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Acuario Nacional de Cuba
Por una ayuda mutua
Por Isabelle
Fotos: Sureidy

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Con la llegada de los acuarios,
muchos de los secretos marinos emergieron a la vista del ser
humano. Fue entonces cuando el miedo devino curiosidad, admiración
—y por qué no— tolerancia hacia aquellas
criaturas capaces de sumir en la vigilia a recios marineros
y a añejos pueblos costeros.
En 1960, un grupo de especialistas haciéndose eco del
compromiso con el bienestar de los entornos marinos, funda
en La
Habana el Acuario Nacional de Cuba. Desde entonces, la
institución ha tenido como propósito esencial
elevar la cultura acerca del cuidado, conservación
y uso racional del mar, las costas y sus recursos.
Inicialmente, alrededor de 20 peceras eran toda la conexión
de los cubanos con la flora y la fauna subacuáticas.
Los ávidos asistentes saciaban su curiosidad esencialmente
a través de la observación.
No obstante, un sostenido trabajo de sensibilización,
el incremento de especies y de las investigaciones, así
como el inicio de un estado de alarma a nivel mundial por
la creciente depredación hacia tales entornos, hizo
necesario reevaluar las funciones de este “océano
terrestre”.
Se comienza entonces a profundizar sobre las buenas maneras
de interactuar con la naturaleza de una forma mucho más
intencional, ello a través de la educación.
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Cuba
y las buenas maneras
Son las 10 de la mañana de un día cualquiera
y pareciese que las aulas han cedido a sus habituales ocupantes.
Las miradas, las voces y la atención de los niños
esta vez se han trasladado hacia el Acuario.
Al respecto, Keiko Smith, especialista del Departamento de
Educación Ambiental, plantea que “el centro desarrolla
un amplio programa educativo que abarca el trabajo con niños,
e involucra a jóvenes y adultos mayores”.
Varios profesionales, liderados por el referido departamento,
tributan con sus conocimientos a este empeño durante
casi todo el año, lo que propicia que, junto a las
asignaturas de corte biológico impartidas en las escuelas,
se logre un conocimiento más acabado sobre la naturaleza
marina.
De esta forma, al trabajo intelectual se suma un vínculo
afectivo que fomenta una actitud conservacionista; sin duda,
el resultado más valorado por los expertos del recinto.
Usualmente, el principal escenario de los talleres y cursos
son las diversas áreas del centro. No obstante, existe
un programa de extensión que comprende escuelas que
se encuentran distantes. Para ello, los especialistas se preparan
para, mediante charlas, juegos y otras actividades, “llevarles
el acuario a las aulas”, asegura la licenciada Keiko.
A pesar de la fuerte motivación del personal de la
institución hacia esta actividad existe un espacio
que ocupa un lugar especial por la profunda humanidad que
encierra: la labor con niños y jóvenes con necesidades
especiales de educación.
Año tras año, personas con discapacidades físicas
e intelectuales como niños con síndrome de Down,
autistas, ciegos, sordo-ciegos, con trastornos en el lenguaje
o problemas de conducta, forman parte de un vínculo
que por sus resultados son orgullo del centro.
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Una
parte del todo
Ante el deterioro de la salud o la presencia de un dolor,
los seres humanos prefieren la cercanía de los más
disímiles medicamentos, cual si fuera la única
posibilidad de encontrar alivio o cura.
Sin embargo, existen otras alternativas menos conocidas, las
cuales se presentan bajo las formas más disímiles.
En ocasiones poseen patas, aletas, son peludas o muestran
una piel tersa, luminosa.
Como mascotas, vienen prestando sus servicios desde épocas
antiquísimas; y en la Medicina, desde el pasado siglo
se han convertido en eficientes co-terapeutas. El ejemplo
más palpable es la zooterapia, extendida a muchísimos
países.
Esta metodología, que involucra a los animales en la
prevención y el tratamiento de patologías humanas,
tanto físicas como psíquicas, se basa en que
la mayoría de las personas, consciente o inconscientemente,
reaccionan de manera positiva en su presencia.
Por sus altos costos, en ocasiones algunos deciden versionarlas,
y desarrollan las llamadas terapias ambientalistas, con probada
eficacia.
Al respecto la licenciada María Elena Montes Quinta,
especialista principal de Educación Ambiental del Acuario
Nacional de Cuba, asegura que para esta alternativa se aprovechan
todos los espacios, así como todas las especies que
alberga la instalación.
“La implementamos desde los círculos infantiles
hasta hogares de niños sin amparo filial, hospitales
y, por supuesto, una plataforma importante son las diferentes
áreas del Acuario”, asegura.
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Si bien el centro no posee
todas las condiciones para desarrollar este tipo de tratamientos,
según la licenciada María Elena los resultados
son muy satisfactorios.
“Provocar el habla en niños que nunca lo han
hecho, motivados por la presencia de un lobo marino, un delfín
o una tortuga, o que incrementen su nivel de sociabilidad
o la concentración y la disciplina, son muestras de
lo acertado de esta alternativa y de nuestro trabajo.
“Al respecto, es necesario señalar —agrega
María Elena— que el empirismo y la improvisación
no forman parte de nuestro enfoque. Antes de cada interrelación
hay un previo estudio del caso con la defectóloga,
además de un análisis de las historias clínicas
y la necesaria vinculación con sus maestros, psicopedagogos
y el personal médico responsable.
“Si bien las personas entran a los acuarios en busca,
sobre todo, de la contemplación directa de los ejemplares
que albergan, ello no limita la eficiencia de su labor extensionista,
que llega incluso a los niños hospitalizados, quienes
agradecen cada esfuerzo por expandir los horizontes de sus
cuartos.
“Nos sentimos satisfechos porque hemos devuelto la sonrisa
a los deprimidos, fortalecido a enfermos, motivado a niños
autistas, con síndrome de Down, y de igual forma, hemos
servido a aquellos que son marginados por la edad, la enfermedad
o la soledad”.
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