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La madre
Por Rosa Rodríguez G.

Monumento a la Madre Teresa en el
convento de San Francisco de Asís.
(Foto: Archivo) |
Los cubanos sabemos venerar.
Quizás es ese nuestro primer acto de amor al nacer.
Parece lógico querer seguir atado al pabellón
uterino, por la protección que desde él irradia;
a veces alguien alrededor actúa notablemente desamorado
hacia el seno materno y se nos muestra raro. Pero una golondrina
no hace verano.
Sentada allí en el jardín del Convento
de San Francisco de Asís, en La Habana Vieja, a la vista
de todos, quedó erigida por José Villa Soberón,
la estatua de Agnes Gonxha Bojaxhiu, la Madre Teresa de Calcuta.
Es muy frecuentada; siempre tiene flores frescas; causa atracción
al transeúnte, niño, joven o anciano.
No pudo haber mejor elección porque todo el que acude
al lugar: a un concierto de música de cámara
en la Basílica Menor, o a una exposición en
su galería, cuando dirige los pasos hacia el atrio
lateral, la encuentra allí con la cabecita baja, como
aconsejando o quizás clamando ternura y humildad.
Considerada madre de multitudes, llegaron a calificarla como
la madre de los pobres; dicen que entre ellos concentraba
su atención en los más desposeídos y
necesitados.
Y que su vocación era de actos, no de palabras. Practicaba
pues, en un desprendido peregrinar, la filosofía "de
exigir ayuda para el enfermo, el analfabeto, el que nada tiene
que comer; del respeto a la dignidad de los seres humanos".
A ello consagró la existencia hasta su último
aliento, el 5 de septiembre de 1997.
La Enciclopedia Encarta recoge que esa vocación le
había llegado en 1946 tras contemplar la situación
de extrema miseria que padecían muchos habitantes de
su querida Calcuta, (aunque realmente su lugar de origen era
Skopje, actual capital de la república ex yugoslava
de Macedonia) esa ciudad del este de la India, capital del
estado de Bengala occidental, situada a orillas del río
Hooghly.
En Calcuta, añade el texto, hay una gran escasez de
viviendas y por este motivo son miles las personas que habitan
en las calles o se amontonan en los barrios bajos, en chabolas
de barro que carecen de las instalaciones sanitarias adecuadas.
El germen de su dedicación nació al cabo de
cumplir los dieciocho años, cuando ingresó en
la orden de las Hermanas de Nuestra Señora del Loreto,
en Irlanda. Cursó estudios en Dublín y Darjeeling.
En 1950 la diócesis de Calcuta aprobó la congregación
de la Madre Teresa con el nombre de Misioneras de la Caridad.
Como reconocimiento a sus esfuerzos, en 1979 le concedieron
el Premio Nobel de
la Paz.
Son harto conocidas sus concepciones esenciales sobre la vida
que dejó escritas a mano sobre un tablón colgado
en una pared de una de las casas abiertas por las Hermanas
de la Caridad, destinada a recibir a los enfermos de SIDA
más pobres que transitan por las calles de Nueva York:
La vida es una oportunidad, aprovéchala...La vida es
la vida, defiéndela.
Pero hoy queremos recordarla con estas máximas muy
válidas para todo el universo, porque salieron también
de la sabia cabeza de esta madrecita:
¿Cuál es...
El día más bello? Hoy.
La cosa más fácil? Equivocarse.
El obstáculo más grande? El miedo.
El error mayor? Abandonarse.
La raíz de todos los males? El egoísmo.
La distracción más bella? El trabajo.
La peor derrota? El desaliento.
Los mejores maestros? Los niños.
La primera necesidad? Comunicarse.
Lo que más feliz hace? Ser útil a los demás.
El misterio más grande? La muerte.
El peor defecto? El malhumor.
La persona más peligrosa? La mentirosa.
El peor sentimiento? El rencor
Lo más imprescindible? El hogar.
El regalo más bello? El perdón.
La ruta más rápida? El camino correcto.
La más linda sensación? La paz interior.
El resguardo más eficaz? La sonrisa.
El mejor remedio? El optimismo.
La fuerza más potente del mundo? La fe.
Las personas más necesarias? Los padres.
La cosa más bella de todas? El amor.
(Tomado de
tribuna.islagrande.cu)
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