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Juegos de la mente
Tener una pareja estable y a veces pensar en otras
personas con algún interés sexual, ¿constituye
una traición? Cuando pensamos o tenemos sueños
“húmedos” con figuras que nos son conocidas,
incluso cercanas o uno de esos atractivos sex simbols de la
pantalla o la farándula, ¿significa que somos
infieles?
Por IWC
Fotos: Carlos Javier y Archivo

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No es raro ni significa un problema que imaginemos relaciones
con otras personas que no son nuestra pareja. Estos “juegos
mentales”, siempre y cuando se contengan dentro de ciertos
grados de exteriorización, son saludables para las
relaciones de pareja, aunque muchos asuman que el mero hecho
de pensar en otra persona ya constituye de por sí una
traición.
Lo cierto es que muchas situaciones “disparan”
nuestra imaginación: un cambio de centro de estudio
o de trabajo, una celebración anhelada, la llegada
de un hijo, pueden hacer que se amplíen nuestras expectativas
de cómo sería “tirar una canita al aire”,
o mejor lo que conocemos hoy como “descarga” sin
que en la práctica lleguemos a una acción sexual
concreta.
Es vital aclararse si una fantasía es solo eso o si
encierra sentidos más cultos, como la falta de atracción
de nuestra pareja, el aburrimiento, la rutina o insatisfacciones
sexuales
Juego o necesidad
Para los especialistas en sexualidad la “infidelidad
no es un problema, sino que es la manifestación de
un problema”. Entonces, si se analiza como un síntoma,
habría que ir al origen y puede haber dos situaciones
definidas: o se tiene un conflicto con la pareja, o se tiene
un hito individual que hace que no se encuentre satisfacción
y se comience a fantasear eróticamente.
Cada cual lleva su propio concepto de fidelidad. Algunos defienden
que solo al llevar a término el acto sexual se considera
traición; otros, que una simple mirada extraviada ya
lo es. Lo cierto es que esa delgada línea que lleva
desde los sueños hasta la acción puede tornarse
difusa según cada individuo en particular.
Los juegos mentales constituyen de por sí un problema
serio si constantemente se fantasea con otros para llenar
algún tipo de vacío. Como herramienta de estimulación
son un poderoso afrodisíaco, siempre y cuando con quien
se desea estar en realidad está allí presente
y no en nuestra imaginación.
Si se toma como juego o estímulo se convierte en un
fenómeno natural, pues representa un mecanismo para
elevar nuestro placer sin necesidades de exteriorización;
pero si en realidad cubre un vacío, entonces es un
aviso de que algo anda mal y se está a un paso o a
la espera de una oportunidad o decisión para llevar
la fantasía al plano de la realidad.

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La vida en pareja
Desde la adolescencia vamos formando el concepto ideal de
pareja. Cada relación que se establece está
marcada por esta “utopía”. Si no se logra
la complacencia, o no “llenamos” los parámetros
que esperamos de nuestra contraparte, puede que busquemos
en la infidelidad esos valores ocultos.
Las relaciones implican un altísimo grado de compenetración
para ser óptimas. En la pareja se depositan todas las
expectativas de nuestras necesidades sexuales, económicas,
roles sociales, comunicación, felicidad, protección
y comprensión. Se busca que una pareja cubra esta “búsqueda”,
al menos en su mayor medida.
Cuando estas perspectivas no están cubiertas en gran
parte, la relación suele sumirse en profundos conflictos,
tanto por la decepción como por la ausencia del amor
comprometido y la frustración de no poder lograr lo
que tanto se había anhelado. Entonces se asume como
refugio la infidelidad, que suele comenzar con los “pensamientos
picantes”.
Por otro lado, cuando sí están satisfechas,
la imaginación es solo un aliciente para conseguir
mayor complacencia y se puede prescindir de estos “pensamientos”
sin afectar para nada la unión de pareja.
Del tiempo y los sueños
Idealizar a nuestra contraparte inevitablemente lleva a la
decepción. Con el paso del tiempo aparecen los rasgos
ocultos de cada persona y la convivencia o el tiempo juntos
dictan si realmente permaneceremos fieles o no.
Hay muchas razones que conllevan al engaño y algunas
cargan un gran peso.
Sentirse devaluados: Cuando una parte tiene
mayores ventajas en cualquier aspecto y se lo hace ver incesantemente
a su contraparte, puede que del otro lado se encuentre a alguien
que lo valore en su justa dimensión y se sienta estimulado
a incluirlo entre sus posibles candidatos, lo cual predispone
a infidelidad.
La monotonía: La vida actual ocurre
de prisa y nos llenamos de responsabilidades diarias que llevan
al descuido de los detalles. Asumimos una “rutina”
de comodidades que suelen sumir a las parejas en un letargo
que se repite cotidianamente, y del cual se intenta salir
consciente e instintivamente.
Si el sexo no satisface: Es inevitable que
tarde o temprano haya interés por algo diferente. También,
si no se compensan las necesidades espirituales y emocionales,
se tiende poco a poco a ir en la búsqueda de algo o
alguien que satisfaga este vacío. Por eso la mayoría
de los deslices amorosos ocurren con personas de comportamiento
opuesto a la pareja, alguien con quien se puedan llevar a
cabo nuestras fantasías, o sentirnos llenos en ámbitos
que la relación “oficial” no consigue copar.
¿Engaño o no?
Imaginarse situaciones de cercanía con otra persona
que no es su media naranja, para la mayoría de las
personas no es más que una fantasía que contribuye
a aliviar tensiones.
Hay que usar el prisma individual para saber si se está
motivado por una atracción pasajera o el hecho de una
relación insatisfecha. Soñar es inherente al
desarrollo humano, de la inconformidad proviene el intento
de perfeccionarnos.
El soñar o el pensar en alguien más no es un
problema. Llevarlo a cabo y mentir, sí. Cuando la relación
es fuerte se suele satisfacer lo imaginado desandando caminos
olvidados o no explorados.
El conocimiento de nuestra contraparte puede llevarnos a cubrir
aquellos espacios que desatendemos y convertirnos tanto en
su parte real como en la persona de sus sueños. El
amor y la comprensión hacen de las verdaderas relaciones
un barco capaz de vencer al más fuerte temporal; esas
son las que nos hacen sentir que vivimos un sueño hecho
realidad.
¿Soñar? Soñar no cuesta nada.
Dejarlo de hacer sí.
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