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De mi Cuba te cuento


La Guerra Chiquita

La ideología como arma de guerra

Por Yolanda Fuentes y Luis Marín


Después de la Protesta de Baraguá, los revolucionarios que no estuvieron contentos con el fin de la Guerra de los Diez Años (sin independencia ni la liquidación de la esclavitud) empezaron a conspirar rápidamente para lanzarse de nuevo a la manigua.

El mayor general Carlos Roloff salió para la emigración, dejando sus contactos en manos de Ángel Mestre, de la zona de Las Villas, donde fundó varios clubes revolucionarios secretos.

Al llegar Calixto García a Estados Unidos asume la presidencia de un club revolucionario, creado para promover una nueva insurrección, entretanto se fomentaban organizaciones similares en Oriente.

Esos clubes se formaban utilizando la estructura y organización de las logias masónicas, y no tenían relaciones entre sí. Estaban integrados por negros, mulatos y blancos y hasta existieron otros formados por mujeres, que tuvieron gran importancia.

Calixto García visitó a Antonio Maceo en Jamaica, tratando de lograr la unidad, lo que no pudo conseguir por causas subjetivas.

Algunos clubes revolucionarios de La Habana trataron que la dirección del movimiento se trasladara a la capital de la Isla, para lograr una mejor coordinación de los trabajos conspirativos, pero Calixto García, defensor de la unidad centralizada, no aceptó y separó a dichos clubes de esas labores.

En tanto, José Martí, que había llegado a Nueva York procedente de Espala, adonde había sido deportado, auxiliaba a Calixto García en diferentes momentos junto a otros patriotas como Leoncio Prado, Carlos Roloff, Pío Rosado, Manuel de la Cruz y otros.

Máximo Gómez no participó en los trabajos, pues consideraba prematuro tratar de encender de nuevo la guerra cuado el país se encontraba en una época de reconstrucción y los mambises no habían superado las viejas rencillas. La burguesía esclavista, una vez más, no fue parte de la opción independentista.

El 24 de agosto de 1870 se efectuó el alzamiento, que pasaría a la historia con el nombre de Guerra Chiquita, en la antigua región de Oriente. Entre otras cosas, puso de manifiesto la falta de recursos, a lo que se unió la falta de los principales jefes: Calixto García y Antonio Maceo.

Un papel importantísimo lo desempeñó la cúpula dirigente del Partido Autonomista, que desde el propio mes de agosto declaró su tajante oposición a la guerra y condenó el combate nacional liberador. Sus miembros realizaron haciendo una fuerte campaña para demostrar que la revolución era una revuelta de negros ambiciosos contra los blancos, deseosos los hombres de piel oscura de desatar una guerra de razas que convertiría a Cuba en un segundo Haití.

Esta maniobra incluyó la visita de dirigentes autonomistas a oficiales mambises blancos para tratar de que depusieran las armas, usando como pretexto la sólida presencia de negros y mulatos dirigentes en la nueva revolución: Antonio y José Maceo, Guillermo Moncada, Flor Crombet y otros.

Para el campo español la prédica autonomista fue tan efectiva, que el Capitán General agradeció su cooperación.

En el campo insurrecto la campaña causó efectos desastrosos: Calixto García, penetrado por la ideología enemiga, tomó la fatal decisión de enviar en la primera expedición al brigadier Gregorio Benítez en lugar de Antonio Maceo, lo cual hizo que los soldados que esperaban su líder e desencantaran rápidamente. Benítez había sido el último jefe de Camagüey en la revolución del 68, y en Oriente no pudo desempeñar el pape que por lógica le correspondía al Titán de Bronce.

Cuando después de muchas dificultades Calixto García desembarcó en Cuba, los mambises, diezmados por el hambre y la falta de recursos, se habían acogido al indulto español.

A pesar de su corta duración, la Guerra Chiquita demostró la vigencia del ideal independentista y la decisión del pueblo cubano de obtener su libertad al precio que fuera necesario. Además, descaracterizó los contenidos ideológicos del programa de cambio social del autonomismo.


 

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