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Una semana hablando
con Pipián
El 11 de febrero de 1964 se efectuó la Primera
Vuelta Ciclística a Cuba, en la que triunfó el
cubano Sergio “Pipián” Martínez.
Te ofrecemos a continuación un fragmento del libro
“La Vuelta es Cuba”, del periodista Joel García.

(Foto: Archivo) |
No estoy loco, aunque la imaginación
es total y cierta en esta conversación. No necesité
el socorrido cuestionario periodístico, aunque estuve
escuchando toda una semana su voz y sus anécdotas a
través de las páginas amarillas de los periódicos.
Y fue una semana diferente, en la que sus lúcidas palabras
y hechos definieron lo indefinible para un ciclista encontrado,
Sergio Martínez.
Es hora de escribir y reventar el tiempo
con las razones y pasiones que lo convirtieron en el Rey de
las carreteras cubanas durante los años sesenta del
pasado siglo; en el Guajiro del caballo de acero más
venerado en Madruga; en el mítico Pipián que
honró como nunca antes en la inmortalidad a su pueblo
natal con ese nombre, y a toda Cuba con su coraje y amor por
el deporte.
Orestes Cepero, vecino del pueblo, fue quien
me embulló a montar en serio. Llegó un día
de octubre de 1961 a la casa y me dijo que se iba a realizar
la primera Vuelta a La Habana Socialista, que por qué
no participaba. Entonces tenía una bicicleta de gomas
anchas, pero bien engrasada, y ayudaba a mi papá en
la finca El Tabío.
Tanto desespero cogí que salí
el sábado por la noche en mi bicicleta para San Nicolás
de Bari y dormí en un local de la Cruz Roja para evitar
cualquier contratiempo. Lorenzo “Motores” Hernández
era el activista de nuestra zona y se encargó de anotarnos
en la lista de la carrera. Lo demás fue darles duro
a los pedales. En medio de la confusión creada al arribar
detrás de los supuestos hombres de la primera categoría,
el locutor no encontraba mi nombre y prefirió llamarme
por el nombre de mi pueblo. Así nació Pipián.
El contorno de cada una de las palabras
dictadas por el nerviosismo histórico hizo la charla
más profunda. Pero prefiero pensar ahora en las ausentes,
las que no dijo por modestia, por olvido involuntario o porque
las creyó fuera de contexto, y por supuesto, a las
que nunca riposté. Sus compañeros, presentes
en la conversación, también se encargaron de
hacerlo.
“Estabas dotado de un poder extraordinario
para escalar rápido en el plano, intrépido en
los descensos, formidable en las etapas contra reloj, y valiente
y agresivo en los sprints de las metas intermedias y finales.
Guajiro, eras el ciclista más integral de todos nosotros…
“Cuando regresaste de tu primera competencia
internacional, los Juegos Centroamericanos y del Caribe en
Jamaica 1962, repetías a toda hora que tenías
que aprender y entrenar mucho para ganar una medalla. A pesar
de esa inexperiencia formaste parte de la cuarteta que terminó
cuarta en la persecución por equipos en esa nación
caribeña…
“Pipián, tú contribuiste,
en gran medida, con tus primeros triunfos en las Vueltas a
Cuba, y luego a niveles centroamericano y panamericano, a
mostrar el adelanto de los pedalistas cubanos en el ámbito
internacional, La gente afuera te seguía mucho, y también
te decían como aquí: ¡ya tú sabes,
ahí viene Pipián!”.
En esa semana de confesiones, ante la mínima
tristeza en alguna frase suya, víctima de la confusión
y la soledad de todo atleta, se impusieron el encuentro, el
aliento, la vivencia y el cariño de los que lo queríamos
a pecho abierto, como cuando entraba a La Habana cada vez
que ganaba una Vuelta y nadie reparaba en tiempos, rivales,
cansancio o lejanía familiar.
Era extremadamente celoso con el buen funcionamiento
de mi bicicleta en la Vuelta, desde la primera hasta la última
que corrí en 1974. Cada vez que terminaba una etapa,
la revisaba durante una o dos horas. Jamás dejé
de hacerlo, aunque no interrumpía el trabajo de los
mecánicos. A veces llegué a ser obsesivo, lo
reconozco, pero esa era mi novia en la competencia, y había
que cuidarla y amarla así para obtener resultados.
La Gran Piedra no es propiamente una loma,
es un gigante. La gané par de veces y casi siempre
estuve entre los primeros. A mí también me encantaban
los remates finales. Era propio de mi temperamento salir en
busca de ellos, además no podía descuidarme
porque el ciclismo cubano tenía mucha calidad entonces,
cualquiera podía ganar una Vuelta, mira a Pilo, Vázquez
y Aldo.
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Solo, sentado en la butaca de la imaginación
total y cierta guardé la esperanza de otra entrevista
como esta. Acaricié al pensamiento en su exacto orden,
y después de una llamada a la redacción para
confirmar la publicación tomé la bicicleta.
Al salir, una vez más, alguien borró su trágica
muerte con el grito eterno entre todos los cubanos: ¡Ahí
va Pipián!
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