerras independentistas cubanas.

Raúl Roa, el heredero de aquella estirpe revolucionaria, fue fundador del Directorio Estudiantil Universitario en 1930, y poco después se incorporó al Ala Izquierda Estudiantil, que como él decía, “aspiraba a ser la vanguardia revolucionaria de los estudiantes medios y pobres”.

Este eterno batallador a favor de las causas justas, definió su participación en la trinchera internacional desde su puesto de ministro de Relaciones Exteriores como un retorno a la alborada, iniciada en aquellos años juveniles que transcurrieron en la tercera década del siglo veinte.

Su posición de revolucionario vertical, su palabra precisa y su permanente batallar le hicieron acreedor de ese título de Canciller de la Dignidad, que lo acompañó hasta el 6 de julio de 1982 cuando, con su deceso, comenzó el reposo de su pluma, pero no el de sus ideas, que mantienen toda su frescura y vigencia.




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