| Sus
personajes son familiares a todos los amantes del teatro
Por Alicia
Centelles

“Tartufo” interpretado
por el grupo cubano Teatro Estudio.
(Foto: Archivo) |
Jean Baptiste Poquelin fue el verdadero
nombre del dramaturgo francés cuyo seudónimo,
aún en nuestros días, es sinónimo de
comedia satírica: Moliére. Nacido en París
en 1622, desde pequeño se sintió fascinado por
el arte dramático, y cuando ya adulto encabezó
la compañía a la que bautizó como Ilustre
Teatro, recorrió Francia durante trece años.
Protegido por Luis XIV, Moliére se
consagró por completo a la comedia como escritor, actor,
productor y director. El estreno de su pieza “Las preciosas
ridículas”, sobre las aspiraciones de dos jovencitas
provincianas, lo llevó a la fama, al punto que hasta
su muerte, cada año se representó una de sus
obras en París. Pero fue “La Escuela de las mujeres”,
considerada con toda justeza como la primera gran comedia
seria de la literatura francesa, la que marcó un viraje
respecto a la tradición de la farsa.
Su profundidad sicológica
los hizo inmortales
En “Tartufo”, otra famosísima obra de Moliére,
aparece uno de sus personajes cómicos más célebres:
el hipócrita religioso. Prueba de lo audaz de la pieza
fue que el rey prohibió su representación durante
cinco años, para no ofender al alto clero.
”El misántropo” introduce
un nuevo tipo de necio, mientras que “El burgués
gentilhombre” ridiculiza a un ingenuo comerciante que
aspira a ser recibido en la corte.
Pocos días después del estreno
de su última comedia, “El enfermo imaginario”,
el dramaturgo se sintió indispuesto en plena representación
y murió horas más tarde, el 17 de febrero de
1673.
La inmortalidad de los demagogos,
avaros, hipócritas y cornudos creados por la pluma
de Moliére, radica precisamente en la profundidad sicológica
con que los describió.
|