| Este
cuento lo escribió Mario Lázaro Quiroga Fernández,
técnico medio, de Ciudad de La Habana, quien trabaja
como representante de un pintor.
Dinos qué
opinas de este texto.
El tesoro
Lo cierto es que a diario se viven historias como para construir
una biblioteca, sin exagerar... Al llegar las cinco de la
tarde, la ciudad se llena de transeúntes y mucho tráfico,
se necesita mucha ecuanimidad para no caer en estrés,
el calor invade los rincones, a no ser donde esté un
frondoso árbol, donde muchos hacen un receso. Claro,
se encuentran muy pocos, lástima... Como dije, a esta
hora pueden suceder muchas cosas, incluso encontrar un tesoro.
Todos se movían buscando el regreso al hogar, entre
ellos Andrés, que con su jabita en el bolsillo iba
en busca del pan, que tanto le gustaba con su café
con leche, así evitaba comer en las noches; por el
día tenía reservado su almuerzo en un comedor
obrero, cerca de su trabajo. Es el parqueador de autos frente
a un cine; soñador, como hombre solo al fin, logra
administrarse su vida, sentimentalmente se siente muy solo,
pero se distrae mucho viendo pasar las beldades que desfilan
diariamente frente a él.
Este día, encontró en la acera una maleta color
negro brillante. ¡Coño! ¿quién
habrá dejado esto aquí?, exclamó al tenerla
en su manos... Había una moto en el parqueo, siguió
cavilando, ya se fue, pero la verdad, no recuerdo bien la
cara, se fue sin pagar; ya me voy casi, pero no la abriré
aquí, esperaré a llegar a casa... Podía
ir caminando, apenas unas cuadras lo separaban de la habitación
donde vivía, un edificio de diez pisos en muy mal estado,
quizás por lo cerca del mar; él vivía
en los bajos y al entrar se encontraba siempre a Sofía,
la “custodio” del edificio, quien no recibía
pago alguno a no ser el conocer la vida de los demás
con lujo de detalles.
Buenas tardes Andrés, ¿cómo estás?,
¿cambiaste de trabajo? ¿Por qué lo dices,
Sofía?, preguntó él a su vez. Bueno,
esa maleta tan linda... ¡Ah! Él sonrió
mientras se le hacía un nudo en la garganta, es de
mi hermana, son papeles del trabajo. Bien, no lo decía
por nada, ¿sabes? quiero que mejores de trabajo, es
tan duro ese parqueo. Pues no, me va bien... al fin pudo avanzar
por el oscuro pasillo, al fondo estaba la habitación
donde vivía con Katrina, su fiel compañera,
una cotorra que le regaló su hermana para lo acompañara.
Katrina era muy amable, le decía papá, ¡qué
animalito más inteligente!
Al entrar, Andrés se sentó en una butaca que
podía tener cincuenta años, pero muy cómoda
por coger forma de canoa, quizás los años diseñaron
un mueble muy especial para él. Puso la maleta sobre
sus piernas. Frente a él, una imagen del sagrado corazón
parecía como si lo mirara atentamente, más la
cotorra observando... sintió como si no estuviera solo...
A punto de abrir la maleta sintió un escalofrío,
miró a Jesús y a su cotorra, y comentó
en alta voz: Mejor llamo a mi hermana y le cuento. Lo cierto
es que no sabia que hacer en tal situación, ¡ocurren
tantas cosas en este mundo!
Al pasar dos horas ni la luz se había encendido. Andrés
se paró en una ventanilla al fondo de la habitación,
que daba la impresión de un túnel, la soledad
muchas veces hace sentir presencias espirituales, lo simbólico
como cuadros con imágenes sagradas, una mascota que
te mira fijamente y hasta una salamandra que dicen que es
buena suerte, te hacen meditar para tomar decisiones, como
si estuvieras en presencia de ojos virtuales vigilantes a
tu conducta.
