| Una
doctora guantanamera en el Amazonas
Por Ariel Soler C.

La doctora cubana Lourrit Palomares
junto a un grupo de sus pacientes en la selva amazónica.
(Foto: Leonel Escalona. Cortesía Venceremos Digita)l. |
La apariencia de Lourrit Palomares Pickering,
mulata cubana con reactivación genética española
y jamaiquina, a la que suma ser guantanamera, de fortaleza
oriental, determinaron su ubicación como exclusiva
médica en la selva brasilera. Esta es la historia.
Inmutable quedó la doctora Lourrist
frente al indio Gerardo, quien machete en mano la conminaba
a entregarle la ambulancia, so pena de cercenarla. No imaginó
el nativo los eventos nerviosos que desató en la mujer,
quien con gran acopio de sangre fría respondió:
“La ambulancia se va conmigo, a mi
regreso arreglamos esto. Ahora me espera una parturienta en
grave estado. Si me vas a matar, tendrás que hacerlo
al instante”.
Acto seguido dio la espalda al desconcertado nativo y partió
rumbo al deber que la había traído 15 días
antes, desde la lejana Cuba, hasta la selva amazónica
de Brasil, donde por primera vez un médico, por demás
mujer, armaba su hamaca para compartir la vida con los pobres
de esa tierra.
El auto rompía monte y ella reeditaba los acontecimientos
de las últimas horas, cuando un joven llegaba a la
mucola (aldea) baleado por otro como él. No le permitieron
asistirlo. En torno al herido comenzó un ritual, le
pintorreteaban la cara y sólo tras la ruptura de una
arteria y el abundante manar sanguíneo se hicieron
a un lado, impresionados.
Fue entonces que la médica entró en acción:
canalizó venas profundas, oxigenó y estabilizó
al paciente, lo mantuvo vivo hasta que horas después
se producía el rescate aéreo y la evacuación.
Ironías de la vida, pensó y volvió a
verse ante al atribulado padre del herido: el indio Gerardo.
La jornada fue única por su intensidad, sorpresas autóctonas,
miedos, tensiones... Empero, había viajado horas por
inhóspitos lugares, logrado un parto feliz y regresaba
de madrugada para, acompañada de la Primera Dama, la
esposa del toshawua (cacique), acudir al
desafío de Gerardo.
Lo encontró despierto y lo encaró ahogada en
un llanto de indignación incapaz de contener: “No
merece ese trato quien da la asistencia, salud, amor y cariño
que nunca recibieron. Te montas en la ambulancia —le
ordenó al indio— nos vamos a la capital, verás
que salvamos a tu hijo, pero yo no vuelvo, te lo aseguro”.
La conciencia pudo más que la indignación. Retornó,
y a partir de ese momento, la vida y las relaciones interpersonales
dieron un cambio radical: Caetano Raposo, el toshawua, la
declaró Reyna, su hija; Gerardo se disculpó,
y a partir de entonces se abrieron los caminos de la misión
médica. Las decisiones de la Elegida
representaban la voluntad del cacicazgo.
Principio
La experiencia de trabajo soñada por la doctora Lourrit
Palomares, especialista en Medicina General Integral, comenzó
a gestarse en diciembre del 2000. Conocía Brasil desde
1984, cuando el Festival Cuba Vive. Su memoria registraba
la fastuosidad de Río de Janeiro, Brasilia, Sao Paulo,
pero ahora todo cambiaba. estaba en Boa Vista, capital del
estado de Roraima, uno de los más pobres del país,
asiento de la reserva indígena amazónica.
Había volado desde La Habana a Maiquetía, Venezuela,
y por carretera, tras un día de camino, llegó
a Boa Vista. Una semana después tentaba al destino
por los municipios Iracema, San Luis de Anaguá... Buscaba
la pobreza, donde pudiera ser más útil, y lo
logró.
“Nunca olvidaré el hallazgo”, comentó.
“Surgió la solicitud de un médico que
conviviera en el área indígena. Esa era yo —afirma—.
Los compañeros me pintaron aquello como una zona en
desarrollo, con universidad incluida y nadie podía
discutirme el derecho, pero...”.
Hoy, desde su despacho en el Sectorial de Salud, donde atiende
la colaboración internacional, recuerda aquella partida
a las cinco de la madrugada. Un viaje de cuatro horas y media
en que desapareció la carretera y avanzaron a campo
traviesa, entre criaderos de cobras, cascabeles, yararacas,
todas serpientes venenosas. El pecho se le apretaba, comenzó
a faltarle el aire..., pero se sobrepuso.
