| Un
ejemplo de sencilla grandeza
Por Alicia
Centelles

“Cincinato”, por el
pintor español Juan Antonio Ribera.
(Foto: Archivo) |
En los años en que Roma
era una pequeña república empeñada en
continuas guerras de expansión, vivía en la
ciudad el cónsul Lucio Quincio Cincinato. Obligado
a vender sus bienes para pagar las deudas de su hijo desterrado,
tuvo que retirarse a vivir modestamente al otro lado del río
Tíber, y subsistir con el producto de unas tierras
que cultivaba.
Dos años después, Roma corría
grave peligro, pues el ejército estaba envuelto por
la etnia de los ecuos, y sólo un hombre parecía
capaz de salvarlo: Cincinato. El Senado romano envió
diputados al antiguo cónsul, a quien encontraron cubierto
de sudor y polvo. Cincinato envió a su esposa Racilia
a que le trajera su toga, porque quería recibir a sus
visitantes como correspondía.
Su único interés:
la patria
Apremiado por el Senado, Cincinato se encaminó a Roma,
ordenó el cierre de las tropas y mandó a todos
los hombres válidos que empuñaran las armas
y llevaran pan para cinco días. Al frente de sus tropas
marchó apresuradamente hacia el enemigo, lo rodeó
y entonces lo atacó.
Los ecuos tuvieron que rendirse y pasar
bajo el yugo, costumbre romana que consistía en obligar
al vencido a pasar inclinado bajo dos lanzas plantadas en
el suelo y otra atravesada encima.
Cincinato regresó triunfante
a Roma, y dieciséis días más tarde abandonó
la dictadura, que podía conservar seis meses, sin tratar
de vengar a su hijo. Dando un eterno ejemplo de sencilla grandeza,
volvió a su humilde cabaña. Hoy la ciudad norteamericana
de Cincinatti recuerda con su nombre el noble gesto de este
antiguo romano.
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