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La revolución desde la palabra
Carlos Marx es, sin lugar a duda, una de las figuras
prominentes en el campo de la filosofía. Sus textos
inflamaron, y aún inflaman, el pecho de los que sueñan
con un mundo más justo.
Por IWC
Fotos: Archivo

Carlos Marx. |
Carlos Marx
trazó una línea entre la filosofía anterior
y posterior a él. Se sentía reacio a pregonar
y profundizar en una explicación de la vida y sus fenómenos
de forma especulativa o teórica, en fin, desvinculada
de la realidad, como habían hecho sus predecesores
más ilustres.
Él no pretendía construir
otro sistema o escuela filosófica que le diese renombre;
su objetivo era alejarse de lo figurativo y transformar la
realidad, su filosofía fue la de la praxis social.
Escribió incansablemente,
y cada texto suyo es una incitación a la revolución.
Tanto su obra insigne, “El capital”, como el resto
de sus tratados, hicieron de este hombre uno de los filósofos
más leídos e interpretados de todos los tiempos.
Amado por unos, odiado por otros, desde
ambos lados de las clases sociales su nombre resuena como
un grito de lucha.
Marx y su fuente
El pensamiento revolucionario de Marx también tuvo
sus antecedentes. Dos de sus
coterráneos nutrieron su ideario. De Hegel tomó
el método dialéctico y de Feuerbach heredó
el materialismo; de ahí que su filosofía recibiera
el nombre de “materialismo dialéctico”.
Fue el primero en dar una base científica
al socialismo y, por lo tanto, a todo el movimiento obrero
hasta nuestros días.
Había nacido en 1818 en Tréveris,
una localidad alemana, y desde pequeño estuvo inclinado
al estudio de los ideales, tanto es así que los textos
publicados mientras estudiaba jurisprudencia en Bonn y Berlín
comenzaron a impactar a la comunidad académica, que
comentaba estar en presencia de un nuevo genio de la filosofía.
Sus artículos eran mordaces y certeros.
Su verbo afilado hizo que le considerasen la cabeza del Reinische
Zeitung (Periódico del Rin para cuestiones de política,
comercio e industria), publicado bajo una férrea censura,
pero sin que pudieran acallar sus Protestas. De cualquier
forma, conseguía eludir a los examinadores, a quienes,
según narra el propio Marx, “se empezaba echándole
cebo sin importancia para que lo tachase, hasta que cedía
por sí mismo o se veía obligado a hacerlo bajo
la amenaza de que al día siguiente no saldría
el periódico”.
Así pasaron innumerables censores
en esta primera etapa periodística del joven Marx;
luego le impusieron doble censura gubernamental, pero no bastaba:
con picardía conseguía eludir a sus domesticadores,
y al día siguiente la crítica estaba presente
en
las calles. Por eso, el gobierno declaró irremediable
al diario y prohibió sin explicación alguna
su tirada y circulación.
Carlos Marx comenzaba así el primero
de sus innumerables encontronazos con la clase burguesa y
sus medios capitalistas de dominación.
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