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La capitana Lilí
Por Teresa
Torres

Lidia y Clodomira, unidas en la
lucha, tuvieron un mismo fin.
(Foto: Cortesía Zunzún Digital) |
Lidia Doce fue una de las mujeres
que dentro del Ejército
Rebelde pelearon y se sacrificaron en los días
angustiosos de la Sierra Maestra, y con su riesgo cotidiano
garantizó las comunicaciones por toda la isla de Cuba.
Nacida el 27 de agosto de 1916 en Velazco, un poblado al norte
de la antigua zona oriental del país, durante su juventud
se trasladó a Bayamo, actual capital de la provincia
de Granma;
más tarde pasó a residir en La
Habana.
Su rebeldía contra el gobierno del dictador Fulgencio
Batista la manifestó desde el cuartelazo del 10
de marzo de 1952; siguió a partir de ese momento el
mismo camino de su hijo Efraín de sumarse a la lucha
guerrillera. Lidia regresó entonces al Oriente cubano,
y en la localidad serrana de San Pablo del Yao conoció
al Comandante Ernesto
Che Guevara.
Sobre ese encuentro, el Guerrillero Heroico escribiría:
"Conocí a Lidia apenas a unos seis meses de iniciada
la gesta revolucionaria. Estaba recién estrenado como
Comandante de la Cuarta Columna y bajábamos, en una
incursión relámpago, a buscar víveres
al pueblecito de San Pablo del Yao... Una de las primeras
casas de la población pertenecía a una familia
de panaderos. Lidia, mujer de unos cuarenta y cinco años,
era uno de los dueños de la panadería. Desde
el primer momento... se unió entusiastamente y con
una devoción ejemplar a los trabajos de la Revolución."
Desde ese entonces Lidia se convirtió en mensajera
del Ejército Rebelde, y cumplió con decisión
las más difíciles encomiendas. Surgió
la capitana Lilí, querida y respetada por los guerrilleros.
Como mensajera trasladó hasta la capital cubana todo
tipo de informaciones comprometedoras; condujo ejemplares
del periódico “El Cubano Libre” y medicinas.
Ella y la también combatiente rebelde
Clodomira Acosta, eran los enlaces de mayor confianza, la
conexión de los luchadores de la Sierra Maestra con
el mundo exterior.
El 11 de septiembre de 1958 las dos
revolucionarias se encontraban en La Habana, en una casa del
reparto Juanelo, donde se ocultaban cuatro jóvenes
perseguidos por la tiranía batistiana. Una delación
llevó a los esbirros de la dictadura al escondite;
a los muchachos los ultimaron a balazos y a ellas las sacaron
brutalmente del inmueble. Durante cinco días las golpearon,
las torturaron, y al morir, sus cuerpos, cubiertos de cemento,
fueron lanzados mar afuera. Nunca han aparecido.
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