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Los cateyes supervivientes de Osmany
Un cienfueguero logra las primeras
crías en cautiverio, en la región central del
país, de esta especie endémica del género
Aratinga
Por Julio Martínez Molina
Fotos: Cortesía 5 de Septiembre Digital.

Las acuciosas investigaciones de
Osmany ya tienen resultados. |
Osmany Santos, miembro de la filial en Cienfuegos
de la Asociación Nacional Ornitológica de Cuba
(ANOC), ha logrado que una pareja de cateyes
críe en cautiverio, hecho sin precedentes en la región
central del país.
Apasionado de la avifauna, Osmany se especializó
en el tema, y desde que se incorporó a la Asociación
hace seis años, ha investigado mucho alrededor de la
familia de las Psittácidas (donde están agrupados
estos pájaros), al punto de colaborar en publicaciones
de Cuba y el exterior.
Asegura que, de todas las aves nacionales,
ésta es la que más raramente ha logrado criarse
encerrada, pues cuesta mucho trabajo, debido a su tardía
maduración sexual —ocurre como término
mínimo a los tres años de nacido el espécimen—,
y a lo difícil de conseguir que no se rompan los huevos
en el nido, por su agresividad.
Luego que, tiempo atrás, adquiriera
varias parejas del bello pájaro perteneciente al género
Aratinga, comenzó a buscar información de todo
tipo, en libros e Internet, en tanto —a su juicio—,
la falta de ésta representa el principal obstáculo
al cual debe enfrentarse el criador.
Para su empeño se apoyó en
el libro de referencia de Florentino García sobre la
avifauna criolla, conjuntamente con otras fuentes, y la experiencia
práctica del camagüeyano Leonardo Pareta, quien
sí ha logrado la supervivencia de ejemplares bajo reja.
Afirma este enamorado de la ornitología
—también cría cotorras, cacatillos y agapornis—
que con el catey todo es en cierto modo problemático,
comenzando ya desde el momento mismo de la identificación
sexual. "Resulta difícil conocer cuál es
la hembra y el macho; suelen utilizarse métodos no
tan científicos como la aguja magnética o la
pelvimetría (si la pelvis está cerrada se supone
que el ave sea macho; y si se extiende, hembra, pues tal apertura
posibilitaría que saliera el huevo por el oveoducto)",
explica.
Sin embargo, agrega, "yo aposté
por el sexaje a través de la endoscopía, método
seguro para el pájaro y muy exacto en la determinación,
además que permite descartar otras anomalías
internas; un veterinario especializado de la Asociación
Nacional (ANOC) definió el sexo de las tres parejas
con que contaba inicialmente, aunque ahora solo poseo dos".
Osmany cuenta que antes de tenerlas en jaulas,
ellas estaban en un voladero y se arrimaron. Las hembras de
ambas parejas pusieron cuatro huevos, cada una, casi al unísono,
pues ambas tienen la misma edad.
Confiesa que, debido a su inexperiencia, una de ellas perdió
la nidada, de tan enfurecida que se ponía al él
ir a revisar constantemente, cosa que —dice— no
debe hacerse, "pues son aves que defienden lo suyo como
perros cuando alguien se les acerca".
La otra pareja, que no fue tan agresiva,
logró el empollamiento, y de sus cuatro huevos pudieron
romper el cascarón dos crías, las cuales sobrevivieron,
en lo que constituye un logro inédito en las provincias
centrales.
El ornitólogo le ha llamado a este
proyecto de cría de cateyes en cautiverio, Psitt@-Cub@,
y lo lleva de manera conjunta con Enrique Casanova, uno de
los vicepresidentes de la Asociación en Cienfuegos;
si bien éste no ha tenido hasta hoy su misma suerte.
Considera que una de las razones por las
cuales mueren o sufren enfermedades las psitáceas (entran
aquí las cotorras y pericos) es la incorrecta alimentación
por parte de algunos criadores, que suelen darle el consabido
pan con leche, o restos de comida de humanos, que las aniquila
lentamente.
La dieta ideal, afirma, consiste en un compuesto de semillas:
alpiste, millo, panizo, girasol, que los afiliados de la Asociación
Ornitológica pueden comprar. Cuando hay fallos en dicho
expendio, él utiliza otras alternativas alimentarias,
como el trigo, el maíz en rollón, el arroz en
cáscara y la avena. También emplea la habichuela
y la zanahoria.
En la época de la reproducción,
sostiene, es factible proporcionárseles la denominada
dieta blanda, que no es más que una combinación
de pan remojado, al que se adiciona harina de maíz
o de trigo, arroz cocinado, yogur de soya y mermelada de fruta
de ocasión, y huevo hervido como proteína animal.
Dicha mezcla ayuda a los padres a alimentar
a los pichones. De otra manera
—aclara—, tendrían que triturar los granos
para trasladárselos a sus bocas.
Además, les brinda alguna verdura, bledo, verdolaga
y la escoba amarga, que es un antiparasitario natural.
Con tal dieta, a los pequeños cateyes
de Osmany —que cuando vea la luz esta edición
tendrán casi un mes de nacidos— le salieron los
cañones de las plumas desde antes de los veinte días,
y a los catorce ya habían abierto sus ojos. Aún
los mantiene junto a sus padres en el nido de 46 centímetros
de altura por 25 de ancho y 8 de abertura del orificio de
entrada que construyó, pese a que la literatura especializada
establece una magnitud algo menor.
"Le alargué seis centímetros
más de altura a lo que en teoría es lo correcto,
y me ha dado muy buenos resultados, pues ellos no se maltratan
dentro del nido, incluso al sentir peligro", expresa.

Las dos crías sobrevivientes
constituyen un logro sin precedentes en la región
central de Cuba. |
Catey arlequinado
Las mutaciones se fijan en cautiverio, en la naturaleza son
espontáneas y por lo general tienden a eliminarse.
El criador, con un plan científico, selecciona los
pájaros, y por selección artificial los va perfilando.
Existen muchas mutaciones logradas por el hombre, que en el
medio natural no se registran.
El color básico de los cateyes es
el verde predominante con plumillas o pintas rojas en el cuello;
Osmany posee un ejemplar con presencia de plumas amarillas.
No es usual este tipo de mutación en el género.
Incluso, la Carta de Colores de estas aves identifica al catey
arlequín solo como una posibilidad.
Osmany está casi seguro de que su
pareja reproductora, padre arlequinado y madre verde, está
compuesta por hermanos: "Si eso es así, cuando
esos pichones crezcan, no los puedo aparear, porque entraría
a jugar el factor sanguíneo y la descendencia podría
morir", observa.
"Si ambas crías salen arlequinadas,
entonces deberé buscar un pájaro que al menos
presente una, dos o tres plumas amarillas para preservar la
mutación. No debo unir a ninguno con un pájaro
totalmente verde", añade.
En tales pensamientos
anda Osmany mientras, jornada tras jornada, se acuesta y amanece
deseando que sus cateyitos tengan la salud de sus padres,
los que, gracias a sus cuidados, jamás se han enfermado.
(Tomado
de 5 de Septiembre Digital) |
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