| Pavorreales
Por Michel Contreras
Regia y descomunal, seductora y perfecta,
la muchacha desanda la calle como una diosa fugitiva. Camina
suavemente. Viste bien. Todos la miran.
Muy cerca de una esquina, alguien tropieza con ella, que milagrosamente
alcanza a conservar el equilibrio. Avergonzado, el hombre
abre los brazos, va a ofrecerle disculpas, pero aquella muchacha
–¿quién sabe por qué crudo misterio?
– ha dejado de ser la misma diosa.
Súbitamente, la chiquilla da muestras de un conocimiento
riguroso del libro no escrito de las obscenidades. Increpa
al individuo con una sucesión de groserías.
Las grita a toda voz. Inclusive parece disfrutarlas. El hombre,
mientras tanto, solo atina a encogerse de hombros para paliar
su asombro y su sonrojo.
Así pasa. Lo vemos en cafeterías, ómnibus,
mercados... Triste cosa: se trata de abrir paso a una tendencia
horrible, que un amigo acostumbra a definir como vulgaridad
en clave femenina. Una tendencia que no debía
existir, por lamentable. Una tendencia que lamentablemente
existe.
Lo digo sin ponerme los espejuelos del machismo: en la boca
de una mujer, la obscenidad resulta dramáticamente
deplorable. Y siempre que me toca presenciarla, pienso en
la imagen de una rosa que vomita.
"Poesía eres tú", cantó Bécquer
sobre una mujer. Poesía viviente, en carne y hueso.
Poesía que salva. Es una lástima que algunas
no lo sepan, y pasen por la vida ametrallando oídos
con las balas del lenguaje marginal. Un lenguaje que, especialmente
en ellas, suena desagradable, basto, sucio, impropio...
Son pavorreales. Tienen el don de la belleza física,
pero carecen del comedimiento elemental para callarse groserías.
Abren la boca, y su hermosura escapa abruptamente. Mucha razón
llevaba aquel Pequeño Príncipe: "No se
ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible
para los ojos."
Aquí, donde la dignidad es –por igual–
patrimonio de hombres y mujeres; donde cada muchacha puede
afinar su sensibilidad con Shakespeare
y Cervantes, con Vallejo y Quevedo; donde la educación
es democrática, no se entienden manifestaciones como
la de la historia que propició estas líneas.
Y aclaro, por si algún malpensado —tal vez, mal
pensador— cree ver el veneno en el antídoto:
no hablo de un proceder cotidiano, a la manera de las partidas
de dominó o los aguaceros. Como dije en un párrafo
anterior, la vulgaridad en clave femenina
es una tendencia que busca abrirse paso, pero que por fortuna
choca contra la resistencia de la mujer cubana auténtica.
¿Pavorreales? Los espléndidos son los del zoológico.
(Tomado de www.elhabanero.cubaweb.cu)
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