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Tomás Romay
Tomás José Domingo Rafael del Rosario Romay
y Chacón nació en la calle Empedrado No. 71
entre Compostela y Habana (donde actualmente está ubicado
el edificio "Cuba" con la numeración 360)
en La Habana Vieja. Fue el primero de los 18 hijos que nacieron
del matrimonio constituido por Lorenzo Romay y María
de los Ángeles Chacón. El pequeño Tomás
recibió la primera educación de parte de su
tío paterno Fray Pedro de Santa María Romay,
del Convento de los Reverendos Predicadores, quien había
visto en él tempranas manifestaciones de perspicaz
agudeza e inteligencia y por ello lo llevó a su lado
con el fin de impartirle la enseñanza primaria.
Luego de cursar Latinidad y Filosofía en el Convento
de los Predicadores con el lector de Elocuencia Fray Francisco
Pérez, el de Artes Fray José María de
Rivas y los catedráticos de Texto Aristotélico
Don Nicolás Calvo y Don Ignacio O'Farril, se graduó
de Bachiller en Artes el 24 de marzo de 1783. Tras obtener
este título comenzó los estudios de Jurisprudencia
en el Seminario de San Carlos, los cuales pronto abandonó
convencido de que, como le había argumentado su tío
Fray Pedro "el abogado estaba expuesto a mayor responsabilidad
de conciencia".
A pesar de que en su época la profesión de médico
era considerada propia de la "gente baja" y no era
entonces estimada en la colonia, donde la cultura de los médicos
se hacía notar por su extraordinaria deficiencia, fue
Tomás uno de los pocos jóvenes que obedeció
más a los impulsos de su vocación que a los
convencionalismos sociales y escogió por su propia
cuenta la carrera de Medicina, de la que obtuvo el título
de Bachiller en 1789.
En los tiempos de Romay, la condición de Bachiller
en Medicina no autorizaba a ejercer la profesión. Para
ello se requería hacer un postgraduado de dos años
de práctica con un médico experimentado. Por
eso, tras su graduación, hizo el joven los dos años
de práctica reglamentarios junto con el doctor Manuel
Sacramento para presentarse a examen ante el Real Tribunal
del Protomedicato. En dicho acto, los doctores Julián
Recio de Oquendo y Matías Cantos le admitieron al "uso
y ejercicio de la Medicina" y le concedieron "licencia
para ejercerla, enseñarla y hacer todo lo demás
que deben los maestros examinadores". El hecho, ocurrido
el 12 de septiembre de 1791, convirtió a Romay en el
trigésimo tercer graduado de Medicina en Cuba.
Ese mismo año 1791 se presentó como aspirante
a la cátedra de Patología en la Real y Pontificia
Universidad de La Habana, con una tesis sobre contagio de
la tisis, la cual logró por oposición el 6 de
diciembre. A título de catedrático obtuvo los
títulos de Licenciado y Doctor en Medicina el 24 de
diciembre de 1791 y el 24 de junio de 1792, respectivamente.
En relación con su desempeño como catedrático,
su biógrafo, el doctor López Sánchez,
escribió que Romay "se limitó en su cátedra
a tratar acerca de las lesiones, a indagar los síntomas
y a enseñar a inquirirlos, con lo que le imprimió
a su asignatura una importancia extraordinariamente superior
a lo que correspondía en el pausado movimiento de aquellas
horas". También en alusión a la actuación
de Romay en la cátedra de Patología, expresó
Villaverde que "comenzó sus lecciones con un gesto
de valentía, pues se alejó de Avicena y de Galeno.
Romay abrió una época, que con justicia se podría
llamar la del inicio de la Medicina cubana".
Mientras cumplía los dos años de práctica
médica con el doctor Sacramento, fundó en 1790
con el Gobernador Don Luis de Las Casas el Papel Periódico
de la Havana, primera publicación periódica
cubana de la que fue su primer redactor y director y cuya
larga vida se extendió hasta 1848. El 17 de enero de
1793 ingresó en calidad de socio numerario en la Sociedad
Patriótica de Amigos del País, organización
de la que también fue cofundador con Las Casas. Por
espacio de 50 años desempeñó la tarea
humanitaria de su profesión en la Real Casa de Beneficencia,
que también fundaran ambos por entonces.
El 4 de enero de 1796 contrajo matrimonio con Mariana González,
con la que tuvo a sus hijos Pedro María, Juan José,
José de Jesús, María de los Ángeles,
Micaela y Mariana.
