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Uni… ¿quéeeeeee?, ¿uniforme?
Por Lázaro Blanco
Fotos: Alina Álvarez

¿Qué justifica que
un alumno sea aceptado en una escuela cual espécimen
caricaturizado de lo que imaginariamente debió
ser un uniforme? |
Con una retórica tan insulsa y kitsch*
como sus propios pantalones, el estudiante Yasmani Góngora
reacciona cuando se siente acosado por lo que para él
debió ser una pregunta incómoda: “Mire,
es que la moda no incomoda”, dice mientras se vuelve
molesto por la indiscreción periodística y en
un último acto de pudor, si así se le pudiera
llamar, trata inútilmente de resguardar por detrás
un pintoresco calzoncillo.
¡Vaya vueltas que da la vida! Quién iba a decir
a nuestros padres y abuelos que con el transcurso del tiempo
las prendas interiores pasarían a ser exteriores y
el uniforme desforme por la imaginación
caprichosa de estereotipos plagiados de ultramodernas líneas
del vestir, que lanzan trasnacionales de Occidente al mundo
como íconos inexorables de lo que para un joven debe
resultar o no estar a la última.
En este tema hay tela por donde cortar. Sé de enconados
debates suscitados sobre todo en aulas de la FEEM
(Federación Estudiantil de la Enseñanza Media), donde
se ha ido desde la necesidad de replantear el diseño
del uniforme hasta su eliminación, pasando por los
más inimaginables planteamientos, como él de
un alumno de octavo grado que propone se venda al estudiantado
la tela y este se encargue de la confección como mejor
le plazca, respetados ya los colores.
Pero si de parecer se trata cabría preguntarse: ¿Se
imagina alguien encontrar en una escuela lo mismo a una alumna
con maxifalda que a un varón con bermuda y camisa sin
mangas, aun cuando estuvieran hechas con las propias telas
y colores con que se confecciona el uniforme de hoy? Ningún
espectáculo podría ser más circense.
En este asunto sin dudas se han realizado muchas concesiones,
y de seguir a este ritmo tendrán que hacerse tantas
como giros y caprichos vaya imponiendo la moda.

Mal uso del uniforme escolar. |
Aunque para algunos las líneas del
uniforme —sobre todo en la enseñanza Secundaria
Básica— debía acercarse más a las
exigencias en el vestir de los educandos, quienes transitan
por estos años esa rebelde y compleja “metamorfosis”
que les lleva de la adolescencia a la juventud, lo cierto
es que, a ojos vistas, la disciplina en esta dirección
se ha resquebrajado, y de qué manera.
El imperativo debió ser cero tolerancias, aun cuando
se abriera nacionalmente a debate un espacio en los congresos
de las organizaciones estudiantiles para canalizar las inquietudes
de quienes en definitiva lo usan.
Ha habido y hay falta de rigor y exigencia tanto por parte
de los claustros de profesores, muchas veces jóvenes
y comprometidos también con el gusto de sus pupilos,
como por parte del Ministerio de Educación y una larga
lista que involucra desde los padres hasta los denominados
factores de la comunidad, donde interactúan no pocas
organizaciones políticas y de masas.
¿Qué justifica que un alumno sea aceptado en
una escuela cual espécimen caricaturizado de lo que
imaginariamente debió ser un uniforme? Absolutamente
nada.
* Estética artística de
mal gusto que lleva a imitar cosas pasadas de moda.
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