| El
tiempo de los abrazos infinitos (II)
Ivette desde su hermana mayor
“A Ivette se le hizo sencillo. Antes, en las visitas,
ella nunca había tenido pena para decirle lo que piensa,
así es mucho más cómodo. Pero comoquiera
es algo nuevo para ella: es ver a su papá en un espacio
donde nunca lo vio: es verlo caminar, por ejemplo, porque
en el salón de visitas apenas eran tres pasos.
“Creo que es aprender ahora a ver a su papá en
esas circunstancias, que son normales, pero para ella no;
aunque tampoco es difícil, porque mi papá ha
estado en cada acontecimiento importante de nuestra familia,
en cada uno de sus logros”, dice y su altura se multiplica.
No la agotan tantas responsabilidades como hermana mayor y
como hija; lo asume como parte de la batalla diaria porque
el abrazo sea, por fin, infinito.
Claro, no puede negar que es duro.
“Venir, saber que está allá; saber que
cuando estamos con él, mi mamá permanece aquí;
que tenemos que ser un puente entre ellos dos, que ellos tienen
que comunicarse a través de nosotras, porque no se
pueden ver. Son todos estos años esperando y que aún
no puedan estar juntos”.
La hija menor de René pasó ocho años
de su vida sin ver a su padre. Lo arrestaron cuando ella tenía
cuatro meses. Ahora Ivette tiene 13, los mismos que él
pasó en la cárcel.
Irmita recuerda cómo fue aquella vez que viajó
con su hermana por primera vez a ver a su papá.
“Ese momento en que Ivette lo conoció fue un
poco tenso, porque yo era la presentadora, y luego tenía
que seguir con Ivette, y era una niña. Y yo estaba
un poco a la expectativa a ver qué pasaba, así
que la fuimos preparando. Creo que lo hicimos durante toda
su vida.
“Cuando llegó ese momento ella lo abrazó
y empezaron a hablar muy normalmente. De hecho, en esa visita
yo casi no tuve que intervenir, porque ella empezó
a hablar y hablar, poniéndolo al día de todo
en su vida. Y mi papá la disfrutó mucho: la
miraba, la acariciaba, la besaba. Increíblemente fue
más fácil de lo que nosotros pensábamos”.
Pero regresa a lo que lo cambia todo, a lo que la arrastra
a la mueca y, de cierto modo, le ensombrece el brillo en la
mirada: “Lo complejo era y es regresar, y venir con
muchos recuerdos de mi papá; con muchos momentos, con
muchas conversaciones, con ideas, con imágenes, y que
mi mamá nos espere en el aeropuerto y nos diga: ‘Bueno,
cuéntenme’… Y una no poder transmitirle
eso, porque es muy difícil transmitir los sentimientos
y es muy difícil contarle cómo está,
porque por mucho que uno le diga que está bien, ella
no lo va a creer hasta que no lo compruebe con sus propios
ojos. Por mucho que uno le diga a él que ella le manda
besos y que lo adora, él no lo va a sentir como si
ella lo abrazara, y viceversa”.
Está libre, pero no
“Él quiere saber cada detalle de ese país
que tanto extraña, por el cual tanta nostalgia siente,
y es muy difícil también transmitir eso, porque
son sensaciones que él no vive.
“Él tiene planes: sabe adónde va a caminar,
qué quiere ver y, por supuesto, también tiene
muchas ansias de encontrarse con toda la gente que ha luchado
por la liberación de los
Cinco.
|