Pero, ¿qué tiene de malo ver lo que lleva la
dichosa maleta?, ¿acaso no tienes valor de abrirla?,
¿dónde está el portero de fútbol
que eras? - casi nunca fuiste regular, pero ¡cuántos
deseos tuviste de ser bueno! Además, tuviste pleitos
tres veces en el colegio... valor se notaba, a pesar de salir
siempre golpeado por no saber defenderte... -. Las cosas que
pasan en la niñez son una secuela para el futuro, mucho
de esto influye a la hora de abrir esta maletita. Esperaré
a mañana, comentó frente a la cotorra, veré
si alguien pregunta por esta maleta, y ya me sentiré
libre, entonces la abriré, no quiero que la tentación
me lleve a cometer un error que pese de por vida... y frente
al cuadro de Jesús dijo: Gracias padre, por iluminarme
y darme paciencia, si no aparece el dueño la podré
tomar y así hacerme de mi casita... ¿Acaso él
sabía lo que tenía adentro? Bueno, son sueños
de pobre.
Después de tomar su café con leche se fue a
descansar; Katrina, en una esquina de su jaulita picoteaba
un pedacito de pan con leche, era la misma cena para los dos,
organizado que es este hombre. Eso sí, la maleta la
guardó debajo de la cama donde sin duda él la
podía sentir, ya que el bastidor se hundía,
una reliquia que debía tener unos cien años,
también con forma de bote, el tiempo había convertido
la casa en una flotilla.
Al día siguiente, Katrina con sus canciones de papá,
papá, papá... daba los buenos días. Ya
Andrés se estiraba, acercándose a la jaulita
sonrió, lo cierto es que en ocasiones pensaba que había
cierto parecido entre el y la cotorra, y la verdad muchos
comentan que las mascotas adoptan la forma de sus dueños,
o viceversa. Hoy es el día, comentó. Mientras
se aseaba y preparaba para su trabajo, fue dos veces a mirar
bajo la cama, no se sabe para qué, pues estuvo en contacto
toda la noche con el asa del maletín que se pronunciaba
a través del bastidor.
¿Dónde lo escondo? Dejarlo bajo la cama es un
peligro, la butaca es peor, aunque... el escaparatico con
llave puede servir. El mueblecito en un tiempo tuvo estilo,
ahora tenía seis colores entre el barniz de su época,
las manchas de humedad y la falta de mantenimiento, ¡lo
que logra el abandono! Andrés apenas se ocupaba de
otra cosa que de soñar mucho, quizás esto que
vino a sus manos era la solución definitiva a su vida.
La suerte debe sonreírle alguna vez a quien lo necesite
y muchos con su fe lo consiguen, amar la vida nos hace ser
mejores, pero la verdad, es que debe quedar bien guardada
la maleta... iba pensando mientras se disponía para
su caminar hasta llegar a su trabajo, donde se ganaba el pan
honradamente.
Al llegar, la rutina de siempre: mucha gente en movimiento,
todos ansiosos por parquear, en horario de lleno completo,
porque la calle se llenaba rápido de autos y muchos
permanecían todo el horario de trabajo, eran empleados
de cerca y habitualmente paraban su auto en el lugar, además
él gozaba de mucho prestigio, se tomaba muy en serio
su trabajo, cuidaba los espejos y todo lo del auto como si
fuera propio, aunque jamás tuvo uno; el trabajo más
profesional es el que se hace con amor, su mérito tenía
por ser tan bueno en lo que hacía, muchos no recordarían
su cara si se lo topaban fuera del parqueo, pero si dirían
¡qué buen parqueador es Andrés!
No sabía en qué momento vendría alguien
a preguntar por el objeto perdido, estaba muy pendiente. Román,
otro parqueador que trabajaba en la línea opuesta de
la calle y siempre le brindaba café, se acercaba lentamente,
con sus más de sesenta, siempre de buen humor, quizás
por eso se veía tan conservado, aparentaba la misma
edad de Andrés aunque una diferencia de más
de diez años los separaba. Te traigo un cafecito, está
rico y puro, no viene ligado con chícharo... prueba.
Gracias y buen día, amigo. Oye Andrés, ¿te
enteraste del robo? Andrés casi vira el vasito desechable
de café cuando el hombre pronunció las frases.
Oye, tómalo con calma, Andrés, estás
muy nervioso. Dime, Román, no me preocupes. Pues ayer
robaron, el pago de unos trabajadores, unos cuantos miles
y no cogieron a la gente, ¡qué dichosos son!
