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De supersticiones está lleno el mundo
Por Alicia
Centelles

¡Cuántos sucesos desagradables
se les han atribuido a los pobres gatos negros! |
¿Es usted de los que cree que pasar
bajo una escalera o romper un espejo trae mala suerte? ¿O
confía o desconfía de ciertos números?
Pues sepa que precisamente este último tipo de superstición
es uno de los más difundidos, hasta el punto que han
surgido los numerólogos, o sea, personas que se ganan
la vida aconsejando sobre los números.
En algunas partes del mundo
los edificios no tienen piso trece, y hay calles donde ninguna
casa lo lleva. En Japón el cuatro es considerado una
cifra fatal, porque se designa con una palabra muy parecida
a la que significa muerte en ese idioma. En la tierra del
sol naciente y en China se consideran como números
de suerte el siete y el ocho, y muchas parejas chinas se casan
el ocho de agosto a las ocho y ocho minutos.
Los Toyotas se llamarían
realmente Toyoda
En 1937, cuando la familia japonesa TOYODA quiso fundar una
compañía automovilística, consultó
a un numerólogo si TOYODA sería un buen nombre.
El “experto” respondió que no, porque en
japonés esa palabra requiere diez trazos, y ése
es un número de mal agüero. Por eso, muchas personas
en el mundo manejan HOY un TOYOTA y NO un TOYODA.
Múltiples son las clases de supersticiones
que abundan en este mundo nuestro: sobre la comida, los sueños,
los animales, las herraduras... Incluso las hay que explican
cómo revertir la mala suerte. Por ejemplo, para muchos
derramar sal es malo, pero arrojarla trae buena suerte. Así
que la gente que derrama sal, lanza un poco por encima de
su hombro izquierdo. Cuando los japoneses chocan accidentalmente
sus cabezas, inmediatamente vuelven a hacerlo.
También para revertir la suerte fatal,
los peloteros norteamericanos se ponen las gorras al revés
cuando su equipo está perdiendo.
Hay tantas y tan variadas supersticiones
que no es raro que algunas de ellas se contradigan. Por ejemplo,
ponerse la ropa al revés trae buena suerte en Pakistán,
pero mala en Costa Rica.
Algunas de esas creencias llevan tanto
tiempo entre nosotros, que se tornan costumbres. En muchas
partes del mundo es un hábito decir salud
o Dios te bendiga cuando alguien estornuda.
Ello se debe a que, antiguamente, se pensaba que el alma escapaba
del cuerpo con el estornudo. Hoy no lo decimos por superstición,
sino por cortesía, pero el hábito perdura.
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