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Arte

 

Un precursor de la pintura moderna en Cuba


Por Matilde Salas Servando

Leopoldo Romañach Guillén.
Varias de sus obras se pueden apreciar en el Museo de Arte Cubano en La Habana.
(Foto: Archivo)

En un pueblito conocido como Sierra Morena, perteneciente al territorio de la central provincia de Villa Clara, nació el 7 de octubre de 1862 uno de los grandes maestros cubanos de la plástica durante los siglos XIX y XX: Leopoldo Romañach Guillén.

A lo largo de sus 89 años se desarrolló de forma brillante dentro de su especialidad, y tuvo como principal objetivo vivir para crear y enseñar todo cuanto conocía sobre la llamada técnica de la línea y el color.

Cuando a los cinco años quedó huérfano de madre, Leopoldo y sus hermanos fueron enviados a la casa de su tía paterna en la Costa Brava, muy cerca de la frontera entre España y Francia, y luego vivió en varios sitios de la península ibérica.

Por ser hijo de la cubana Isabel Guillén, quizá su ascendencia criolla le hizo amar los exuberantes paisajes de la isla y desde pequeño tratar de dejarlos plasmados, mientras que su padre, el comerciante de origen catalán Braudilio Romañach, insistía en que se dedicara a las relaciones económicas.

Cuando el futuro artista volvió a Cuba, con sólo 14 años, su padre lo envió a Nueva York para estudiar Inglés y adentrarse en la actividad comercial, sin obtener grandes logros en ese campo, pues la pintura era su verdadera afición.

Luego de varios meses en Estados Unidos regresó al poblado de Caibarién, donde radicaba su progenitor, quien mantenía la ilusión de que se dedicara al comercio. Con ese propósito lo envió a La Habana, con 400 tercios de tabaco en rama para venderlos, pero el joven Leopoldo aprovechó su estancia en la capital para visitar al maestro Miguel Melero, director de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, y suplicarle que lo dejara asistir a las clases de colorido, por lo que se despreocupó de la encomienda del padre y eso trajo como consecuencia que sus relaciones se enfriaran.

Con esos conocimientos, Leopoldo sentía crecer el gusto por la pintura. Cuando volvió a su pueblo, don Francisco Ducassi, un amigo aficionado al arte pictórico, lo alentó en sus pretensiones de continuar y desde su plaza como funcionario de la Aduana influyó para conseguirle una beca que le permitiera estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Roma, en Italia. Allí fue alumno de los pintores españoles Francisco Pradilla y Enrique Serra, y del eminente maestro Filippo Prosperi, director del plantel.

Mientras Romañach se preparaba en Italia, fue privado de la ayuda económica que recibía del gobierno español al estallar en Cuba la Guerra de Independencia, en 1895, pero logró subsistir con la ayuda de sus amigos: el patriota villaclareño Leoncio Vidal, y la filantrópica dama cubana Marta Abreu de Estévez.

Con el apoyo de ella y del abogado Raimundo Cabrera, logró ser profesor de la Cátedra de Colorido en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro y luego se fue a París, para perfeccionar algunas teorías pictóricas.

En esa época Romañach se dedicó a pintar con afán y preparó dos importantes obras: “Nido de Miseria,” que actualmente se exhibe en el Ateneo de Santa Clara, en Cuba, y “La Convaleciente”, perdida al hundirse el barco que la devolvía a la Isla tras ser premiada con medalla de oro en 1904, durante la Exposición Internacional de San Luis, en Estados Unidos.

El artista recibió otros galardones, como la Medalla de Plata en la Exposición de Buffalo, en 1904; Medalla de Oro en Charleston; primer premio en La Habana, en 1912; en Panamá en 1915 y en Sevilla en 1929. Condecorado por el Gobierno cubano con la Gran Cruz de la Orden de Céspedes en 1950, fue un activo miembro de las principales instituciones mediadoras del arte.

Por la calidad de sus obras, Leopoldo Romañach es considerado uno de los pintores que inicia la transición a la pintura moderna en Cuba.


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