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Jóvenes vs. Adultos
Negociación “al
extremo”
Por Mongui
Fotos: Archivo

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Cuando uno es adolescente,
suele considerar al adulto un pertinaz dictador, entrometido
y abusador de poder, solo porque en él recae nuestra
educación.
Cuando uno es mayor cree que la juventud constituye un mal
necesario, relativamente duradero, que solo curan los años.
Pondera, sin lugar a duda, una percepción equidistante,
resultado del enfrentamiento generacional.
Sin embargo, el conflicto bien puede disminuir, si ambos lados
se respetan y aprenden a negociar.
Los adultos
A menudo nuestros mayores piensan de forma categórica
que “la juventud está perdida”, debido
al criterio generalizado de que son irreverentes, irresolutos
y desprendidos.
De ahí que muchos adultos tiendan a reprender en unos
casos, sobreproteger en otros a sus vástagos, olvidando
que ya es hora de permitirles volar con sus propias alas.
Lo anterior no significa dejarlos desprotegidos, pues adolescentes
y jóvenes necesitan por igual de orientación,
comprensión y un adecuado paradigma a seguir.
Los adolescentes y jóvenes
Se ha comprobado científicamente que durante la etapa
adolescente-juvenil, ciertas combinaciones físico-químicas
hacen disparar con mayor frecuencia diversas áreas
cerebrales, lo cual les permite asumir reiteradamente actitudes
riesgosas, inmaduras e inesperadas.
Sin embargo, lo anterior no constituye un elemento serio para
calificarlos de negativos, toda vez que ellos también
construyen la nueva sociedad y son parte de ella, amén
de convertirse en los verdaderos portadores-transformadores
de cultura.
No obstante, todavía subsisten criterios excluyentes
relacionados con la juventud porque, como bien asegura un
artículo de la revista Estudio, se mantienen los presupuestos
instaurados hacia los años 40 del pasado siglo XX,
de que adolescentes y jóvenes “ya no pueden ser
considerados como niños, pero tampoco como adultos”.
Exclusiones y frenos
Vista como un resultado de las relaciones de poder entre las
generaciones y por su lugar en la estructura generacional
de la sociedad, la juventud se encuentra en desventaja respecto
a sus mayores, tradicionales dueños del saber y de
la experiencia acumulada.
Dicho de otra manera: al no considerárseles niños
ni adultos, los jóvenes quedan excluidos y limitados
en lo que bien pudiéramos llamar “tierra de nadie”.
Así las cosas, se ven a sí mismos como los mira
la sociedad, que se debate, a su vez, en dos posiciones equidistantes:
los que consideran a la juventud un elemento peligroso, y
los que le asignan la esperanza en el futuro. Sin embargo,
poco se hace realmente para situarla en condiciones de poder
y adoptar las decisiones que de ella se espera.
Los padres y la negociación
Descansa en el Estado, los maestros y los padres ejercer la
autoridad sobre los jóvenes, pero en los progenitores,
por constituir el pilar fundamental de la familia, recae el
mayor peso de las decisiones, manutención y forja de
valores y, por tanto, deben aprender —a la vez que enseñar—
el difícil arte de la negociación.
“Negociar es el proceso de dialogar, comentar, discutir,
polemizar, alegar o rebatir para llegar a un acuerdo y resolver
un conflicto, que satisfaga a cada una de las partes —asegura
un reciente artículo del boletín digital Novedades—.”Tiene
que ser un ejercicio de tolerancia y de convivencia y es la
mejor forma de resolver los conflictos entre padres e hijos.
A través de la negociación se acuerdan líneas
de conducta y se buscan ventajas individuales o colectivas.
En el éxito de la negociación influyen mucho
el convencimiento, la persuasión, la argumentación,
etc. En las negociaciones, ambas partes tienen que estar dispuestas
a ceder. Negociar no es ganar, perder o ceder, tiene que haber
voluntad (…)”.
La negociación constituye un proceso constante, donde
se aprende hacia ambos lados, no por ser joven o adulto, sino
por el simple deseo y la disposición para ello. De
ahí lo perjudicial de imponer o forzar las cosas, lo
cual para nada está reñido con la responsabilidad
y autoridad que han de desempeñar los padres.
Hay que tener en cuenta que mientras los hijos están,
como quien dice, en un extremo, sus progenitores se colocan
en el otro. Si uno de los lados tira demasiado, la cuerda
se tensa y puede romperse. Los hijos desde su posición
quieren hacer su parte; los padres, desde la suya, defienden
lo que creen que tienen que hacer sus hijos.
Negociar siempre resulta difícil, pues pocos serán
los casos en los que ambos lados salgan ganando. Por eso hay
que ser flexibles. Mejor que imponer, debemos ofrecer sugerencias,
y si hay más de una, excelente; pero ello no significa
que los hijos se salgan con la suya, sin esfuerzo alguno.
Educar es complejo y exige altas dosis de sacrificio. Los
padres sobreprotectores se transforman en una carga muy pesada
que los hijos, generalmente, no están dispuestos a
soportar. Los padres consentidores pierden perspectiva y,
generalmente, son vistos por los hijos como hermanos o amigos,
pero no con el respeto de un progenitor.
La negociación requiere, entonces, de mucha dedicación,
comprensión y, más que nada, ejemplo. Recordemos
que todos negociamos mal, pero algunos peor que otros.
Fuentes consultadas
Alcarde, Jorge. “¡Qué tendrán en
la cabeza!” En Muy interesante, febrero de 2000 -----
“Agresivos con mil caras”. En Muy interesante,
febrero de 2001.
“El difícil arte de la negociación, aplicado
a la educación de los hijos”. En boletín
digital Novedades.
http/blog.micumbre.com, Julio, No. 20, 2011.
Gómez Suárez, Luis. “Reflexiones. Juventud
y sexualidad”. En revista Estudio, Centro de Estudios
Sobre la Juventud, enero-junio de 2006, pp. 76-83.
Madres
malas
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