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Deporte

Poulot y su ippón mundial

Por Joel García

El campeón mundial Manolo Poulot.
También como entrenador experimenta emociones.
(Tomado de revista Somos Jóvenes)

El tatami ahora es más amigo de él que antes. Entra con el judoguis a sus espaciosos y duros colchones solo cuando la jornada tiene algo de especial, es decir, topes de sus discípulos, o cuando se exige a sí mismo hacer un poco de judo para practicar lo aprendido desde los siete años, y hasta para rebajar unas libras de más, que en su función de entrenador superan ampliamente los 60 kg de hace unos años como atleta.

Ser el primer y único campeón mundial del judo varonil en Cuba le concede un interés especial a sus palabras, aunque lo más importante, según él mismo, está por llegar todavía.

SJ: ¿Qué explica ese razonamiento, qué más debemos esperar de Poulot?

“Después del retiro se me dio la oportunidad de formar parte del colectivo de entrenadores del equipo masculino de judo y acepté gustoso, porque toda la experiencia acumulada la quiero transmitir a los jóvenes. Lo más importante no son ya mis triunfos, sino los que puedan conseguir estos muchachos. Y hay talentos que van a sorprender en breve.”

SJ: Algunos consideran prematuro tu retiro.

“No tan prematuro como obligatorio. Las lesiones me golpearon después de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 y pensé que podía superarlas y llegar hasta Atenas 2004, pero la vida en ocasiones es caprichosa con uno y así sucedió conmigo. A finales del 2002 decidí terminar mi carrera porque ya era imposible una recuperación total y no quería empañar la imagen que tenía la gente de mí”.

SJ: ¿Más que la vida, fue una rodilla caprichosa la que impidió esa recuperación total?

“Es cierto, la rodilla izquierda se portó mal; sobre todo, después de Sydney, porque antes dio dolor de cabeza, pero no tanto como después de marzo del 2002. En el torneo Cittá, de Roma, Italia, quedé tendido en el tatami en el segundo combate tras proyectar con técnica de pierna a mi rival. Hice un movimiento demasiado brusco cuando marqué la técnica y la rodilla se resintió una lesión vieja. Se me acabó la gira de invierno en ese instante. Y hubo entonces hubo que operarme. Luego, el profesor Álvarez Cambras determinó reposo y lo que sería poco más de un mes se convirtió en tres, luego en la salida del equipo nacional y finalmente, en el retiro consciente y colegiado”.

SJ: ¿Cómo asumiste ser el primer campeón mundial del judo varonil en Cuba?

“Para el Campeonato Mundial de Birmingham, en 1999, me preparé muy bien. Solo pensé en el oro cuando estaba en la semifinal. Todos los combates fueron tensos y difíciles, y la alegría resultó grande y bonita, porque desde chiquito mi paradigma como judoca era Héctor Rodríguez, primer y único campeón olímpico de Cuba en el judo masculino, en Montreal 1876, además de ser el primer medallista en un torneo mundial con bronce en 1973. Ese oro mundial puedo decir que tuvo mucho también de Israel Hernández, amigo personal y dos veces medallista olímpico. Ambos me dijeron varias veces que antes de hacerse campeón hay que visualizarlo y tenerlo en la mente. Y así mismo funcionó”.

SJ: ¿Qué semejanzas y diferencias tuvo el bronce olímpico con el título mundial?

“Ese ciclo competitivo fue el mejor de mi carrera y por supuesto, inolvidable. El bronce de Sydney estuvo matizado por el combate con el japonés Tadahiro Nomura, mi rival más exigente en la división. Esa pelea la tengo guardada como reliquia histórica, igual que el combate por el bronce, en el cual gané a pesar de estar lesionado en la nariz. Si tuvieran alguna semejanza sería que en ambas pensé ganar el oro cuando estuve en semifinales. La diferencia más notable es que ambos premios son relevantes, aunque el olímpico fue el único título que me faltó por conquistar”.

SJ: ¿Eras enemigo a muerte de tus adversarios?

“A la gente puede parecerle lo contrario, porque estamos hablando de un deporte de combate, pero en el judo como en otros deportes, ser contrario no significa ser enemigo. Con todos hablaba y compartía en el hotel, excepto con Nomura. Y no por algún resentimiento o inquina personal, sino por su propio carácter. Los japoneses son extraños. En Cuba tampoco sucedió con ningún judoca, incluso fui capitán del equipo de 1996 a 1998 y desde el 2000 hasta mi retiro”.

SJ: ¿Y Poulot fuera del tatami, enamorado de otra deportista?

“Soy un santiaguero típico —aunque aclaro que nací en Guantánamo—, que baila y disfruta de la música popular, además de compartir con amistades y la familia. Con Lissette Castillo, ex integrante de la selección nacional de baloncesto, nos unió primero la amistad y después el amor. Desde hace varios años vivimos juntos en La Habana, donde nació nuestra hija Marla Diosdamis, y contamos con un apoyo familiar muy grande, en especial cuando los dos estábamos de gira internacional”.

SJ: Volvamos a los inicios.¿Qué recuerdos te vienen a la mente ahora como entrenador?

“Todos mis entrenadores desde la base. El primero que me enseñó una técnica, Ulises Legonier, en el distrito José Martí; del profesor de la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE), Guillermo Laffita, eje fundamental en todo lo que aprendí; y de Luis Otero y Ramón Pascual en mi etapa juvenil. Ellos siempre decían que nadie sabía los sufrimientos de ellos cada vez que se sentaban a dirigir un combate. Y eso me pasa ahora como entrenador, sufro muchísimo, aunque ya he obtenido notables alegrías”.


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