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Primera Declaración de La Habana: Grito de rebeldía
y combate
Por Alicia
Centelles
Junto a la imagen y el recuerdo de José
Martí, en la Plaza
de la Revolución, el 2 de septiembre de 1960 más
de un millón de cubanos se reunieron en Asamblea General
Nacional y aprobaron jubilosos la Primera
Declaración de La Habana, leída por Fidel Castro.
El histórico pronunciamiento fue
la réplica viril a la Declaración de San José,
acordada en una reunión en Costa Rica por la Organización
de Estados Americanos (OEA), en la que el Canciller de
la Dignidad, Raúl Roa García,
denunció los ataques, falacias y maniobras de Estados
Unidos y sus acólitos contra la isla caribeña.
El servilismo de la mayoría de los gobiernos allí
representados condujo a la adopción de una decisión
lesiva a Cuba.
El documento político aprobado en
La Habana condena las atrocidades y crímenes del imperialismo
yanqui y proclama el derecho de los oprimidos a combatir por
alcanzar reivindicaciones económicas, políticas
y sociales, y a decidir sus propios destinos; enarbola el
latinoamericanismo liberador de José Martí y
Benito Juárez, y ratifica la amistad y solidaridad
de Cuba con todos los pueblos del mundo.
La declaración postula el derecho
del campesino a la tierra, del niño a la
educación, del enfermo a recibir asistencia médica,
del anciano a disfrutar de una
vejez segura, al tiempo que señala el derecho y el
deber de las naciones oprimidas a luchar por su liberación.
Cuba también reafirmaba su propósito
de establecer vínculos diplomáticos con los
países socialistas de ese entonces, y aceptaba y agradecía
el apoyo de los cohetes de la otrora URSS si su territorio
fuese invadido por Estados Unidos.
A 46 años de la aprobación
de aquel texto, aún se mantienen vigentes sus elementos
esenciales. En sus empeños redentores la Revolución
Cubana hoy está acompañada de muchos pueblos
que consideran que un mundo mejor SÍ es posible, y
sus ideas proliferan del río Bravo a la Patagonia,
el Caribe y otras regiones del universo.
A todos los que tenemos fe en un porvenir
más luminoso, la Primera Declaración de La Habana
–que el 2 de septiembre de 1960 se alzó como
colosal grito de rebeldía y combate– nos trasmite
la íntima convicción de que no está muy
lejano el día en que "el águila imperial
yanqui sea despojada, sin remedio de sus sanguinarias garras".
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