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Leyendas y formas en la obra de Lam
Por Matilde
Salas Servando

Uno de los más originales
exponentes del surrealismo en Latinoamérica.
(Foto: Archivo) |
El 11 de septiembre de 1982 se enlutó
la plástica cubana con el deceso en París de
uno de sus más brillantes creadores, al que se le reconocía
como Wifredo Oscar de la Concepción Lam y Castilla,
según indica su partida de nacimiento, asentada el
8 de diciembre de 1902 en el poblado villaclareño de
Sagua la Grande.
Sus primeros conocimientos
formales de las formas y colores los obtuvo en la habanera
Academia
de Bellas Artes de San Alejandro, en la época que
también ocupaba asiento en sus aulas Víctor
Manuel García Valdés, otro de los grandes de
la pintura cubana, conocido en el mundo del arte como Víctor
Manuel.
Con sólo 22 años, el bisoño
pintor sagüero arribó a Madrid por primera vez,
favorecido por una beca que le otorgó su ciudad natal.
Su permanencia a lo largo de 14 años en España
le permitió completar su formación profesional
y en la tercera década del siglo XX contribuyó
a crear la Asociación de Intelectuales Antifascistas.
Por esa época conoció a destacadas
personalidades del mundo de las artes y las letras, como Azorín,
André Malraux y Alejo Carpentier.
También en Madrid asistió por primera vez a
una exposición de obras de Picasso y desde entonces
su pintura dio un vuelco al acercarse más al arte africano.
Al terminar la Guerra de España, el pintor caribeño
tuvo oportunidad de conocer al malagueño en su casa
de París y desde entonces se hicieron inseparables.
Poco después, el sabio cubano Don
Fernando Ortiz se refirió al quehacer pictórico
de Lam y dijo que éste manifestaba en sus obras todo
el vigor de la naturaleza, tal como se aprecia en las ancestrales
creencias religiosas africanas.
La destructora fuerza de la Segunda Guerra
Mundial hizo que el artista antillano volviera a Cuba, y a
partir de este paso y con la influencia de todo lo vivido
en ella, se produjo un segundo giro en su obra creativa, que
ha sido calificado de muy importante. Desde entonces no se
detuvo y viajó sin descanso por Estados Unidos, América
Latina y de nuevo a Europa en la década de los 50 del
siglo pasado.
Durante los últimos veinte años
de su vida fue calificado por la crítica como uno de
los creadores fundamentales de su tiempo. Sobre el genio creador
de este hombre en el que coincidieron, para su bien, la sangre
china de su padre y la negra de su madre, el intelectual cubano
Lisandro Otero
manifestó:
“Lam fue un instaurador de su
propio sistema (…) Creó un lenguaje específico
para poder develar el mundo que fundó. Su obra adquirió
relevancia por su entrega de una dimensión auténtica
de la identidad de América Latina (…) Magia y
civilización se amalgamaron en su obra para aflorar
leyendas y formas armónicamente entrelazadas”
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