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Amores que asfixian
Por Isabelle
Fotos: Wildy
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Amanda es una “niña”
que intenta crecer. A sus 16 años ni las fiestas nocturnas,
la playa o los campismos lejos de la custodia de los mayores
forman parte de sus recuerdos, simplemente porque la familia
no cree que tenga edad para ello.
Esta (sub)valoración colectiva rige todos los pasos
de su vida. Las visitas de sus pocos amigos, por ejemplo,
son objeto de una constante censura pues “hay que tener
mucho cuidado con las amistades”.
¡Qué decir de los intentos por incursionar en
la cocina o por hacer cambios en la decoración de la
casa! Un “vete para allá, tú no sabes
hacer eso”, es la expresión acompañante
para cualquier intento. Sin duda, una frase tan repetida ha
hecho mella en su autoestima.
Quizá por ello evita aventurarse por nuevos caminos.
Ante algún cuestionamiento en los contactos con los
demás suele mostrarse tímida, recelosa, y si
el contexto exige más de ella, clama por una tabla
de salvamento preguntándose: “¿Dónde
está mamá?”.
Yo viviré por ti
En los primeros años de vida, los seres humanos dependen
de los cuidados de los mayores para su supervivencia. A medida
que fortalecen el cuerpo y desarrollan potencialidades se
vuelven cada vez más independientes. Es entonces cuando
aparece el principal reto para los padres: aceptar el crecimiento
de los hijos.
Un acontecimiento tan antiguo e inevitable pudiera parecer
cosa fácil pero, en ocasiones y por múltiples
causas, este hecho se diluye en la voluntad de los progenitores.
| Según refiere
la doctora Joviana Castro Valiente, si en la familia no
ocurre una oportuna intervención, los padres suelen
quejarse, cuando el hijo crece, de que no satisface las
expectativas y es incapaz de tomar decisiones sin consulta
previa, muchas veces sin darse cuenta de que nunca lo
enseñaron. |
Así, el paso de una
etapa a otra puede convertirse para el niño o niña
en un proceso lento, angustiante y, a veces, inalcanzable,
porque los padres son incapaces de visualizarlo desdibujando
los límites entre el cuidado y la sobreprotección.
Zoila, por ejemplo, se crió en un hogar funcional,
donde todo y todos están en su lugar y saben cuál
es. Desde muy chica soñó con la maternidad y
ya de adulta el sueño se materializó, pero más
de 20 años de angustiosa espera moldearon sus actuales
recelos y una actitud aprehensiva y sobreprotectora con “su”
Amanda.
Según la doctora Joviana Castro Valiente, especialista
en Psiquiatría Infanto-juvenil, “la sobreprotección
es un exceso de afecto prodigado por uno o ambos progenitores,
u otro familiar cercano, que en numerosas ocasiones impide
o retarda el adecuado desarrollo físico y psicológico
del niño/a”.
Las expresiones de tan asfixiante comportamiento son variadas."Se
manifiesta
—continúa la especialista— casi siempre
desde la etapa lactante, cuando la madre tiende a sobrealimentar
al pequeño, vigila su sueño y aun cuando está
contento y tranquilo, lo carga y juega con él.
“Ya en otras etapas de la vida se caracteriza por una
ausencia de límites y la tolerancia excesiva dentro
del hogar. Casi nunca se les permite jugar afuera por miedo
a que se dañen y lastimen, incluso continúan
bañándolos, alimentándolos, aun cuando
pueden hacerlo por sí mismos”.
Pero lo más lacerante, según refieren varios
estudios del tema, es que les impiden tomar decisiones para
evitarles las consecuencias de sus actos. De tal suerte, los
sobreprotegidos no suelen esforzarse, porque aprenden que
otros pueden hacerlo por ellos.
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