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Mis alumnos son mi razón de ser
Una joven maestra
emergente expresa sus impresiones acerca de la noble tarea
del educador.
Por Heldrys

Vocación y empeño
convertirán a Irina en una verdadera educadora.
(Foto: Wildy) |
Con presteza arriba a la escuela primaria
Hermanas Giral, en el Vedado, la profesora Irina Contreras
Rubio. Aunque se graduó del Plan Emergente para Maestros
Primarios hace tan solo tres cursos ya se ha ganado el respeto
y la admiración de los discípulos, padres y
compañeros de trabajo. Usualmente se le ve conversando
con sus estudiantes o formando parte de un juego. A su corta
edad ya ha asumido el cargo de guía-base de los pioneros.
Su amor por los niños y una tradición familiar
inclinaron la balanza hacia esta profesión.
“En mi familia tengo dos tías
maestras y mi hermana que estudió para profesora. Pero
fue en realidad el grato recuerdo que tuve de niña
con mis maestros primarios lo que me impulso a escoger esta
noble tarea, pues de pequeña una tiende a imitar mucho
al educador. Y cuando tienes uno excelente, lo idolatras,
quieres ser como él, te marca para toda la vida. Luego,
ya de grande, estaba confundida y no sabía qué
camino tomar. Me acordé entonces de mi “profe”
Berta y me dije: “Voy a ser maestra”. Después
ingresé en un preuniversitario de especialidades pedagógicas.
Entonces llegó el plan emergente para maestros primarios
y decidí optar por este tipo de enseñanza, ya
que el trabajo con niños me apasiona”
Ser educador es una obra que no muchos pueden
acometer. Implica entrega y sacrificio. Sin embargo, en Irina
la tarea se da muy fácil. Quienes la conocen de cerca
saben la creatividad que le imprime a sus clases.
“Para mí ser maestro no es
simplemente una profesión a escoger. Es una vocación
que hace con cada individuo, como lo es ser pintor, músico
o poeta. Creo que lo más importante es que te guste
serlo. Existen muchas personas que piensan que educar es solo
llegar e impartir un contenido desconocido por los estudiantes.
Sin embargo, va más allá. El maestro tiene ante
sí un gran desafío. De él dependen la
preparación intelectual, emocional y espiritual de
las nuevas generaciones, forjadoras del mañana”.
Cuando le pregunto sobre la significación de asumir
este reto, se conmueve y alega:
“Cuando me gradué del plan
emergente pensé que era una tarea fácil, ya
que siempre estuve relacionada de alguna manera con los maestros,
ya fuera en mi casa, o en la escuela a través de los
cargos que desempeñé como monitora de asignaturas
en la primaria y la secundaria, y posteriormente como presidenta
de la FEEM
de mi grupo del preuniversitario.
“En mi caso ha sido una experiencia
maravillosa. He adquirido más responsabilidad y madurez,
pero si lo anterior fue significativo, más aún
lo es el sentirme valorada y apreciada por mis alumnos, así
como plena y realizada, al llegar a mi casa y poder contarles
a mis familiares y amigos anécdotas de mis niños,
y cómo cada día aprenden lo que soy capaz de
trasmitirles”.
A pesar de sus 20 años recién
cumplidos, Irina muestra una gran seriedad ante la labor que
desempeña. Por ello, cada jornada sus alumnos la esperan
ansiosos. El lazo que los une es muy fuerte.
“Mis alumnos son la luz que me guía.
No solo aprenden de mí los conocimientos impartidos,
sino que yo también aprendo con ellos. Cada día
me dan una lección distinta. Trato de entender sus
problemas, miedos y angustias. Me han enseñado a conocer
que cada persona es un mundo y que no podemos juzgar a nadie
sin conocer a fondo su origen, y por encima de todo, a querer
a las personas como son”, apunta.
“En esta profesión he descubierto
que cuando un niño dice que te quiere, lo hace de corazón.
A esa edad no se es hipócrita; los valores de la sinceridad
y la honestidad están muy arraigados en esa etapa de
la vida, no por gusto se le llama la edad de la inocencia.
Son los adultos que los rodean los causantes de las transformaciones
de la personalidad del niño. Es ahí donde juega
un papel fundamental la escuela, y en especial el maestro
con su función orientadora y educativa; sin menospreciar,
por supuesto, la alta responsabilidad que tiene la familia.
Yo diría que mis niños son aquellos pequeños
ángeles que te indican el camino a seguir, el camino
que tú quieres andar porque ellos están ahí”.
El tiempo apremia e Irina, con una amable
sonrisa, se despide, no sin antes enviarles un mensaje a los
jóvenes educadores:
“Pienso que todo maestro debe hacer
suya la frase de nuestro Héroe Nacional José
Martí: “Y me hice maestro, que es hacerme creador”.
Creo que resume los requisitos indispensables para ser un
verdadero educador, unido al amor y la dedicación,
por supuesto. Si obran basados en ello, les aseguro que no
fallarán”.
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