Tres horas después estaban en Raposa, Sierra del Sol,
su destino, una villa de 1 075 personas que le daban una bienvenida
de lujo con el toshawua y la Primera Dama al frente: frutas,
comidas, bebidas típicas y calurosas palabras por tener
“por primera vez un médico, aunque fuera de costumbres
blancas”.
“Me sentí en familia el primer instante —rememora
la doctora—: en plena selva había un nativo que
sabía mucho de Cuba por relatos paternos, incluso tenía
palmas en su patio. Otro estudiaba Medicina en la Isla…
Desperté del ensueño cuando mis compañeros
partieron. Rompí a llorar y los nativos se entristecieron.
Les dije que era la emoción, pero me sentía
sola en un mundo totalmente desconocido”.
Esa noche un grito estremeció la aldea. Una veintena
de murciélagos se abalanzaron sobre la forastera, quien
pedía aterrada la liberación de “esos
bichos”. Quince días transcurrieron sin apenas
dormir, manteniendo encendida cuatro velas en torno a la hamaca
con mosquitero, única existencia en la rústica
habitación visitada cada noche por arañas y
cobras.
Un capítulo de cuatro años
En 30 000 se estima el número de pacientes a atender
en el área indígena encargada. Proceden de dos
etnias principales: los macuchí, bastante
relacionados con el hombre blanco, y los yanomami,
arraigados a costumbres muy primitivas: generalmente no usan
ropas; practican el incesto y abandonan a su suerte al recién
nacido mal formado.
“Los principales problemas de salud de las comunidades
indígenas comienzan con la ausencia de infraestructura
asistencial —apunta la especialista en Medicina General
Integral—. Sus médicos se asientan en la capital
del estado y exprimen la vida a los pacientes, con carísimos
y generalmente innecesarios estudios. A diferencia, los cubanos,
con interrogatorios, y exámenes físicos y clínicos
gratuitos resolvíamos los problemas, quid del rechazo
del Colegio Médico Federal.
“Atendíamos unos 120 casos diarios de malaria;
tuberculosis, sarampión, rubéola, paperas y
lahismaniosis, una enfermedad que porta el perro y que en
humanos puede afectar las vísceras o la piel. La mortalidad
infantil es muy alta y sin registros hasta nuestra entrada
en escena, en que comenzamos a aplicar los métodos
de Cuba: dispensarización, cartón prenatal,
seguimiento y parto en el hospital indígena de la capital
siempre que era posible; pesquisajes de enfermedades crónicas,
vacunación múltiple y masiva...”.
Con el apoyo de la Fundación Nacional de Salud (FUNASA)
de Brasil ,que preconiza acciones a favor de las comunidades
indígenas, la doctora Palomares impartió curso
de Parteras en Casa y formó al menos a 24 agentes de
salud nativos adiestrados en uso y aplicación de sueros,
tratamiento al paciente diabético y otras enfermedades
crónicas.
“El entrenamiento era imprescindible por razones derivadas,
en primer término, de la ausencia médica y la
precocidad de los embarazos: es habitual que con la primera
menstruación las niñas inicien la vida sexual
para garantizar la multiplicación de la etnia. Al final
de la jornada se quedarían sin mí, y eso me
atormentaba”, apunta Lourrist.
La preocupación le venía de la experiencia,
como la de aquella bien avanzada noche en que llegó
a su cuarto una niña de 11 años en trabajo de
parto. A la luz de la vela vino el primer bebé, pero
pujaba por salir en posición pelviana un segundo, lo
que complicó mucho las cosas.
Otra vez pudo ser más trágico: un parto lejano,
con el río embravecido por medio. Se aventuraron a
cruzarlo y terminaron en un remolino aguas abajo. Vencieron
el trance con mucho riesgo y sacrificio, creyeron morir y
estuvieron a punto. La misión la criticó, pero
salvó dos vidas a riesgo de la suya. “Así
somos”, confesó.
Epílogo
“No pude anunciar el regreso. Los cuatro años
fueron muy importantes en la vida de la comunidad indígena
y en la mía. Ahora el nudo en la garganta era mayor
que cuando llegué. El solo hecho de designárseme
como jefa de la misión médica del estado y tener
que radicar en Boa Vista, provocó una huelga indígena
que sólo transigió con la promesa de cada mes
permanecer una semana en la villa. No aceptaron a nadie más.
“Les dije, con mucho dolor, que venía de vacaciones.
No los vería más, no lo sé —murmura
con nostalgia y ojos humedecidos—. Aprendí mucho
de ellos, pero al final me siento una mujer enteramente feliz,
realizada como médica, con una experiencia como la
soñé: entre gente muy humilde, culturalmente
diferente, que me enriqueció profesional y espiritualmente,
y que quisiera algún día volver a ver”.
(Tomado de Venceremos
Digital)
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