¿no crees? Bueno, Román, la verdad es que no
es justo, mira cuánta gente se perjudicó. Hombre,
sólo es un chiste, ríete.
Andrés tomó la postura y rostro de su cotorra,
y exclamó en su interior, ¡ay papá!
Es como para preocuparse, pero, ¿qué culpa tiene
él? Si los ladrones dejaron su maleta abandonada, además,
¿quién iba a creerle que no sabía el
contenido después de casi 24 horas de encontrarla?
Andrés no sabía si correr por la maleta o darle
buena guía de salida a un auto, incorporándose
al parqueo, este secreto lo conocían su cotorra y Dios,
más que suficientes para él... se sentía
un ladrón, le comenzaron dolores de estómago,
tuvo que apurarse para llegar al baño donde no había
agua, ni papel de higiénico, por suerte él andaba
siempre con un periódico y pudo resolver.
Esto pintaba gris: toda la vida luchando por la honestidad
y se situaba como uno de los más buscados. Voy a definir
mi línea de acción, pensaba en voz alta, ¡no
toco el dinero! Dejo la maleta en la puerta de una institución
para que la recojan y sirva a los pobres, una iglesia, un
asilo de ancianos... todavía me puedo salvar, Dios,
¡ayuda a este hombre! ¡Dime qué hacer!...
Unos pequeños se le acercaron, burlándose, ¡Oye,
estás hablando solo!, y se alejaron con la alegría
que florece en la infancia. Si notaba que lo miraban más
de lo acostumbrado, se tornaba paranoico.
Al rato se le acerca Román. ¿Viste? ¡aquí
no se escapa nadie! ¡ya cogieron a la gente! Me lo dijo
la del cine... Pero sin el dinero, ¿de qué vale?,
Andrés le respondió. Pues hombre, ya hablarán,
dijo Román volviendo a su puesto.
Vendrán directo a mí, me tienen cogido, cumpliré
cadena perpetua, sin haber hecho nada, diosito, ¿por
qué yo?, pensó Andrés.
En ese momento vio que venía un policía, al
llegar frente a él se detuvo muy serio y autoritario:
¿Usted cubre esta zona de parqueo? Sí... fue
todo lo que pudo responder. ¿Le pasa algo? Hombre,
está pálido, le dijo el oficial. La verdad es
que yo me iba a entregar, respondió Andrés.
El policía lo miró sorprendido. ¿Cómo
dice? ¿usted se burla de mí?
A unos tres metros, una niña de unos ocho años
de la mano de una mujer, observaban el diálogo.
Sí, oficial, yo la tomé, pero ni siquiera sabía...
hoy me enteré y la iba a devolver, por favor no quiero
ir a la cárcel... El oficial se reía. Oiga,
con este carácter debería ser actor y no parqueador.
Hizo señas a la mujer y la niña y les dijo:
Miren, este señor les tiene guardada su maleta, así
que no más llanto.
La niña abrazó a Andrés. ¡Gracias!
¡pensé que la había perdido!
La madre de la niña le agradeció. Lo que está
en la maleta es muy valioso, dijo con los ojos aguados, nada
menos que la inspiración de mi hija, lo que hacen nuestros
hijos es un tesoro de valores incalculables, la maleta está
llena de sus dibujos, iba a que la asesora le ayudara a escoger
el mejor para un concurso.
Andrés sonrió. Pues vamos a buscarla. La carita
de la niña, que mostraba una alegría infinita,
hizo sentir a Andrés dichoso. Al llegar a la casa,
los recibió Katrina con destellos de felicidad, Jesús
los saludó, logrando que sus ojos se dirigieran a cualquier
lado donde te pararas. Andrés puso la maleta en manos
de la niña, ella la abrió rápido y segura,
lo cierto es que lo de uno se conoce, solo de tocarlo con
la mano, sacó un dibujo donde se veía una paloma
pequeña, se acercó a Andrés y le dijo:
Éste es mi mejor dibujo, es tuyo, puedes ponerlo en
un cuadrito, te lo voy a dedicar.
Al marcharse la niña con su madre, Andrés pensó
cuán feliz era, sin quitar la vista de la palomita
que se perdía en el papel.
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