Con motivo de llegar al puerto habanero la escuadra al mando
del General Aristizábal, con una tripulación
que venía infectada de fiebre amarilla, e impulsado
sólo por su amor a la ciencia y a la humanidad, dedicó
Romay todas sus fuerzas a luchar contra la epidemia. Como
resultado de sus observaciones al respecto, confeccionó
y presentó en la Sociedad Patriótica en abril
de 1797 la memoria titulada “Disertación sobre
la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro,
enfermedad epidémica de las Indias Occidentales”,
la cual se convirtió en la monografía que inauguró
la bibliografía científica cubana e hizo a su
ilustre autor merecedor del honor de ser nombrado Socio Corresponsal
de la Real Academia Matritense.
La hazaña que inmortalizó su nombre fue haber
introducido y propagado la vacuna en Cuba a partir de febrero
de 1804, luego de estudiar la información que obtenía
acerca del descubrimiento de Edward Jenner en Europa, abandonar
las comodidades del hogar para marchar al interior de la isla
en busca de ansiado virus y de arriesgar la vida de sus hijos,
a quienes utilizó como sujetos de prueba para vencer
los temores, dudas y vacilaciones respecto a su efectividad.
La inspiración de este aporte fue la existencia de
una epidemia de viruela, iniciada en diciembre de 1803, que
causó serios daños en enero de 1804 y amenazaba
con extenderse a la llegada del verano; así como el
conocimiento de que demoraría en arribar a La Habana
la expedición enviada al Nuevo Mundo por el rey Carlos
IV al mando de Francisco Xavier de Balmis, la cual traía
consigo el virus salvador. Cuando el 26 de mayo llegó
esa expedición al puerto habanero, ya se había
propagado la vacuna por toda la isla gracias a Romay, quien
la estaba aplicando con éxito desde el 12 de febrero.
Después de esto, se consagró durante más
de tres décadas a la vacunación antivariólica.
En 1833 se produjo en Cuba la tan temida aparición
del cólera, luego de causar terribles estragos en Asia
y Europa. Esa epidemia, que produjo en un solo día
435 defunciones en La Habana y llevó a la muerte a
una de sus hijas, fue también motivo de su dedicación.
A pesar de sus entonces 69 años de edad, estuvo en
primera línea en la lucha contra ella.
Romay, a quien por sus acciones de prevención de enfermedades
y de promoción de la salud se considera el primer higienista
cubano, fue hombre de carácter firme, estudioso, investigador,
audaz, persistente, trabajador, honesto y valiente, cumplidor
de su deber y eficiente servidor de la sociedad. Se le acredita
una contribución considerable al progreso de la cultura
cubana, especialmente en Medicina, Química, Botánica,
Higiene y educación en general. Introdujo una visión
científica de los problemas de la Medicina y combatió
el escolasticismo imperante en su época.
Sostuvo y defendió el criterio
filosófico de que las posibilidades cognoscitivas del
hombre no nacen limitadas, pues éste está dotado
de las facultades necesarias para desentrañar con éxito
los secretos recónditos de la naturaleza. Esta es una
tesis muy importante y contrastante con el criterio preconizado
por la filosofía predominante en su tiempo, que subestimaba
la capacidad cognoscitiva del ser humano.
Falleció víctima de cáncer, a las 2:30
de la madrugada del 30 de marzo de 1849, en su domicilio de
la calle Obispo No. 16 en La Habana Vieja. En el acto de darle
sepultura, el doctor Nicolás José Gutiérrez,
legítimo heredero de su pensamiento filosófico,
dijo que "entre los hijos de este suelo que han servido
con gloria a las ciencias, ilustrando al país y honrando
a la humanidad, el Dr. Tomás Romay es sin disputa uno
de los más beneméritos".
Por su parte, el doctor Manuel Costales afirmó que
Romay "era capaz de renunciar a todo antes de empeñar
la dignidad científica". El doctor Ramón
Zambrana destacó que "Romay fue grande porque
su inteligencia, su saber y su corazón se emplearon
siempre en el bien de sus semejantes y en el engrandecimiento
y la gloria de su patria". Y el doctor Vicente A. de
Castro, quien lo consideró el Hipócrates habanero,
le reconoció en su última morada: "ni desoíste
al necesitado, ni adulaste al poderoso".
Al momento de su deceso, Romay ostentaba entre sus muchos
títulos y distinciones los de Miembro Corresponsal
de la Real Academia de Medicina de Madrid, Médico de
la Real Cámara, Catedrático de Clínica
de la Real Universidad, Presidente e Individuo de Mérito
de la Sociedad Económica de Amigos del País,
Miembro de la Comisión de Vacuna de París y
de las Sociedades Médicas de Burdeos y Nueva Orléans
y Caballero Comendador de Isabel la Católica.
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