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Mua, mua, mua… Te besé

Un beso en la frente significa respeto; en la mejilla, amistad y afecto; en la mano, homenaje; en los pies, reverencia y humildad; y en la boca…

Por IWC

"El beso", del escultor francés Auguste Rodin.
Esta escultura de una pareja abrazada, “El beso”, es obra del francés Rodin, y apareció por primera vez en el Salón de París en 1898.
(Tomado de www.worth1000.com)

El contacto de los labios que conforman el beso es un inspirado invento del mundo occidental, perfeccionado con el transcurso de los años. Era desconocido en muchas partes del mundo hasta que los exploradores, los viajeros y los misioneros occidentales llevaron sus costumbres y el arte amatorio a los más remotos rincones del planeta.

Aun hoy el beso no es la forma preferida de expresión de amor o salutación afectuosa en muchos países de África, las regiones esquimales, la Polinesia y otras regiones donde predominan las costumbres aborígenes.

El impulso de besar no es innato del ser humano, sino que se ha ido desarrollando gradualmente, sobre todo por su relación con la esfera erótica. Ninguna relación amorosa o pacto entre amantes, en el mundo de hoy, puede sellarse sin la estampa del beso; ni se considera cimentada si no se han unido los labios con anterioridad.

El beso: promesa de amor
Aun aquellos que habitualmente tratan el beso con ligereza, reservan un sitio especial para el de fidelidad y amor. En algunas comunidades era considerado impropio que un hombre besara a una mujer antes de haberle propuesto matrimonio y esta hubiera aceptado.

El beso nupcial del novio y la novia es un aspecto importantísimo de la ceremonia matrimonial. Citando a una fuente escocesa, se nos dice: “El vicario que presidía la ceremonia matrimonial reclamaba uniformemente como privilegio inalienable suyo, darle un beso en los labios a la novia inmediatamente después de haber realizado sus obligaciones oficiales”.

En los comienzos de la Edad Media parece que el beso no se daba; al menos, no abundaba como expresión de sentimiento erótico o sexual. Parece haber sido un refinamiento practicado solo por grupos sociales más cultivados. Es solamente en una etapa más elevada de la civilización cuando se acentúa y practica como el arte del amor.

Erasmo de Rotterdam, teólogo y humanista holandés, menciona que, en cierta ocasión, cuando volvió a Inglaterra, halló que el beso se encontraba muy extendido y generalizado en forma de salutación. A su llegada a una casa, el visitante besaba a su huésped, a su esposa, a sus hijos y hasta el perro y el gato.

En Rusia, que no era dada a las inhibiciones, se dice que el beso tomó carácter de epidemia. Se besaban a toda hora y por cualquier motivo. Un beso del zar se estimaba como una de las formas más elevadas de reconocimiento

Por el contrario, en la Italia de aquella época, se tomaba tan en serio que si una doncella era besada por un joven en público, se hacía obligatorio el matrimonio entre ambos. Y a principios del siglo XI Pietro Landó, dux de Venecia, mandó decapitar a su propio hijo acusado del delito de haber besado en público a una joven de la que estaba enamorado.

El beso: promesa sagrada
En el hemisferio oriental la situación era otra. El beso estaba asociado a los usos sagrados, lo cual parece explicar su omisión práctica en la esfera del amor o el afecto.

Los antiguos árabes hacían sus devociones a los dioses por medio de un beso hoy. La antigua Roma también indicaba sentimientos de respeto y reverencia mucho más que de amor. Su influencia dejó su huella en los primeros cristianos, para quienes tenía un significado casi sacramental y aún lo mantiene.

¿Alargan la vida o la acortan?
Los hombres de ciencia no se ponen de acuerdo sobre si el beso es beneficioso o dañino para la salud. Unos dicen que son muchos los beneficios que aporta un beso de amor; otros opinan que acarrea contagios y enfermedades entre personas sanas y enfermas.

Para probar la noción popular de que el besar no hace daño a nadie, cuatro parejas de saludables estudiantes de la American University of Washington efectuaron el satisfactorio experimento. Después de ciertos preliminares extracientíficos, cada alumno besó una lámina de cristal recubierta de una capa de agar que captaba y nutría las placas de bacterias transferibles en la oscilación ordinaria.

Cuando las placas fueron fotografiadas, los estudiantes notaron, con alegría, que la mayoría de los gérmenes revelados eran inofensivos, aunque parecían terribles. Notaron además que los besos de las muchachas son más ricos en gérmenes, hecho probablemente debido al uso de polvos, crema facial y creyón de labios.

Ninguno de los experimentos presentó señales de paperas, sarampión o influenza, enfermedades de las cuales los labios son excelentes portadores. Sin embargo, el Departamento de Fisiología de un colegio norteamericano ha calculado que el beso abrevia la vida humana en tres minutos. Esa práctica —opinan— provoca tales palpitaciones, que el corazón trabaja en cuatro segundos más que en tres minutos de estado natural, lo que ocasiona un envejecimiento equivalente.

Cuatrocientos ochenta besos —precisa el referido departamento— acortan la vida un día;
2 360 representan una semana menos de existencia, y 148 071 lo privan a uno de un año entero.

¿Qué hacer, pues? El susodicho departamento de Fisiología da la respuesta: dominar el corazón, evitar las emociones: no besar, en suma. Pero entonces, ¿para qué vivir?

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