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Bardo del pueblo
Por Matilde
Salas Servando

Sus sentidos versos pueden leerse
en ocho lenguas, además del español.
(Foto: Archivo) |
La habanera villa de Guanabacoa, tierra
de manantiales y cuna de pintores, músicos y poetas,
también fue la patria chica de un inspirado bardo conocido
en el mundo cultural cubano e internacional como el Indio
Naborí.
Según sus documentos de filiación
su nombre estaba registrado como Sabio Jesús Orta Ruiz,
nacido el último día de septiembre de 1922.
Ese hombre de alta estatura y humilde simpatía, de
cabello premiado con la plata del tiempo y cálida voz,
supo ser por más de ocho décadas, consecuente
con su familia, su patria y su tiempo.
Su temprana vocación
literaria le llevó a ganar el Concurso Nacional de
Homenaje a las Madres, convocado por la Asociación
de Periodistas y Escritores de Artemisa, en Pinar
del Río y desde entonces puso su empeño en estudiar,
mientras apoyaba las acciones de lucha contra la tiranía
de Fulgencio
Batista.
También se le conoció como
Jesús Ribona, Juan Criollo y Martín de la Hoz,
seudónimos con los que dio a conocer su extensa obra
recogida en publicaciones periódicas como: Mañana,
Noticias de Hoy, El Mundo y Granma,
además de las revistas Mujeres,
Bohemia,
Romances, Mella, Trabajo, Cuba y Verde Olivo. Sus poemas llenan
varios volúmenes que han sido traducidos al inglés,
checo, francés, ruso, italiano, vietnamita, búlgaro
y chino.
Sin lugar a dudas se puede afirmar que el
Indio Naborí está considerado como el decimista
más significativo de la literatura cubana contemporánea,
por su participación protagónica en el llamado
fenómeno de renovación de la estrofa, ocurrido
a mediado del siglo XX. A esto se suma la concertación
efectuada entre temas considerados entre lo culto y lo popular,
como se puede apreciar en sus primeros cuadernos: “Guardarraya
sonora” (1946) y “Bandurria y violín”,
que vio la luz dos años después.
La poética de Orta Ruiz se desgrana
en tres vertientes principales, que son: la campesina, la
social y la autobiográfica; en esta última no
deja de poner siempre en primer plano a su entrañable
Eloína, la musa que lo acompañó en la
vida durante varias décadas, la misma con la que fundó
una familia que era su orgullo y pasión.
Su prolífica labor fue destacada
con importantes reconocimientos como: la de Héroe Nacional
del Trabajo y la medalla Alejo
Carpentier (1982); Orden Félix Varela (1991); el
Premio
Nacional de Literatura, (1995); Premio Nacional de Cultura
Comunitaria (1999) y finalista del Premio Príncipe
de Asturias, de las Letras, en el 2000.
Una muestra de su obra amorosa está
dada en el
Poema de tus manos
Tus manos son dos nardos que mi boca
ensortija de besos. En tus manos,
transformóse el manojo de mis penas
en manojos de cantos.
Cuando acarician mi cabeza negra
hay en mi frente pensamientos blancos.
Surgieron en el mar de mi agonía
y se tendieron a mi sueño náufrago.
Y no son manos consteladas-iris
de zafiros, diamantes y topacios-:
son manos que adornaron las virtudes
con las ásperas joyas del trabajo.
Deja verlas, Amada. Que mis besos
endulcen el dolor de su cansancio
y déjame anunciarte que el mañana
es una blanca redención de nardos.
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