| “Ahora
es que voy a gozar”
Por Yolanda Molina Pérez

Quizá el secreto de la longevidad
de Felicia esté en El gusto por cada acto diario
de existencia.
(Foto: Santiago Calero) |
“Este cuerpo Dios me lo dio para divertirme”,
dice y se recuesta en su sillón dejando que la picardía
salte de sus ojos aun a través de los gruesos lentes,
en esos momentos parece perder las huellas del tiempo, ante
la luz de la travesura se vuelve una jovencita de 101 años,
“por eso trabajé de cocinera, vendiendo naranjas,
plátanos, periódicos, haciendo dulces, ¡pero
nunca me vendí!”.
A unos pocos minutos de conocerla, no me
asombra tal aseveración, sé que no habría
dinero en el mundo capaz de comprar a Felicia García
Lazo, “La Mama” y ese sí es un mote bien
puesto, para una señora que además de 10 hijos
llevados en el vientre crió a otros 11.
Nacida el cinco de febrero de 1905, “en
la vega de Blas Chirino en Río Sequito, por la carretera
a San Luis, doblando a mano derecha”, explica ante mi
desconocimiento, y comienza a sorprenderme la lucidez mental
que conserva con más de un siglo de vida a sus espaldas;
para la ciudad de Pinar
del Río vino en 1929.
Delgada, fuerte, puede aún con un
apretón de manos poner en una posición difícil
a nuestro fotógrafo, que rehúye presuroso la
presión de sus dedos, “ella se vale por sí
sola, plancha su ropa, barre la casa”, aclara una nieta
con la cual vive, “y no cocino porque tú no me
dejas”, acota.
Hacerla evocar su juventud no es difícil,
recuerda fechas, lugares y es pródiga en ofrecer detalles:
“No mi´ja no, antes la gente no se casaba, yo
me junté cuando tenía 15 años, los padres
antes eran de madre, los novios se sentaban uno aquí
y otro allá; para darle el primer beso a mi novio yo
fui a la cocina y le boté el agua a unos boniatos que
mi mamá estaba cocinando, cuando ella sintió
que se le estaban quemando y fue a verlos, ahí aprovechamos”;
la risa con que acompaña la anécdota corrobora
cuán fresca permanece en su memoria.
“¿Que por qué lo dejé?
No servía, yo trabajaba más que él y
no iba a mantener un marido, con él tuve una hija,
volví a juntarme con un hombre que tenía siete
hijos huérfanos y yo los recogí, más
cuatro que tuvimos nosotros, ese se murió porque era
diabético, pero me quedé con los muchachos.
“Mi tercer esposo se murió
al lado mío de 100 años, tuve cinco hijos más
y recogí a cuatro de una hermana mía que se
murió, yo nunca he podido ver a la gente pasando trabajo,
y menos a los niños o a los viejos, esta casa era la
casa de todos, porque me la dio la Virgen de San Loreto.
“Yo vivía por ahí debajo
de los palos, una noche se me apareció una visión
y yo pensaba que venía a llevarse uno de mis hijos
y le dije, no te lo lleves que ellos son mi única alegría,
me dijo no, vengo a decirte que juegues el 507, lo repitió
cuatro veces, cogí un carbón y lo apunté
en una yagua para que no se me olvidara, al día siguiente
se lo conté a un compadre mío, me dio cinco
pesos para que los jugara, otros amigos que vivían
en la calle Justo Hidalgo me dieron otros 10 pesos y Andó,
un hombre que tenía una bodega en la calle San Juan,
me regaló 25, me gané 1 700, así tuve
esta casa que no es mía sino de la Virgen de San Loreto,
vivo aquí desde 1940”.
Viéndola rodeada de sus hijos y nietos
salta a la vista que sus descendientes son negros, a pesar
de su tez clara, “el negro prieto era una cosa que me
arrebataba, mientras más prieto más me gustaba,
¿las críticas?, una de las cosas malas de este
mundo, no, no, yo me casaba a gusto mío y no de mis
padres”.
Para La Mama, como le dicen familiares y
amigos, la felicidad es tener salud, llevarse bien con el
prójimo y ayudarlo, “la sonrisa es la vida de
las personas, el egoísmo y el orgullo la perdición,
si todos vamos a ir para donde mismo.
“¿Para qué voy a pensar
en eso?, mira la palma de la mano, ¿tú no ves
lo que está escrito en ella?, una M, porque la muerte
la tenemos segura, así que no hace falta pensarla,
ella llega”.
Al preguntarle sobre la juventud, mueve
la cabeza con disgusto, “a mí no me gusta cómo
se visten, andan casi en cueros, en mi tiempo no dejábamos
ver ni la rodilla y las blusas con cuello y manga”.
Aun así se casó tres veces,
la provoco y recibo la riposta, “por eso mismo siempre
andan buscando maridos y no encuentran, los hombres ya se
lo han visto todo”.
A Felicia le gusta ver la Mesa
Redonda, “para instruirme, yo me quedé en
un cuarto grado y oigo todos los discursos de Fidel, para
que nadie me haga cuento. Oiga, como ese hombre no vino más
ninguno, tenía que haber venido como 1 000 años
antes para que todo estuviera mejor”.
Constantemente bromea con la nieta que convive,
dice que guarda el dinero en los zapatos para que ella no
se lo coja. Le pregunto que dónde lo pone por la noche
y se vira hacia la nieta y con una amplia sonrisa le dice:
“¿Está loca, para que ella me vele el
sueño?”.
Al interrogarla sobre a qué achaca
tanta longevidad, responde que eso sólo lo sabe Dios
y le da gracias por su salud.
Con más de 100 descendientes, entre
los que se encuentran, varios tataranietos, si hay algo que
no le falta es el cariño, se reconoce a sí misma
como una madre ejemplar ¿y quién lo duda?, ha
sido madre para todos los que la han necesitado y de ello
dan testimonio todos sus conocidos en los alrededores de la
calle Marina, donde reside hace más de 60 años.
No bebe, no fuma, eso sí, toma café
y baila, “cualquier cosa, hasta una rumba”, se
para y hasta nos muestra uno de sus pasillitos, come de todo
y a cualquier hora, asegura que nunca se ha enfermado del
estómago.
Se jacta de haber tenido siempre buen carácter:
“yo no discutía, si tenía un problema
con alguien le decía, yo me voy de aquí, te
espero a tal hora en la orilla del río, porque si voy
a resolver algo no me gusta que me desaparten”.
Aún tiene planes para el futuro:
“Ahora es que yo voy a gozar de la vida, no tengo a
nadie que cuidar”.
Felicia fue una gran sorpresa, esperaba
ver a una anciana y encuentro a un ser rebosante de energía,
alegría y vitalidad, su cuerpo puede haber vivido 101
años, pero su espíritu escapó al tiempo.
La Mama se ha multiplicado en cada vida que ha dado, no la
amedrenta ni la muerte de los seres queridos, sufre su pérdida
pero con la integridad de quien sabe por experiencia que aún
no llega el fin.
El gusto por cada acto diario de existencia,
el júbilo, la sonrisa, la generosidad hacen de esta
mujer alguien excepcional, enérgica y amorosa, pero
decidida. Aún hoy vive según su voluntad y eso
lo resume como genuina cubana en la frase “yo nunca
me he dejado meter el pie por nadie” . Y al parecer
hasta la vejez se espanta frente a su esbelta y erguida figura.
Nota: Este debió ser un trabajo
sobre la ancianidad, período asociado con el ocaso
de la existencia, pero La Mama es la más auténtica
confirmación de que “viejo ha de ser quien lo
quiera ser” y ella aún no ha pensado en ser una
anciana, por eso esta es una entrevista sobre la VIDA.
(Tomado de www.guerrillero.cu)
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